lunes, 21 de mayo de 2018

LA ESMERALDA Y SU TRIPULACIÓN


Ya en  este día 21 de Mayo, queremos recordar a la Esmeralda y su tripulación, y su situación poco antes de que se iniciara la Guerra del Pacífico y de que ocurriera la gesta de la cual serían parte y la cual guardaríamos como tesoro nacional en los anales de nuestra historia.
La corbeta Esmeralda, segunda, fue construída en un astillero de Inglaterra en el año 1854 y botada en el año 1855. El nombre fue en recuerdo de la fragata Esmeralda, capturada a los españoles por Lord Thomas Cochrane, en El callao, en 1820. Su lema fue "Gloria y Victoria".
La corbeta Esmeralda participó de la Revolución de 1859, teniendo esta guerra su centro de operaciones en la Provincia de Atacama.
En el año 1865 nuevamente la guerra con España pone en peligro las costas chilenas, y la Esmeralda, comandada por el entonces capitán de fragata, Juan Williams Rebolledo, intercepta en Papudo a la goleta española "Virgen de Covadonga" la cual sería capturada el 26 de noviembre.
Luego de terminado este conflicto en 1866 con la inminente retirada de la escuadra española, no sin antes dañar al puerto de Valparaíso, nuestra querida corbeta realiza viajes de instrucción a Juan Fernández y Tahiti, y continua con sus labores de instrucción, transporte y levantamientos geográficos.
En el año 1875 un fuerte temporal de lluvia y viento hizo colisionar a la Esmeralda con el vapor Valdivia y a este con el pontón Thalaba, produciendo severos daños en cada uno de estos buques. La Esmeralda sufrió la pérdida del palo trinquete y del bauprés, pero debió ser varada en la playa del Almendral, siendo dirigida tal arriegada maniobra por el entonces subdirector interino de la Escuela Naval y segundo comandante del buque, capitán de corbeta, Arturo Prat Chacón, quien se había embarcado desde la playa en un bote para lograr abordar entre vientos y lluvias a la Esmeralda.
Fue trasladada hasta el dique, donde sería reparada.
En 1877 realizaría otro viaje de instrucción a Tahiti.
En 1878, la Esmeralda se encontraba en el puerto de Valparaíso, amarrada de pontón, solamente con personal de aseo, por lo que en 1879, debió ser reparada y puesta al servicio con urgencia.
El 20 de febrero se dispuso al teniente 1° Luis Uribe trasbordara desde el vapor Toltén a la Esmeralda. Ese mismo día comenzó el enganche de voluntarios y en tres días tenía lista la dotación. Se reincorpora al servicio al capitán de fragata Manuel Thomson, quien sería asignado para comandar el buque.
El 8 de Marzo la Esmeralda zarpó rumbo a Antofagasta uniendose a la Escuadra. Participó en la ocupación de Cobija los días 21 y 22. El 28 regresa a Antofagasta. El 3 de abril el almirante Juan Williams Rebolledo zarpa con la escuadra hacia Iquique, llegando el 5 de abril, día de la declaratoria de guerra.
Durante los meses de abril a mayo, Thomson preparó e instruyó a la dotación de la Esmeralda dado la inactividad de la escuadra durante aquel tiempo y es entonces que Rebolledo decide ir al Callao a atacar a la armada peruana, lo que llevó consigo cambios en los mandos de los buques, así Thomson asume el mando de la corbeta Abtao y Prat de la Esmeralda. También fueron trasbordados junto a Prat el teniente Serrano, el guardiamarina Wilson y varios tripulantes.
Debido a las fallas en sus calderas se decidió que la Esmeralda no iría al norte, y el comandante Williams ordena a todos los menores de 15 años trasbordar la Esmeralda, para no exponerlos a tan temprana edad a los peligros del combate, esto explica la cantidad de grumetes a bordo de la Esmeralda. De 34 en la nómina oficial, sólo sobrevivieron nueve.
Luego del combate y hundimiento de la Esmeralada los sobrevivientes fueron llevados a prisión. Desde allí comienzan a rememorar los episodios de este capítulo de la historia y ellos se ven plasmados en cartas enviadas a sus parientes desde la carcel. Sin embargo en julio, la oficialidad es llevada a Tarma, Perú, y los marinos de menor grado quedan en Iquique prisioneros aún.
Así pasa el tiempo y en Octubre se produce la captura del monitor Huáscar dando inicio a las preparaciones para las expediciones por tierra, comenzando estas con el desembarco de Pisagua, el 2 de noviembre de 1879. Más tarde, el ejército vence a la alianza peruano-boliviana en Dolores y la guarnición peruana en Iquique abandona la ciudad para reagruparse en Tarapacá con el ejército de Buendía. La ciudad queda en manos de la legación extranjera quienes se dirigen al comandante Latorre, jefe del bloqueo de Iquique.
En la madrugada del día siguiente desembarca una fuerza de 125 hombres al mando del capitán de corbeta Miguel Gaona, quien toma posesión del puerto y rescata de inmediato a los tripulantes de la esmeralda.
Fueron llevados a bordo del Cochrane, donde fueron solemnemente recibidos por la tripulación del blindado, quienes les brindaron emocionados ¡vivas! y las palabras del comandante Latorre. Después de seis meses, los sobrevivientes de la querida y vieja mancarrona eran libres.
Más tarde son trasbordados a la Pilcomayo, buque en el cual regresan a Valparaíso donde son recibidos con emoción por la multuitud.
La oficialidad de la corbeta Esmeralda que fue llevada a Tarma, en Perú, fue intercambiada por prisioneros de la captura del Huáscar en Angamos, pero esta se demoró hasta fines de diciembre de aquel año, por lo que arriban a Valparaíso recién en enero de 1880, siendo recibidos, al igual que la tripulación , con grandes multitudes y todas las ceremonias de acuerdo a las costumbres de la época.
la Dotación Inmortal.
Armada de Chile
En la imagen extraída del mismo libro vemos a la Esmeralda siendo atacada desde tierra en Iquique, el 21 de Mayo de 1879.


BIOGRAFÍA DE UN SOBREVIVIENTE

Ad portas de un nuevo aniversario de la gesta de Iquique, traemos a la memoria de nuestros queridos seguidores la biografía de uno de los sobrevivientes de la Esmeralda, quien hace unos días estuvo además de aniversario de su fallecimiento. Nos referimos al entonces grumete Wenceslao Vargas:

"Hijo de Toribio Vargas y Silveria Rojas, nació en el establecimiento minero de Cachanlagua, del departamento de Ovalle, en 1861. Pasó sus primeros años en La Serena donde cursó los estudios elementales en el colegio del profesor Pedro Ocaranza y en el Colegio San Agustín. A los 15 años se empleó con el comerciante francés, residente en La Serenadon Luis Nazario, quien lo envió a cargo de ganado al Perú. Ahí posteriormente trabajó en faenas de construcción en Lima. El 5 de Abril de 1879, día en que se declaró la guerra, se encontraba en El Callao. Al día siguiente se embarcó en el vapor Rímac para enrolarse en la escuadra en iquique. Según el vicealmirante Juan Agustín Rodríguez, Vargas "impulsado por su patriotismo, llegando a Iquique, se enganchó como grumete para servir a la escuadra y quedó en depósito en la corbeta Esmeralda, que bloqueaba ese puerto, para cubrir las bajas de los buques". Fue designado sirviente de pieza en el cañón N°6.
Vargas, a los 18 años, fue uno de los grumetes que sobrevivieron al combate. Fue recogido a bordo del monitor Huáscar y tomado prisionero. Tras la liberación de Iquique, regresó junto a los otros tripulantes a Valparaíso, recibiendo los honores y condecoraciones correspondientes.
Poco después fue embarcado como grumete a bordo del Huáscar. Participó en el combate de Arica y en el de El Callao. Ascendió a marinero 2° y a fines de 1880 trasbordó el vapor Santa Lucía. En diciembre de ese año ascendió a marinero 1°.
Fue licenciado e ingresó a la marina mercante. Tras un accidente sufrido en Pisco permaneció hospitalizado un tiempo en Iquique. Meses después se fue a trabajar a las salitreras, en cuyas faenas laboró durante 35 años. Contrajo matrimonio dos veces, uno de los cuales fue con Mercedes Castilla Urrutia. Tuvo un total de 20 hijos, once de los cuales le sobrevivieron. Se radicó en La Serena. Allí vivió ignorado y con una insignificante pensión durante largo tiempo.
En la editorial de la Revista Marina de de mayo de 1931, se saludó a aquellos sobrevivientes de la Esmeralda que aún se encontraban con vida:

"Honor a los que sobreviven 52 años después de la homérica jornada; su ancianidad es alentadora como las medallas que lucen en sus pechos".

Ellos eran el grumete Wenceslao Vargas y el soldado Nicanor Navas.
Poco después, el Centro de Ex Cadetes y Oficiales de la Armada consiguió un "justiciero ascenso" para Vargas: fue ascendido a suboficial. Además, se le compró una casa en La Serena. Posteriormente fue ascendido a teniente de mar.
En 1941, el Comandante en Jefe de la Armada, Julio Allard, lo invitó a la celebración del 21 de Mayo. En honor a su participación en el combate de Iquique y a su larga vida, fue ascendido a capitán de fragata, cuyo uniforme lució en el aniversario de la gesta "con la enorme satisfacción de llevar los galones honroso de su invicto comandante Arturo Prat". Durante años se le vio en las ceremonias del 21 de Mayo, vestido de uniforme, tocando marcial y solemnemente la vieja campana de la corbeta, en cada aniversario de la gesta.
En agosto de 1953, el Congreso promulgó una ley que concedió tres grados a los veteranos de la Guerra del Pacífico, con eso Vargas "fue favorecido con la más alta distinción al ascender a vicealmirante de la República".
Convertido en el último sobreviviente de aquella hazaña, falleció en el Hospital Naval de Valparaíso el 15 de Mayo de 1958 a los 97 años de edad. Fue sepultado con todos los honores en el Monumento a los Héroes de Iquique, en presencia de una multitud de personas que acudieron a rendirle tributo al último héroe de la gloriosa gesta".

