martes, 16 de mayo de 2017

"TESTIMONIO DE UN SOBREVIVIENTE"

Cuando comenzaron a llegar los primeros cables con noticias del Combate Naval de Iquique, la información, en Valparaíso y Santiago, no se manejaba con exactitud. Los únicos que algo habían visto eran los barcos extranjeros y el Lamar, que se encontraban observando los sucesos que acontecían en la rada de Iquique. Los sobrevivientes de la "Esmeralda" que se hayaban prisioneros, recibieron permiso para poder escribir a Chile, a sus seres queridos, acerca de las experiencias que vivieron en tan memorable fecha. De estas cartas podemos extraer los relatos de lo que con exactitud ocurrió.
Uno de esos sobrevivientes fue el Teniente Francisco 2° Sánchez Alvaradejo:
Nacido en Ancud el 4 de octubre de 1851, Francisco Sánchez ingresa a la Escuela Naval de Valparaíso en 1862, ya que su familia se había trasladado a esa ciudad.
Participó en la guerra contra España en el Combate Naval de Abtao como guardiamarina a bordo de la