La Dotación Inmortal 21 de Mayo de 1879
Vivian Sievers Zimmerling y Eduardo Rivera Silva

En la fotografía, encontrada en la web, vemos a nuestro héroe en una cere
monia de la Armada luciendo su uniforme y condecoraciones.



UN RELATO DEL COMBATE NAVAL DE PUNTA GRUESA

Les traemos ahora un emocionante relato escrito en el año 1888, por un testigo presencial del Combate Naval de Punta Gruesa, quien a sus trece años se enlista como aprendíz de mecánico y es asignado a la goleta Covadonga en Mayo de 1879. Participó en el ya mencionado combate y más tarde como soldado del Regimiento de Artillería de Marina lo vemos en Pisagua, Dolores, Tarapacá, Tacna, Chorrillos y Miraflores. Un bravo entre bravos, nos referimos al Mayor J. Arturo Olid quien una vez terminada la guerra comienza a escribir artículos para un diario local. Más tarde las recopilaciones de sus escritos y recuerdos darían forma al libro: Crónicas de Guerra, Relatos de un ex Combatiente de la Guerra del Pacífico y la Revolución de 1891..
Leamos pues el relato preliminar, ya que años más tarde agregaría otros datos a este fascinante episodio de nuestra historia. Recordaremos además que al momento del combate aquel 21 de Mayo de 1879, Julio Arturo Olid, era sólo un niño:
“Eran entretanto, las seis y media de la mañana y la "Covadonga", concluida la guardia y no divisando humos en el horizonte, ponía proa a la bahía de Iquique en demanda de su habitual fondeadero. El mar estaba en calma y la mañana era plácida y serena; las olas rizábanse levemente arrulladas por la matinal canción de la brisa marina. Allá en un rincón del puerto divisábase a la "Esmeralda", gallarda y severa con sus cofas caladas. La perezosa población del puerto enemigo dormía aún, como duerme el prisionero que no tiene más distracción que contar paso a paso el espacio reducido de su prisión.
Los marineros de la "Covadonga" aprestábanse para recibir la tradicional ración del coco, rudo desayuno del más rudo de los chocolates, cuando el vigía anunció humos al norte.
¿Quiénes eran los mañaneros visitantes?
Era el enemigo, que en son de reto y combate avanzó muy luego hacia nosotros. El toque de generala vino a despertar a los que dormían la guardia pesada de la noche y recuerdo que mi camarote, especie de desván o agujero que estaba situado dentro de la misma máquina del buque, colindaba con la del Ser. Ingeniero Protacio Castillo. Ambos habíamos salido de guardia a las cuatro A.M. y era natural que el sueño fuera pesado a esa hora.
Cuando yo desperté al toque de generala, sentí sobre cubierta el movimiento de los cañones y el correr de los marineros alistándose para el combate, mas, creyendo que era un simple ejercicio me di vuelta hacia la pared y pensé seguir mi interrumpido sueño, hasta que la voz del mismo Cuevas, Ingeniero I9 de la máquina, me sacó de entre las sábanas, ordenándome al mismo tiempo hiciera yo igual cosa con Castillo, que roncaba a más y mejor en su cama. Mas, ¡OH sorpresa!, al golpearle la puerta de su camarote y al advertirle que era la cosa formal, que los blindados peruanos nos atacarían en breve, recibí el más enérgico moramala que haya recibido cristiano alguno en la vida. Castillo no creía en la venida de los peruanos y fue menester rogar y suplicar para verle asomar la nariz por las rendijas de su camarote.
Este era el resultado de las bromas y chanzas diarias del bloqueo. En esta circunstancia pedí permiso al Ingeniero 1° para subir arriba a ver cómo iba la cosa. Trepé pues por la escalerilla de fierro de los calderos y de allí salté a cubierta, en donde me hallé con un cuadro grandioso. A dos millas escasas divisábase al "Huáscar" y más atrás a la "Independencia". A nuestro costado de estribor se balanceaba la "Esmeralda"; arriba, el cielo azul e infinito: a nuestros pies el mar inmenso y a lo lejos el pueblo de Iquique, que contemplaba como los antiguos romanos en los circos de fieras, a las víctimas indefensas que iban a ser devoradas por las fieras sedientas de sangre fácil.
De un salto trepé sobre el castillo de proa, en donde divisé a Videla, al maestro de víveres, Dueñas y a varios de otros compañeros que comentaban pacíficamente la situación.
La "Covadonga" y "Esmeralda" casi se chocaban cuando Condell ordenó silencio. Los dos titanes, Prat y Condell iban a principiar la sublime conversación que abriría las puertas de la eternidad para unos y las de la gloria para todos.
Concluida ésta, vimos al "Huáscar" que izaba su bandera, afianzándola con un certero cañonazo que cayó precisamente diez varas delante de la "Covadonga" y por la popa de la "Esmeralda".
Nosotros bajamos a nuestros puestos cuando nuestro buque contestó el reto del enemigo con otro cañonazo.
La orden de Prat era terminante: "Seguir mis aguas y cuidar los fondos" ;Hubo desobediencia militar de parte de la "Covadonga" al doblar poco después la puntilla de la isla de Iquique y lanzarse por entre las rocas al sur en demanda de una salvación completamente imposible y quimérica?
Estrictamente tratada la cuestión, sí la hubo; pero las diversas fases porque atraviesa un combate naval de dos o más buques autoriza a los jefes de ellos para sacar de la situación el mejor partido posible, haciendo daño al enemigo.
¿Podría imaginarse Condell, sabiendo que su buque no andaba más de 4 millas que iba a escapar de un enemigo cuyo andar era tres veces mayor que el suyo? Su plan fue rápido y concienzudamente llevado a cabo. Dividir el combate buque a buque y aprovechar los bajos de esa parte de la costa..
Aquello era como el juego de la mujer coqueta que atrae a un amante peligroso a los bajos del matrimonio.
El Capitán Condell, secundado admirablemente por sus oficiales, inauguró el día con felicidad salvando la punta sur de Iquique completamente ileso; mas, como si el "Huáscar" esperara este momento para hacernos conocer el peso de sus fuerzas, nos introdujo una bala de a 300 que tronchó en su base al palo trinquete, hirió mortalmente al doctor Videla, mató al mozo de la cámara y dejó abierta en el costado de babor una ancha vía en la línea de flotación, por donde se introdujo un verdadero río de agua, que amenazaba un rápido hundimiento.
Como hasta ese instante no había habido ningún herido a bordo, el doctor Videla, cuyo puesto estaba en el entrepuente, donde estaba situada la botica del buque, se asomaba de cuando en cuando por una escotilla de la cubierta y por allí preguntaba a los marineros cómo iba la cosa.
Fue en una de estas asomadas cuando la bala del "Huáscar" tronchó las piernas del valiente cirujano y llevó la cabeza del mozo Ojeda que lo sostenía por la cintura en compañía del sangrador don Pedro Ponce.
El malogrado cirujano Videla cayó aún después de herido a un pañol de cadenas que había quedado abierto a sus pies y de allí hubo que sacarlo moribundo y trasladarlo sobre los mesones del entrepuente, en donde murió hora y media después de ser herido; preguntando antes quién había salido vencedor.
Entretanto, la "Independencia" maniobraba con respecto a nosotros, ni más ni menos que el gato que se divierte con la laucha confiado en su habilidad y destreza. Es fuera de duda creer que el Comandante del blindado peruano obró en esa acción sin la cordura suficiente que debe tener un jefe militar al atacar al enemigo, aunque sus fuerzas sean dos o tres veces superiores a las del contrario.
La causa principal de que el combate durara tantas horas fue motivada sin duda por la mala puntería de los artilleros peruanos, quienes disparaban sin cesar sobre nuestro pequeño casco andanadas enteras con cañones de a 70, sin que las balas tocasen el buque, a pesar de que la distancia fluctuaba entre buque y buque, desde 100 metros a media milla. Y no sólo sus artilleros eran malos sino que también lo eran sus rifleros, que a pesar de hacernos fuego graneado a tiro de revólveres, sólo lograron herir a dos de nuestros compañeros.
A las once A.M. estábamos a dos millas del bajo de Punta Gruesa; la "Independencia", viendo que sus tiros no surtían efecto alguno, se alejó unas dos millas de nosotros hacia afuera, enseguida, virando en redondo nos perfiló con su proa y se lanzó hacia nosotros con la velocidad con que se lanza el milano hambriento sobre la tímida y débil presa.
El valiente Condell, que veía nuestra única salvación entre las rocas de la bravía playa, viró también y puso proa hacia aquella, desafiando a nuestra tenaz perseguidora a que nos siguiera a una excursión pedestre; pero el enemigo, viendo fallada su tentativa, nos presentó su costado a 200 metros y se contentó con lanzarnos una granizada de balas, a imitación de aquellos canes valentones que parece van a cargar y sólo dan ladridos.
Mas, los ladridos de la fragata peruana resultaron entonces con algún éxito, pues dos granadas de a 70 reventaron dentro de la "Covadonga" y como si la Providencia hubiera guiado aquellos proyectiles, hicieron explosión precisamente en donde no podían causar desgracias, en las carboneras. En este último ataque fue herido el contador don Enrique Reynolds, que hacía de Ayudante de Órdenes del Comandante, el cual, al bajar a la cámara en busca de curación, se encontró conmigo en la escala y me dijo: -Amigo, creo que estamos fregados. Ya no volveremos a Valparaíso. Y sacándose el revólver del cinturón me lo pasó, diciéndome: -Vaya a disparar con él algunos tiros en la cubierta; si escapamos de esta, consérvelo como un recuerdo.
La cubierta de la "Covadonga" presentaba un golpe de vista que podía tener de todo menos de desgarrador, como podría creerse de un tan reñido combate. Al pie de la bandera agrupábanse los soldados de la guarnición alrededor del Sargento Ramón Olave y rodilla en tierra, hacían fuego sobre el enemigo cada vez que aquel se acercaba.
Los dos cañones de a 70 salían y entraban en batería con una ligereza extraordinaria y ambos solos sostenían un fuego que parecía el de una batería de ocho o más cañones. Así se multiplican los esfuerzos y los brazos de los soldados chilenos cuando faltan los elementos.
La marinería saludaba cada disparo con un ¡Hurra! y los oficiales mismos disparaban las piezas y a no haberse visto al frente al poderoso enemigo, cual quiera habría creído que aquello era un simple ejercicio.
Debo aquí un pequeño tributo de admiración hacia un tripulante de la "Covadonga" que se batió en ese memorable día como el más bravo. Me refiero al despensero de la "Covadonga" Samuel Shaw, joven modesto y valiente, el cual, no teniendo un puesto de acción a bordo, batióse como el mejor soldado durante todo el combate, rifle en mano. Yo lo veía cambiar rifles cuyos cañones estaban candentes de tanto disparar y yo lo vi también perorar a los marineros desde la borda, exponiendo su pecho a los tiros del enemigo cuando este se hallaba más cerca. Este hombre, desconocido de los lectores, debe ser también agregado a la lista de los héroes de aquel hermoso día.
Junto a este valiente batióse también el Cabo 1a Pedro María Latapiat, descendiente de soldados y generales bravos y pundonorosos.
En el puente del Comandante tenía lugar también una escena que era hija del patriótico entusiasmo que animaba el corazón de un hijo de la noble España. Un humilde marinero apellidado Martínez, español de nacionalidad, se había apoderado de dos banderas chilenas de los botes del buque y poniéndose detrás del Comandante Condell las batía sobre su cabeza cada vez que la "Independencia" se acercaba a tiro de revólveres; al mismo tiempo que lanzaba vivas a Chile y provocaciones clásicas de su lengua a los peruanos de la fragata enemiga, que viendo las banderas, hacían converger sus fuegos sobre el puente, que era acribillado de balas por esta causa.
A las doce A.M., la fragata enemiga, viendo lo infructuoso de su caza, se resolvió a darnos el golpe decisivo, precipitándose por tercera vez sobre nosotros.
El Comandante Condell comprendió que era este el golpe de muerte y con la entereza de su valor y su calma estoica mandó hacer los últimos disparos y enseguida dio la orden de estar listo para el abordaje.
Todo el mundo abandonó sus puestos para correr hacia popa, que era por donde amagaba el espolón de la "Independencia" y cada cual principió a disparar su arma de fuego sobre la proa del blindado, por donde asomaba amenazante el cañón de a 150 que habría de reducir a astillas nuestro buque tan luego como fuere disparado.
Estos momentos decisivos eran de vida o muerte y todos contemplábamos anhelantes de emoción la inmensa mole de hierro que se abalanzaba con toda furia sobre nosotros, como uno de esos monstruos marinos que pinta la mitología en los tiempos antiguos. Pero, puedo afirmar con seguridad que el golpe era esperado con una impavidez fría y resignada, sin que nadie en el buque pensara pedir ni esperar gracia del enemigo.
En estos momentos nuestro barco se estremeció, se detuvo, luego se sintió un sordo ruido en el fondo del mar y a un impulso de la hélice, el viejo y glorioso casco de la "Covadonga" salvó la roca de Punta Gruesa y siguió flotando sobre el mar con su orgulloso e inmaculado tricolor al tope!
La tripulación entera había gritado: ¡Nos varamos, Comandante! y la tripulación misma prorrumpió en el más unísono, espontáneo y hermoso ¡VIVA CHILE! que he sentido en mi vida, al ver que a cincuenta metros de nuestra popa la orgullosa nave enemiga chocaba con estrépito contra la nueva roca Tarpeya y encallaba allí para siempre, quedando a merced de la pobre y vieja "Covadonga".
¡OH, poder infinito del Dios de las batallas! ¡Cómo cambióse por completo la faz del más
desigual combate naval!
Allí quedó el poderoso a los pies del humilde aunque valiente adalid; allí imploró avergonzante merced el que minutos antes soñaba con imponernos la ley de la fuerza, derramando la última gota de nuestra sangre con el poder de sus cañones. He ahí la justicia de nuestra causa brillando como faro luminoso sobre las amargas aguas de los mares.
El Dios de la Victoria había extendido su mano misteriosa, depositando sobre la frente del joven vencedor el laurel de la gloria y del valor... ¡Qué poder misterioso de destino había unido sobre las débiles tablas de esas dos naves a tanto esforzado marino, a tantos heroicos corazones.
¡Qué leyenda tan hermosa para un pueblo y qué esperanza tan grande para una nación fuerte, honrada y digna!”
En la imagen vemos a la bella embarcacion, orgullosa con sus heridas de guerra y digna, con su bandera al tope entrando a Valparaíso triunfal.


EL REPOSO FINAL DE LOS HÉROES

Todos conocemos el destino que le cupo a nuestros héroes de la gesta de Iquique. Hubo muchos que murieron heridos en la lucha sobre la corbeta Esmeralda y otros que, arrastrados por la vorágine final del buque al hundirse, perecieron ahogados. Cerca de 50 de los sobrevivientes flotaron en el mar y fueron rescatados por el Huáscar, siendo más tarde puestos a disposición de las autoridades peruanas, cuyo desenlace para ellos fue la prisión. El destino que corrieron los cuerpos de los héroes Prat, Serrano y Aldea es bien conocido por nosotros, pero hoy queremos recordar nuevamente lo que ocurrió aquella tarde del 21 de Mayo de 1879.
El Huáscar tenía a su bordo los cuerpos de Prat, muerto en el primer abordaje, y a su acompañante el Sargento Juan de Dios Aldea, que saltó a la gloria junto a su capitán, y más tarde herido y posteriormente muerto, el Teniente Serrano, que fue protagonista junto a once bravos entre los bravos, del segundo abordaje.
Hundida la Esmeralda y rescatados los náufragos, el monitor vuela en su afán de atrapar junto a la fragata Independencia a nuestra ilustre goleta “Covadonga”. Todo ha terminado para la fragata peruana, sin embargo, y luego de rescatar a sus sobrevivientes emprende vuelta al puerto de Iquique. 
Allí en el muelle, frente a la Aduana depositaron los cuerpos de nuestros queridos héroes para que fueran atendidos y sepultados. Sin embargo nadie se hacía cargo de estos nobles personajes, hasta que los delegados extranjeros a cargo de la Compañía de Bomberos de la ciudad decidieron actuar humanitariamente.
Así, el sargento Juan de Dios Aldea es enviado al hospital para atenderle de sus heridas, pero fallece el 24 de tan graves que eran. Don Eduardo Llanos y don Benigno Posadas, ambos españoles, retiran los cuerpos de Prat y Serrano, los amortajan en blancas sábanas y preparan su digna sepultura. Ésta, fue pagada por el mismo Llanos y gracias a este acto Prat y Serrano se salvaron de ir a una fosa común.
La ceremonia al cementerio N°1 de Iquique se realizó de manera muy reservada, a petición de las autoridades peruanas de la ciudad, y nuestros héroes fueron así sepultados cristianamente.
Dos años más tarde, y cuando la ciudad de Iquique ya era Chilena, las autoridades de la ciudad realizaron una nueva ceremonia, exhumando los cuerpos de Prat y Serrano y depositándolos en la Iglesia de la Inmaculada Concepción, la que hoy día es la Catedral de Iquique.
Fue la misma Compañía de Bomberos española la que recibió el honor de hacer la guardia durante la ceremonia, escoltando a los héroes a su nueva morada.

Del libro “Prat”…. Compartimos con Uds. el relato del Libro de Guardia de la Bomba España, escrito esa mañana del 22 de Mayo de 1881:
“El Día 22:
Estaba citada la Compa para asistir al cementerio. A las 7:00am salía del cuartel con 38 auxiliares y 24 voluntarios, incluidos los oficiales.
Se conducían los carros mortuorios que la Compa ofreció para transportar a la iglesia los restos de Prat y Serrano, y una vez en el cementerio, esperaron los auxiliares y el estandarte con la escolta respectiva fuera de aquel lugar, entrando los señores voluntarios los cuales una hora más o menos después salían arrastrando dichos carros; a la retaguardia las autoridades y empleados públicos que seguían los féretros, siguió nuestro estandarte con la escolta y los auxiliares, continuando después las demás compañías.
Una vez en la iglesia, nuestro estandarte ocupó uno de los esquineros del catafalco, junto con los señores de la escolta y el resto de la compa formó delante de la iglesia hasta concluír la ceremonia, retirándose enseguida a su cuartel en donde rompió filas 10 minutos después.
A las 3 pm:
A la invitación del Sr. Capitán, los oficiales, Burgeño, García, Armengol, Pahul Tarberner, el que suscribe y el voluntario Las Rosas, lo acompañaron a la casa del Sr. Jefe Político, el objeto de asistir a la ceremonia de dar sepultura en la bóveda de la iglesia a los restos de Prat y Serrano. Con efecto después de unas atenciones hechas por el Sr. Jefe Político y oficiales del Linares en casa del primero, fuimos en corporación donde cupo el honor a la oficialidad de la Compa Española de Bomberos “Iquique N°1” bajar el catafalco y depositar en la bóveda los restos de Arturo Prat y Ignacio Serrano. Hecho lo cual terminó la ceremonia y después de despedir al Jefe Político en la puerta de su casa, se retiró cada cual a la propia.
G. Román
Teniente 2°”

Nuestros héroes estuvieron sepultados en la bóveda de la iglesia hasta el año 1883 en que un incendio obligó a trasladarlos al sótano de una bodega. Luego, en el año 1884, listas las reparaciones de la dañada edificación, fueron devueltos a su lugar de descanso hasta 1888, año en que son trasladados, esta vez junto a ellos el héroe Aldea, hasta su morada final en Valparaíso en la cripta heróica, en el Monumento a los Héroes de Iquique en la plaza Sotomayor.
Para finalizar esta nota un dato inédito: El señor Eduardo Llanos vuelve a España y cada vez que un buque chileno recalaba en su ciudad natal, enviaba una comitiva a saludarle y agradecerle los servicios humanitarios prestados a nuestros héroes.

En las imagenes podemos ver los lugares donde estuvieron sepultados nuestros queridos bravos, partiendo por la humilde sepultura en el Cementerio N°1 de Iquique, luego en la Catedral, lugar en que Relatos de Guerra estuvo y pudo tomar la fotografia que les mostramos y finalmente en la Cripta Heroica, en Valparaiso.

Fuente: "Prat", un libro de la Armada de Chile

A continuacion les dejamos un link para complementar la información:https://www.facebook.com/relatoschilegdp/photos/a.1632661633713648.1073741828.1632636943716117/1839247269721749/?type=3&theater


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EL MES DE LAS GLORIAS NAVALES


Este mes recordamos el glorioso Combate Naval de Iquique y Punta Gruesa.
Muchos historiadores han descrito el suceso de aquella mañana en la rada de Iquique en que nuestro querido Capitán Arturo Prat ofrendó su vida en pos de la patria. Les traemos el relato del momento en que salta al abordaje.
Recordaremos que antes que el comandante de la escuadra nacional, almirante Juan Williams Rebolledo, entregara en sus manos el bloqueo del puerto de Iquique, le pregunta a Prat qué haría en caso que apareciera el monitor peruano, el alentado y valiente capitán contestó con las siguientes palabras: "Si viene el Huáscar, lo abordo".
Pues bien, dado el primer espolonazo en contra de la "querida vieja mancarrona" y estando en posición listo a la espera, nuestro héroe salta al abordaje y muere a bordo del buque enemigo.
Leamos las impresiones del historiador militar Wilhelm Eckdahl:
"El espolonazo del Huáscar fue recibido con una descarga cerrada de la batería de babor de la Esmeralda y otra de fusilería del personal distribuido en todas las secciones del buque.
El Comandante Prat saltó, espada en mano, desde el puente de la Esmeralda al castillo de proa del Huáscar, dando al mismo tiempo la voz de “¡Al Abordaje!” Desgraciadamente el estruendo
de las descargas de artillería y fusilería impidió que se oyera la voz del valiente Comandante de la Esmeralda sino por los que estaban inmediatos a él. Estos fueron el Sargento 1º de la guarnición don Juan de Dios Aldea y un marinero cuya identidad no ha podido ser establecida. Estos héroes siguieron instantáneamente el glorioso ejemplo de su Comandante saltando a la cubierta del blindado enemigo. Nadie más de la valiente tripulación chilena alcanzó a hacerlo, pues el Huáscar
retrocedió con toda presteza.
La cubierta del Huáscar estaba clara; la tripulación en sus puestos de combate, en la torre de la artillería o en un compartimiento separado de la cubierta y cerrado por rejas de fierro.
Desde la cubierta de la Esmeralda, la tripulación chilena pudo ver a su Comandante recorrer los pocos pasos que le separaban de la torre de mando del Huáscar y caer al pie de ella, evidentemente herido, por algún disparo enemigo. Se hallaba el Capitán Prat con una rodilla en tierra desfallecido y casi exánime, cuando sale un marinero de la torre de la artillería y le asestó un tiro en la frente que le produjo instantáneamente la muerte. ¡ARTURO PRAT HABÍA IDO AL PANTEÓN DE LOS HÉROES INMORTALES! Y le acompañaron los dos héroes que habían logrado con él abordar el blindado enemigo. Aldea había recibido varios balazos y se apoyaba también exangüe en uno de los palos del buque y murió el 24. V. en el hospital de Iquique.
A bordo de la Esmeralda estalló un grito de dolor; pero lejos de hacer desmayar el valor de los luchadores chilenos, el drama les animó con el vehemente deseo de vengar a su Comandante, de seguir su ejemplo, tornándose todos y cada uno de ellos un héroe."


domingo, 15 de abril de 2018

"LA FUGA"


En este día domingo de descanso y tranquilidad les traemos lectura sólo para valientes, pues el siguiente relato es extenso, pero muy interesante. Los protagonistas son el Sargento Manuel Necochea, del Regimiento 2° de Línea, quien es el escritor del artículo,  y dos soldados que lo acompañaron: Brígido Marín y Pablo San Martín. 
Nuestros niños, como así se les llamó en aquella época, tenían caracterízticas muy particulares y en el próximo relato se podrán dar cuenta de eso que venimos insistiendo de hace mucho. La picardía, el ingenio, la chispa del soldado chileno fue notorio en la Guerra del Pacífico, y aunque muchos lean con una sonrisa en sus labios, no dejen de pensar que detrás de esta anécdota hay todo un cuadro trágico.
Les dejamos entonces la huída del Sargento Necochea, desde el campamento peruano que también huía, pero de nuestras avanzadas que los buscaban luego de la Batalla de Tarapacá. Al mando del General Buendía escapan por los cerros y alturas altiplánicas, llevandose como prisioneros a un grupo de nuestros aguerridos que apresaron luego de terminada la batalla. Entre ellos se encuentra la cantinera María Quitería Ramírez y otros que llegaron a Lima, no sin antes sufrir las inclemencias del fatigoso viaje:

"En las cercanías del pueblo de Tarapacá, nos batimos con los peruanos de una manera desesperada el 27 de noviembre de 1879. El cansancio natural, después de haber efectuado marchas forzadas, la carencia absoluta de agua, la escasez de municiones y el corto número de nuestras tropas, eran tristes presagios para la división chilena que luchaba con un enemigo tres veces superior en número, bien amunicionado y que peleaba en territorio conocido. A pesar de tantas ventajas, nuestras tropas, sombrías y silenciosas, se batían furiosamente. Hacían muchas horas que nuestra división se batía con valor desesperado.
Hubo un momento en que pusimos en fuga al enemigo, y todos nuestros soldados corrieron a la quebrada a saciar la sed que los devoraba. Cuando esto sucedía, vimos reaparecer nuevas fuerzas peruanas en número muy superior al nuestro, las cuales comenzaron un mortífero fuego sobre nuestros soldados que ya hacían dispersos y en su mayor parte en la quebrada.
Mi regimiento, llevando a la cabeza al valiente e inolvidable comandante Eleuterio Ramírez, respondió al ataque menos por el mal que se le podía hacer al enemigo, que por favorecer la organización del resto de las fuerzas chilenas que de una manera tan inesperada eran fusiladas por los peruanos.A pesar de la desorganización, en que el ataque sorprendió a nuestro regimiento, su intrépido comandante avanzaba frente a él con terrible resolución, haciendo retroceder las columnas peruanas y sembrando la muerte en sus filas.
En la tarde nuestro regimiento, dividido en varias secciones, habría perecido casi la mitad de los soldados. El comandante Ramírez avanzaba siempre en dirección al pueblo con unos pocos hombres entre los cuales iba yo. Alcanzamos a llegar a la tercera casa a la entrada de Tarapacá, y viéndonos rodeados por las tropas peruanas, penetramos en ella y nos atrincheramos decididos a vender caras nuestras vidas.
La casita estaba construida de un material sólido, con techo de paja, y tenía al frente una puerta y varias ventanas por donde hacíamos un nutrido fuego al enemigo.
Nuestro querido comandante Ramírez, herido ya, se encontraba en medio de nosotros y olvidando sus dolores nos alentaba a cada momento diciéndonos:
–Muchachos, las municiones escasean; calma al apuntar y tiro seguro.
Y en efecto, a cada tiro un cholo se revolcaba por el suelo, dejando un charco de sangre. A medida que el tiempo trascurría, sentíamos que fuerzas más y más numerosas rodeaban la casa en medio de una algazara infernal.
–Ríndanse, porque vamos a quemar la casa, nos decían.
Y estos gritos salvajes les contestábamos con una descarga de muerte, diciéndoles al mismo tiempo:
–¡Cholos miserables! ¡El chileno no se rinde jamás!
Algunos soldados enemigos, arrastrándose cerca de la muralla, conseguían llegar hasta la puerta, pero al momento eran tomados del pelo e introducidos al interior, donde nuestros compañeros en pocos instantes los despedazaban a bayonetazos.
El sol declinaba notablemente; el interior de nuestra trinchera era un montón de heridos y de cadáveres; las municiones se nos habían concluido, y el techo de la casa principiaba a arder incendiado por los peruanos. En ese momento vi por última vez a nuestro heroico comandante, recostado en un rincón, muy pálido y desfallecido, se desabrochaba la casaca a fin, sin duda, de ofrecer su pecho desnudo a la rabia brutal del enemigo. La resistencia era imposible. En este instante una multitud de cholos penetró repentinamente en el aposento y se precipitó sobre nosotros. Casi todos mis compañeros fueron inhumanamente destrozados por las bayonetas enemigas. Los que quedaron vivos y en estado de andar, fueron sacados a culatazos de la casa. Yo fui recibido en la puerta por un oficialito que se lanzó sobre mí hasta arrojarme al suelo a placazos. En el instante los cholos me rodearon y como perros hambrientos me desnudaron en un momento, gritando con carcajadas de alegría:
–Las botas son para mí…
–El quepí yo me lo agarro.
–La jineta es mía…
Desnudo y sin poderme mover por los golpes que había recibido, a puntapiés me hicieron levantar y marchar a Tarapacá con mis demás compañeros; ¡era prisionero de los peruanos!
Los heridos y agonizantes que quedaron dentro de la casa, sufrían mientras tanto el mayor de los martirios: sus cuerpos ardían junto con el edificio que habíamos abandonado.
El sol ya se había ocultado y nosotros rodeados por la soldadesca peruana, fuimos conducidos al pueblo de Tarapacá.
No entraré a referir los insultos soeces y el maltrato que recibíamos de esos hombres, que necesitaron un día y quemar el techo que nos cubría, para rendirnos, después de rotas nuestras armas y concluidas las municiones; de estos hombres, que huyeron cobardemente en Dolores y que resistieron en Tarapacá merced a encontrarse, en la relación de tres de ellos por un chileno.
El aspecto que presentaban los prisioneros era conmovedor. Casi todos heridos y golpeados, descalzos, con el traje hecho jirones, sin quepí y muchos sin camisa; extenuados por la fatiga de todo un día de combate bajo un sol abrazador y sin haber podido humedecer los labios con una gota de agua, fuimos encerrados en una pieza rodeados de numerosos centinelas.
El cuadro que presentaba nuestra prisión era harto desgarrador. Ahí sin testigos, sin la presencia de los aborrecidos peruanos, pudimos dar expresión franca a nuestro dolor. El silencio reinaba entre nuestros compañeros; estos hombres que momentos antes habían despreciado la vida, batiéndose como fieras, vertían lágrimas al verse impotentes entre muchos enemigos.
Pasado un rato, se presenta en la puerta de nuestro aposento un jefe que, por su traje, parecía pertenecer a las ambulancias, y preguntó:
–¿Quién se llama María Barmier? ¿Está aquí?
–Yo soy, contestó una voz femenil, conmovida y llorosa.
–¡Tú aquí, María! ¿Cómo?
–Estoy prisionera, contestó llorando.
–No llores María; no te sucederá nada; serás muy cuidada entre nosotros, y terminó estas frases afables dándole una pequeña bolsa con maíz tostado, y trayéndole en seguida pan y agua.

María era nuestra cantinera y nos causó admiración que fuese conocida por ese jefe peruano; pero al mismo tiempo nos alegramos de ello porque de esa manera era probable que se le guardara alguna consideración, librándola del duro trato que se nos daba.
Al lado de nuestra prisión se celebraba el triunfo que tan caro les había costado, y se sentía una grande algazara, cantos femeniles y música de piano; ésta era interrumpida de tiempo en tiempo por el sonido de las copas, los huiches y los vivas al Perú.
Nuestro dolor se cambió en desesperación cuando oímos la música y los gritos insolentes de nuestros enemigos. No era posible sufrir tanto agravio, no era posible soportar que esos miserables se rieran de nuestra desgracia ultrajando a nuestros nobles soldados.
Nos olvidamos de que éramos prisioneros y, a despecho de nuestro brutal enemigo, les gritábamos a toda voz:
–¿Qué celebran con tanta bulla? Nos tienen prisioneros; pero muchos cientos de cholos se han quedado sin poder contar el cuento.
Y ellos nos contestaban:
–Palmo a palmo les hemos disputado el terreno, pues, así como hombres a campo libre, y no atrincherados, pues, como cobardes en una casa.
Los dichos sarcásticos se sucedían, de modo que no nos era posible tener ni el descanso que tanto necesitábamos. Entre los compañeros de prisión se distinguió un soldado de mi regimiento, cuyo nombre no conocía; pero que llamaba la atención por la altanería y desprecio con que trataba a los peruanos, al mismo tiempo que su genio alegre no le abandonaba un momento.
En otro extremo de la pieza había otro soldado de apellido San Martín, que cabizbajo y meditabundo se enjugaba las lágrimas con su blusa de brin. Me estremeció esto último y me acerqué a él diciéndole:
–¿Está usted herido?...
–No, mi sargento, pero tengo mi alma destrozada.
–¿Y por qué? Tenga más serenidad.
-¡Ah! Usted es demasiado joven y no le toma el peso a nuestra desgracia. ¿Cómo podré jamás conformarme con ver la bandera de mi patria, la bandera de mi regimiento, insultada y en poder de nuestros enemigos? Le aseguro que daría con gusto mi vida por arrancarla de sus manos. Y diciendo esto me llevó a la puerta de la habitación. El centinela levantó la culata de su rifle diciéndonos:
–Atrás los chilenos; cabo de guardia…
–No grite, le dijo San Martín. Vengo solamente a mostrarle a mi sargento nuestro estandarte.
Efectivamente; frente de la casa vi que tenían nuestro querido estandarte medio doblado y colgado para que fuera visto por todos. A pesar de la alegría de los peruanos, se notaba cierto movimiento y sobresalto, y llegó a nuestros oídos que se iba a emprender la marcha por temor de que nuevas fuerzas chilenas vinieran a renovar el combate.
A las doce de la noche salimos con dirección a Pachica, y al amanecer llegamos a este punto.
En Pachica se nos encerró en un corral a toda intemperie, rodeándonos de soldados. La falta de reposo, el cansancio y la carencia de agua, nos tenía en un terrible estado de postración. A las ocho de la mañana, el corral era una hoguera y nuestros soldados carecían en su mayor parte de quepí para cubrir su cabeza. A las doce del día, delirábamos por una gota de agua sin poderla conseguir. En estos momentos arrojaron al corral al subteniente Silva Basterrica que también había caído prisionero.
El agravio que se hacía a nuestro superior nos causó la mayor indignación. Los prisioneros peruanos habían sido tratados por los chilenos con la mayor atención, con el mayor esmero, y a nuestros oficiales no se les daba siquiera la colocación que por su rango le correspondía, sino que les hacían seguir entre los soldados. Protestamos de tan vil proceder, clamamos sin cesar; todo fue inútil…
A las seis de la tarde, hora hasta la cual no habíamos tenido otro alimento que insultos y golpes, el general Buendía ordenó que se nos diera de comer y se preparó un fondo con frejoles; pero como a la media hora se nos dio orden de continuar la marcha; fue, pues, necesario comer los frejoles en el estado en que se encontraban y el agua de ellos fue solicitada y bebida con placer por nuestros compañeros.
Emprendimos la marcha en los momentos en que el sol se ocultaba. Toda la tarde caminamos por el fondo de una alta quebrada, y como a las ocho de la noche principiamos a subir elevadísimos cerros por senderos tan pendientes, angostos y arenosos, que solo permitían la marcha de uno en uno. Tarde de la noche llegamos a una planicie, donde se nos dio descanso, pues los peruanos estaban completamente fatigados. Nos tendimos en el suelo sin más ropa que los harapos que nos cubrían y al momento nos quedamos dormidos, y había razón para ello: ¡desde el día antes del combate de Tarapacá no cerrábamos los ojos!
Nuestro sueño fue una delicia. El estado febril en que nos encontrábamos, hacía viajar nuestra imaginación con agradables ilusiones. Soñé que estaba en un pueblo organizando ejércitos invencibles; soñé con mi padre, cuya suerte ignoraba: lo veía pelear y destrozar al enemigo. ¡Que noche tan agradable, tan feliz! ¡Ah! ¡Jamás la olvidaré!
La diana de los cornetas nos despertó aún entre sueños, me senté buscando a tientas mi rifle y mi cartuchera. Tropecé con el soldado San Martín y me dijo:
–¿Qué busca, mi sargento?
–Busco mi rifle y mis cartuchos que no los puedo encontrar.
–¿Su rifle, mi sargento?...
–Sí, hombre, la llamada apura, ya están formando.
–Hemos soñado, como usted, mi sargento, replicó la cantinera María Ramírez; ¿no recuerda que somos prisioneros?
La realidad había ahuyentado mis gratas ilusiones; ¡era prisionero y prisionero del salvaje cholo!
Emprendimos nuevamente la marcha y llegamos a Mocha como a las doce del día. En ese lugar renovamos nuestras quejas por el tratamiento que se daba al subteniente Silva Basterrica y al fin fuimos escuchados; se le sacó de entre nosotros se le llevó al Estado Mayor, donde dijeron que se le iba a proporcionar una cabalgadura.
El general Buendía descansaba en su carpa de campaña a la vista de nosotros. Un oficial llevó uno de nuestros compañeros ante el general para tomarle declaraciones. El elegido fue el mismo soldado que tan alegre y atrevido con los peruanos se había portado en nuestra prisión en Tarapacá, y cuyo nombre supe sólo en ese momento. Era fuerte ágil y se apellidaba Marín. Divisamos que Marín en la carpa del general tomaba una silla y se sentaba con desfachatada comodidad; pero algunos minutos después vimos levantarse al general Buendía y arrojarlo a puntapiés, haciéndole rodar con la silla. Había ocurrido lo siguiente:
Llegado a la carpa del general, éste le dijo:
–Usted me va a dar algunas declaraciones.
–Lo que quiera, mi general, pero con su permiso me voy a sentar porque ya me muero de cansado.
–Levántese el insolente, le replicó el general.
–Pero, señor, si es sólo por un minuto y para contestarle con todo gusto. Ya le he dicho que estoy próximo a morir de cansancio.
El general Buendía no pudo evitar una sonrisa y exclamó:
–Está bien. ¿A qué regimiento pertenece?
–Al 2º de Línea.
–¿Su jefe?
Mi valiente comandante Eleuterio Ramírez.
–¿Murió?
–Fue herido en Tarapacá y quemado por nuestros enemigos.
–No lo he llamado para oírle cargos. ¿Cuántos chilenos pelearon en Tarapacá?
–Dos mil hombres por todo.
–Es imposible, no han peleado menos de seis mil.
–Esa es su opinión y no falta quien sostenga que los chilenos éramos veinte mil. La verdad es que no pasábamos de dos mil.
–¿Qué número de soldados tienen ustedes en su territorio?
–Cien mil hombres, señor.
–¿Cien mil hombres dice usted?
–Y creo que más, señor.
–Le prevengo que si vuelve usted a pretender burlarse de mí, inmediatamente lo hago fusilar… Capitán, que vengan cuatro rifleros.
–En Tarapacá, señor, me han rasmillado las orejas más de quinientas balas. El silbido de cuatro más no me hará impresión, se lo aseguro.
–¿Qué artillería tienen ustedes?
–Cuarenta baterías Krupp.
–¿Krupp?
–Krupp, señor, y bien Krupp.
–Es imposible, dijo el general, pensativo y agregó: ¿Y con qué caballería cuentan ustedes en Chile?
–Más o menos, señor, son cincuenta mil hombres.
–Mándese cambiar el chileno salvaje, exclamó el general arrojándole a puntapiés, antes que lo haga fusilar.
El soldado Marín no necesitó nueva recomendación, y en un momento se juntó con nosotros, que no pudimos dejar de aplaudir su impavidez, su valor, su genio, su chiste. Inmediatamente fui llamado a declarar ante el general, el cual no podía creer que tan escasas fuerzas chilenas hubiesen sostenido el combate de todo un día en Tarapacá. Habiendo sabido el general mi nombre, me dijo, al fin de la conferencia.
–¿Es usted pariente del jefe Necochea que vino ahora años en la expedición al Perú?
–Sí, señor, soy su sobrino. Esto era falso, pero quería ver si alegando ese parentesco, me trataban mejor.
–No le creo, contestó el general, y me ordenó salir.
En Mocha permanecimos dos días. Ahí pudimos comer y reponer nuestra fuerzas extenuadas. Los peruanos nos trataban con el mayor desprecio, de tal modo que habiéndose ordenado que se nos dieran algunas peras, fruta que había en abundancia, se trajo un canasto y se nos arrojó su contenido desde lejos. ¡Miserables! ¡Nos trataban como a perros!
Al segundo día de estar en Mocha, se emprendió la marcha, según se decía, con dirección a Arica. Otros aseguraban que nos dirigíamos a Tacna. Anduvimos toda la tarde y toda la noche con muy cortos descansos. Al amanecer presenciamos un espectáculo que nos conmovió muchísimo. Entre unas piñas yacía el cadáver de un soldado con el cráneo destrozado por un balazo y a un lado del camino, otro cuerpo atravesado por varias balas. Se nos llevó para que lo reconociéramos y tuvimos el pesar de ver que los dos eran chilenos. Uno de ellos, el más joven, había pertenecido a mi mismo regimiento.
¿Cómo éstos soldados se encontraban en ese lugar tan distante del centro de operaciones? ¿Con quienes habían peleado? He aquí lo que no pudieron averiguar los peruanos ni nosotros. Juntamos los dos cadáveres y los cubrimos con un poco de arena. Era lo único que podíamos hacer como expresión de cariño y respeto por la memoria de aquellos dos hermanos que habían dado su vida en tan lejano desierto por nuestra querida patria.
Muy largo sería detallar los mil incidentes del viaje. Los sacrificios, los sufrimientos y las marchas forzadas por aquellas erizadas cordilleras. Por fin, después de doce días de marcha, llegamos a Camiña. En este lugar se supo la nueva de que la caballería chilena avanzaba, pero siempre se continuó la marcha con dirección a Camarones. En Moquella, lugar cercano a Camiña, permanecimos muy poco tiempo, pues llegaron propios anunciando que la caballería chilena avanzaba por dos puntos, por Calatambo y por Zucar, con el objeto de cortar la retirada al general Buendía. Desde este momento se notó un gran desconcierto en el ejército peruano. Todo era vacilaciones, temores y desmoralización, provocados por la probabilidad de un encuentro con la caballería chilena.
No podíamos reprimir nuestra alegría, al pensar que estaba cercano el momento de castigar a nuestros salvajes verdugos, aunque fuera a costa de nuestras vidas. Se ordenó la más severa vigilancia con nosotros; pero ésta no podía llevarse a efecto por la confusión en que se encontraba el ejército. Viendo el estado de nuestros carceleros se me vino la idea de evadirme. ¡Ah! ¡Qué delicioso pensamiento! Huir, encontrarme con el resto de mi regimiento, de la corneta chilena, y pelear nuevamente viendo ondear nuestra hermosa bandera.
Hice varias tentativas de evasión sin resultado. Estaba demasiado vigilado y en medio de un ejército numeroso. Esperé con paciencia una ocasión más oportuna. Siempre que pensaba en la fuga, hacía figurar en mis planes a Marín que se había captado mi franca admiración con su valor, su chiste, su audacia y su sempiterna alegría. Su tarea diaria y constante era molestar a los peruanos. Más de una vez, cuando estos preparaban el rancho, una piedra dirigida por una mano burlona y certera, rompiendo la olla, hacía correr por el suelo la comida. ¿Quién era el autor de aquella diablura? Nuestros enemigos jamás conseguían descubrirlo, solo nosotros sabíamos que aquel proyectil había partido de la mano de Marín.
Continuó la retirada con el mismo desorden y confusión y se prohibió aun la conversación entre los prisioneros. Llegamos otra vez a Camiña como a las doce de la noche y al amanecer salimos con dirección a un punto que ellos llaman Esquiña,
distante dos jornadas del lugar en que nos encontrábamos.
En la noche pude acercarme al soldado Marín y le dije:
–Marín, ¿eres valiente?
–No lo sé, mi sargento. Nunca se me ha ocurrido investigar el punto, y como desearía a qué atenerme sobre el particular, me gustaría mucho que me pusiese a prueba.
–Voy a darte gusto; pero a condición de que guardes el más completo silencio respecto de lo que vas a oír. Se trata de que nos apoderemos del estandarte de nuestro regimiento y huyamos en seguida; ¿no sería muy glorioso para nosotros librar esa preciosa reliquia de las manos de los malditos cholos que tanto se enorgullecen con ella?
–La verdad es, mi sargento; que me gustaría más que torciéramos el pescuezo a un par de esos gallinazos, les tomáramos sus rifles y largáramos las volandas. Con el sebo de sus capotes tendríamos para alimentarnos dos semanas en el desierto. Este es mi plan; pero entre el plan del soldado y el del sargento no se puede trepidar. Estoy a sus órdenes.
Quedó, pues, convenido, que en la primera ocasión favorable intentaríamos el golpe. Principiaba a oscurecer; la hora y el aspecto del cielo nos envolvían en una atmosfera de tristeza. Los prisioneros marchaban de dos en dos, con un centinela a cada lado; un silencio profundo reinaba en toda la línea.
Preocupados del intento que meditábamos, tratamos de descubrir en que parte llevaban el estandarte, y después de mil preguntas disimuladas, supimos que lo guardaba el batallón Iquique que acampaba cerca de nosotros.
Después de hecho este importante descubrimiento, le dije a Marín:
–¿No sería prudente buscar otro compañero que nos ayude en la empresa?
Y él me contestó:
–Soy de la misma opinión, y donde hay uno hay otros. Yo tengo un amigo que se apellida San Martín, y con él teníamos arreglado el plan de prenderle fuego a los diez cajones de municiones que llevan los peruanos, pero hasta este momento nos ha sido imposible hacerlo. Yo mismo hablaré a San Martín y será un buen compañero. Acepté y quedó acordada nuestra divisa: “O la muerte o el estandarte”.
En la noche nos hicieron hacer alto en una falda de un cerro pequeño, cortado a nuestra derecha por una quebradita cubierta de árboles. En este lugar acampó el batallón Iquique.
Esa noche no pudimos cerrar los ojos; en ella debía ejecutarse lo convenido. Tal vez algunos de nosotros, tal vez los tres no veríamos la luz del día siguiente. Como a las doce de la noche el campamento estaba en el mayor silencio; todos dormían y sólo se sentía de tiempo en tiempo el alerteo de los centinelas.
El valiente Marín se había levantado y, a favor de la oscuridad de la noche, acercándose a mí me dijo:
–Ya estoy listo, mi sargento. Si nos han de matar, que sea luego. ¿Para qué estamos esquivando el cuerpo?...
–Adelante, le contesté, no perdamos tiempo y que el cielo nos ayude.
Marín se echó a tierra y arrastrándose, se dirigió a la quebrada donde estaba el batallón Iquique. San Martín hizo lo mismo y se encaminó por otro punto; y yo también caminé, arrastrándome con la mayor cautela, hacia el lugar donde se guardaba el estandarte.
Hacía como media hora que imitaba a las culebras y ya estaba cerca del Iquique, cuando sentí la voz de Marín que decía:
–Mi sargento, mi sargento, venga ayudarme; mire que es muy pesado este diablo.
Al momento me imaginé lo que ocurría: o Marín se había equivocado tomando en lugar del estandarte un saco de víveres, o le habían sorprendido con el estandarte en la mano y de rabia había lanzado este grito, denunciándonos por haberlo dejado solo.
A todo correr volví a ocultarme al campamento. Poco rato después oí llamar.
–Sargento Necochea, el prisionero, salga…
Muchas veces me llamaron, pero no hice caso, ni contesté una sola palabra. San Martín había huido como yo.
¿Qué era lo que ocurría? ¿Por qué Marín había dado nuestros nombres? Cuando pudimos hablar con libertad con él nos explicó su proceder. Sorprendido con el estandarte al hombro, fue molido a culatazos por los soldados que lo sorprendieron e inmediatamente iba a ser fusilado; pero él, por ganar tiempo, declaró que lo ocurrido solo era el principio de una gran sublevación que se tramaba y en la cual había notables cabecillas, entre los cuales figuraba yo.
Los oficiales del Iquique cayeron en el lazo, y con el objeto de descubrir la raíz de la conspiración, volvieron al apaleado Marín a su puesto entre los prisioneros, mientras se llegaba al primer pueblecito, se levantaba un sumario y se fusilaba a los culpables. La sentencia que iba a recaer sobre nosotros no era muy difícil adivinarla, y ya podíamos prepararnos para el viaje a la eternidad. No obstante, nos quedaba un último recurso: el de la fuga.
Al día siguiente, 10 de diciembre, tuvimos una marcha forzada durante todo el día, sin encontrar agua. Al ponerse el sol, traté de hablar con mis dos compañeros, pasando ya adelante ya atrás de ellos. En nuestra corta conversación les manifesté que era indispensable huir de todos modos, porque al día siguiente era seguro que nos fusilarían.
Hacía días que había tratado de conquistarme la amistad del cabo 1° Antesana, de la columna Tarapacá, con el cual nos tratábamos con mucha amistad. Se estaba oscureciendo y marchábamos por la falda de una quebrada. La sed nos desesperaba y el agua se había concluido de tal modo que carecían de ella los mismos peruanos. Entonces me dirigí a mi amigo el cabo Antesana y le supliqué que me diera permiso para ver si había agua en las quebradas a poco trecho del lugar por donde marchábamos. El cabo se negó a mi pedido, diciéndome que estaba aun muy claro y que podía ser reconvenido por su jefe por la confianza que depositaba en mí.
Cuando estuvo completamente oscuro renové mi pedido, y el buen cabo me concedió el permiso, no sin recomendarme que volviera pronto. Marín, que había presenciado la conferencia, manifestó deseos de acompañarme a lo que Antesana accedió después de algunas negativas. Al momento nos salimos de la fila y nos hicimos a un lado, marchando en la misma dirección del ejército, pero bajando a la quebrada.
En esos momentos oímos que San Martín le decía a Antesana: –Mi cabo, yo también voy a la quebrada.
–No, respondió el cabo, ya son muchos.
–Seremos tres solamente… no desconfíe de sus amigos.
¡He dicho no!... a la fila…
Aún no había pronunciado Antesana la última palabra, cuando San Martín dio un salto de la fila y tomó una veloz carrera. Nosotros hicimos lo mismo y nos lanzamos volando a la quebrada.
–¡Agárrenlos, que se van, gritó Antesana… por aquí… por allí… son tres…!
Pero los soldados peruanos con mochila, rifle y municiones, no podían tener la agilidad de estas tres avecillas chilenas que volaban por su libertad, sin más plumas que un roído pantalón y una blusita de brin. Habíamos corrido como una cuadra cuando sentimos tiros de rifle y el silbido de las balas que pasaron muy cerca de nosotros. Dimos más vapor a las piernas. Los tiros se sucedían cada vez más distantes y por fin doblamos una puntilla que nos ponía a cubierto de las balas; pero no por esto dejábamos de correr. El cielo había favorecido nuestro plan; éramos libres. ¡Viva Chile!
Corrimos mucho tiempo por quebradas y senderos desconocidos, tratando únicamente de alejarnos de los peruanos. Cuando nos creíamos enteramente seguros, nos sentamos a descansar y a concertar nuestra fuga. Ya no estábamos en manos de los peruanos, pero desnudos y descalzos, teníamos que atravesar un enorme desierto, sin tener una gota de agua, ni una galleta que comer. Teníamos, además, que pasar forzosamente por pueblecillos enemigos donde seríamos tomados y fusilados. En fin, no quisimos pensar más bien en nuestra situación y resolvimos emprender la marcha y desafiar la muerte, hasta donde nos los permitieran nuestras agotadas y débiles fuerzas.
Anduvimos toda la noche y sin saber por dónde, trepando y trepando cerros, con el fin de alejarnos lo más posible de los peruanos. El amanecer se anunciaba, porque iba disminuyendo la densa oscuridad de la noche; cuando hubo luz bastante para ver los cerros y las faldas, se nos heló el alma de susto; estábamos en el mismo punto donde habíamos huido. El ejército había acampado en la quebrada pocos momentos después de nuestra fuga y nosotros nos encontrábamos en la cresta de la altísima montaña que formaba la quebrada. Pronto nos tranquilizamos, ningún tiro de rifle podía alcanzarnos en esas alturas, y pretender tomarnos habría sido una empresa disparatada, una locura, porque el cerro casi estaba cortado a pique en ese lugar.
Mientras tanto, Marín había concebido un plan y, cantando la canción de Yungay, corría loco de gusto en busca del lanza-fuego, según decía y exclamando:
–Ahora me la van a pagar estos cholos mugrientos, gallinazos, maricones.
–¿Qué vas a hacer? Le dije.
–Voy, mi sargento, a dispararles un cañonazo de tres mil.
Y al momento se puso a escarbar la tierra y a sacar las piedras en que se apoyaba una enorme roca para hacerla correr cerro abajo.
San Martín, que vio la operación de Marín, le apostrofó diciéndole:
–No es posible que por tus locuras vamos todos a perecer. Aquí nadie nos ve, y el diablo mismo no podría tomarnos. Quedaremos libres tan luego como el ejército se ponga en marcha. No botes la piedra.
–Es usted un dije, hermanito, exclamó Marín. ¿Con qué ahora que tengo la oportunidad de reventar a quinientos o a todos estos gallinazos, ladrones sin vergüenzas, no lo hago porque el señor San Martín tiene miedo? A mi hermano le vendrían muy bien unas polleras.
Excitado San Martín con estas palabras, tomó un pedazo de quisco y, tirándolo a la cara de Marín, lo hirió con él.
Marín saltó como un tigre furioso y la lucha se habría trabado, si en el momento no me hubiese puesto de por medio. Les hablé con energía, calmándolos y reconciliándolos y por fin, después de una corta disputa, Marín se apaciguó y me dijo:
–Mi sargento, yo no soy hombre de guardar mala voluntad a nadie, menos a los cholos. Todo lo olvido con tal que me dejen prenderle fuego al cañón que ya revienta de ganas de disparar.
En este punto no fue posible hacerlo ceder. Tuvimos, pues, que resignarnos a que ejecutara su deseo. Inmediatamente se puso a cavar la tierra con el lanza fuego que era una piedra puntiaguda que le servía de barreta. Mucho rato trabajó hasta que la piedra quedó sin apoyo.
Hizo esfuerzos para hacerla rodar, y como no lo consiguiera, nos dijo: –No me dejen solo; venga todo el regimiento de artillería… Ya está… a la una, ¡cholos bribones!... a las dos, ¡gallinazos sinvergüenzas!... a las tres, ¡que el diablo se los lleva! ¡Viva Chile!
Y la piedra rodó, despacio al principio, pero como a la media cuadra, llevaba una enorme velocidad, arrastrando consigo una multitud de piedras de todos los tamaños. Cuando iba por la mitad de la pendiente era tal el ruido que hacía, que parecía efectivamente un fuego graneado lejano. El polvo que se levantó nos impidió ver el efecto causado en el ejército enemigo por aquel enorme proyectil.
Inmediatamente continuamos nuestra marcha, y después de andar todo el día sedientos y sin comer, llegamos a una gran cordillera que debíamos atravesar, compuesta de tierra suelta y arenosa. Subimos a la cumbre con mucha dificultad, y desde allí bajamos, dejándonos rodar, sistema inventado por Marín para ganar tiempo y ahorrar fuerzas aun cuando no magulladuras y golpes.
Continuamos nuestra marcha andando de día y de noche, ya por terrenos arenosos y recalientes, ya por ásperas montañas erizadas de espinos, que desgarraban nuestros descalzos pies. Estaban mis fuerzas tan agotadas que me era difícil sostenerme, pero la energía admirable, la alegría y el chiste de Marín me reanimaba. Era el segundo día de nuestra fuga, y como a las once de la mañana el calor, la sed, la fatiga y el cansancio me rindieron; me senté sobre un peñasco con la resolución de morir ahí. La falta de agua había secado mi garganta, de tal modo que la respiración me parecía una llama que me devoraba. Me era imposible hablar porque la voz moría en mis labios. El infatigable y generoso Marín me animaba diciéndome:
–Mi sargento, ya estoy por creer que usted se quiere volver gallinazo. Anímese y marchemos; y viendo que no caminaba, agregó:
–Mi sargento, yo no dejo que se lo coman los pájaros. Si se le ha metido en la cabeza morirse, muérase luego, para enterrarlo antes de irnos y rezarle un rosario…
A pesar de mi estado deplorable, me hacían reír los dichos de ese noble soldado; pero al fin se convenció de que no podía resistir y de que me moría. Quitándose el quepí y dando una patada al suelo, exclamó:
–¡Era lo único que me faltaba, que tenga uno por fuerza que meterse de pechoño!
Y dirigiéndose a San Martín, le dijo:
–Vaya, San Martín, arrodíllate junto conmigo, que voy a hacer una manda porque hallemos agua.
Efectivamente, los dos se arrodillaron y parecía que clamaban al cielo con verdadero fervor.
Terminada la oración, se levantó exclamando y mirando al suelo:
–Lo que veo aquí son pisadas de huanaco o son las del diablo que nos quiere llevar.
San Martín, marcha por este lado buscando agua y yo me iré por el otro. Ambos partieron. Las fuerzas me abandonaban rápidamente. Haría media hora a que me habían dejado, cuando oí a Marín que en medio de grandes carcajadas, decía:
–Mi sargento, mi sargento, no se muera todavía. Aguárdese un poco que le llevo agua…
Y efectivamente, un momento después este generoso soldado, mi salvador, me pasaba un quepí medio lleno de agua. La tomé al instante y la bebí con ansia, con delirio. ¡Ah! El agua debe ser la vida, pues sentí renacer mis fuerzas y reconquistar mi vigor. San Martín llegaba contentísimo al saber nuestro hallazgo.
–¿Qué te parece, hombre? Exclamó Marín. Hemos hecho mandas como si fuéramos beatas por tener agua, cuando estaba casi a nuestros pies. Esta trampa que nos han hechos los santos; yo estoy por buscarles camorra…
–No, Marín, respondió; el cielo nos protege.
–Así será, mi sargento; pero yo le aseguro que no volveré a hacer mandas sin haber recorrido antes los alrededores. Para evitar cuestiones, cumpliré mi promesa; aunque Virgen de Andacollo, lo dicho, dicho.
Enseguida nos fuimos a la aguadita, donde bebimos hasta hartarnos. Seguimos andando y después de muchas horas de marcha divisamos muy a lo lejos y hacia el lado de la costa un pueblecito que después supimos que era Miñimiñe. Principiamos a discutir lo que haríamos; Marín era de la opinión de ir al pueblo y San Martín y yo de pasar lejos de él. Esto dio lugar a acalorada disputa.
–Me está pareciendo que a ustedes se les ha ablandado la mollera, decía Marín. ¿No era que ya nos cortamos de hambre y que en este pueblecito hallaremos que comer?
–Mejor es aguantar el hambre, le respondíamos antes que nos tomen y nos fusilen.
–Me está pareciendo que ustedes no son chilenos sino gallinazos ¿Quién nos va a fusilar? ¿Esos cholos imbéciles? Ninguno es capaz de hacernos frente…
En esta conversación llegamos a un punto de donde partían dos senderos, uno que iba al pueblo y el otro que pasaba lejos de él. Como no quisiéramos aceptar la opinión de Marín, se despidió de nosotros y nos dijo que fuéramos por donde quisiéramos; pero que él iba a comer al pueblo y a beber buen vino, antes de continuar la marcha, y partió resueltamente.
Esperábamos con San Martín, que viéndose sólo, renunciaría a su empresa; pero le vimos alejarse de nosotros fresco y determinado. Cuando ya estaba a mucha distancia le gritamos haciéndole señas de que nos esperara; habíamos resuelto acompañarlo y seguir su suerte; no era posible abandonar sólo a una muerte segura a un compañero tan esforzado y generoso.
Cuando llegamos al pueblo, entramos gritando:
¡Los chilenos, los chilenos; bravo; viva Chile, nos tomamos el pueblo; no hay que tirar un tiro; listo el puñal!
Los pocos habitantes que había, salieron de sus casas y huyeron a la quebrada. Marín se posesionó del comedor de una de ellas y nos sentamos a descansar. Pocos momentos después, persuadidos los peruanos de que no había fuerzas chilenas en las inmediaciones, principiaron a volver a sus casas. Marín levantó entonces la voz, y con tono enfático dijo a los dueños de casa:
–Tráigame un vaso de agua, pronto, muy pronto; porque si no…
Al momento le trajeron el agua y me pasó el vaso diciéndome: “beba usted primero, mi sargento”. Enseguida golpeó la mesa y agregó inmediatamente:
–Un vaso de agua con harina y azúcar; pronto, ligero; que no estoy para esperar.
Mientras preparaban lo que pedía, entró a uno de los cuartos vecinos que tenía el techo de paja, y habiéndole agradado, arrojó a las mujeres que lo habitaban, nos hizo entrar y atrancó la puerta. Las mujeres se fueron llorando. Marín estaba como en su casa.
–Mi sargento, me dijo en seguida, es necesario que usted se reponga y duerma un poco; yo le haré de centinela, y tomó un palo y empezó a pasearse por el cuarto.
Era imposible conciliar el sueño, pues tanto San Martín y yo, temíamos que nos hicieran una descarga a través de la quincha del cuarto, o que nos tomaran presos. Solo Marín estaba tranquilo como en el cuartel. Poco rato después se sintió cerca de la puerta ruido de armas. Nuestro centinela la entreabrió y dijo:
–En vano me hacen sonar los cencerros; no me dan susto. Tengo bastante para todos con mi revólver y mi puñal–y volvió a atrancar la puerta.
Como sabíamos que era inútil recomendarle prudencia, nos resignamos a esperar el resultado de tanta audacia. Como a la media hora se sintieron fuertes golpes en la puerta. Marín preguntó:
–¿Qué gallinazo es el que golpea?
–Abra usted inmediatamente; porque si no, echo la puerta abajo.
–Que guapo ha salido, ¿Quién es este gallinazo tan valiente?
–Si usted no abre al momento, hago incendiar la casa.
Abrimos la puerta y entonces supimos que el que golpeaba era nada menos que la autoridad del lugar. Nos dirigió diversas preguntas y por último nos intimó prisión. Resistir era imposible, desde que estábamos desarmados. No dejamos de advertirle sin embargo, que las consecuencias del paso que daba corrían sobre él y sobre todos los habitantes del pueblo.
Un italiano llamado Francisco Rieta, que se encontraba presente, sabedor que las avanzadas chilenas estaban cerca, rogó al alcalde que no nos tomara presos, o atentara contra nuestras vidas, porque los chilenos vendrían pronto al pueblo y tomarían venganza del agravio hecho a sus compatriotas. El alcalde se quedó pensativo y al cabo de un momento dijo a Rieta:
–Está bien, lléveselo usted; pero usted será responsable de las bribonadas que hagan.
Nos fuimos a la casa del italiano. Durante el camino, Marín entonaba a gritos:
“Cantemos la gloria, del triunfo marcial que el pueblo chileno obtuvo en Yungay”
Unos cuantos cholos nos seguían con ademanes amenazadores. El pobre italiano, que tenía un miedo enorme, nos atendió y sirvió en su casa dándonos una regular comida y un vinillo no despreciable.
En seguida abandonamos el lugar, al compás de la canción de Yungay cantada a grandes gritos por Marín. Al pasar frente a la casa del alcalde, el alegre e incorregible soldado, se cuadró e hizo la venia al peruano que no pudo contener una carcajada. Tomamos la dirección de Tana, donde se decía que estaba la caballería chilena. Cerca de Chiza nos alcanzó un chileno mandado por Rieta, a quien tanto le debemos. Este compatriota se llamaba Francisco Vergara y habitaba el pueblecito que acabábamos de abandonar desde hacía muchos años. Con él seguimos nuestra marcha hasta Zúcar. Anduvimos toda la noche, y en la tarde del siguiente llegamos a Tana. En este lugarcito descansamos poco tiempo.
Antes de salir de la pequeña aldea, Marín se dirigió a un rancho donde habían varias mujeres bolivianas y un muchacho, y les dijo:
–Bien las podía degollar a todas ustedes, pero no lo hago. Necesito prontito me den un correo de buenas piernas que lleve una carta al jefe de la avanzada chilena.
El muchacho no quería presentarse a la avanzada por temor a los soldados; pero nosotros le aseguramos que, lejos de recibir daño, sería recompensado. Listo el boliviano, me dijo Marín:
–Escriba el parte, pues, mi sargento, anunciando nuestra llegada, mientras yo hago un fusil para mandarlo conforme a ordenanza.
En efecto, buscó un palo, le rajó la punta, y metió el papel que contenía el aviso de nuestra llegada; hizo que el boliviano tomara el fusil al brazo y que partiera. Detrás marchábamos nosotros. El boliviano corría como un gamo y pronto le perdimos de vista.
Algunas horas después divisamos una polvareda a lo lejos: era la avanzada chilena que venía a nuestro encuentro, dirigida por el capitán García. Había sucedido lo siguiente:
El boliviano, con el fusil al hombro, corrió hasta encontrar nuestra caballería; comunicó al capitán que venían tres chilenos fugados del campamento enemigo y le entregó nuestra carta. El capitán García se negó a creer que esto fuera efectivo y, temiendo que fuera una celada del enemigo, ordenó a sus soldados que tomasen a la grupa al boliviano, previniéndoles que lo ultimaran si sus temores llegaban a confirmarse.
Marín, que a toda carrera y loco de gusto se había adelantado a encontrar la caballería, fue recibido por el capitán García que lloraba de emoción.
–Capitán, capitán, le dijo Marín al verle, bájese un momentito; y en el acto, tomando la estribera, se trepó sobre el caballo y empezó a correr y a revolverlo en todas direcciones.
El capitán hizo que al instante partieran algunos soldados para encontrar a San Martín y a mí que nos habíamos quedado atrás. ¡Qué momento tan feliz! Verme a salvo entre mis compañeros después de tantos peligros y sacrificios; estar bajo mi bandera; volver a ver a mi padre y a mi querido general; eran emociones tan agradables que me embargaban y no me permitían hablar.
Al otro día, montados en buenos caballos, llegamos a Tiliviche y de aquí a Dolores. En el camino me había impuesto de todo, y supe que mi querido padre se encontraba herido y me lloraba por muerto. Inmediatamente fui en su busca a la ambulancia. El inolvidable doctor Ramos, le previno mi regreso para minorar la fuerte impresión que fue a recibir. Un momento después era completamente feliz, estrechándolo entre mis brazos.
En seguida fui a ver a mi general, acompañado de Marín y San Martín, y le narré lo que acabo de referir en desorden y sin ninguna pretensión. El supremo gobierno ha tenido a bien premiar mis servicios con el grado de subteniente del bravo regimiento 2º de Línea. Vuelvo, pues, a la guerra, a pelear por mi patria querida bajo las órdenes de mi bizarro general Escala, y vuelvo tranquilo porque dejo a mi padre convaleciente de sus heridas y rodeado del cariño y el respeto que merece.
Santiago, marzo 5 de 1880. – Manuel Necochea.”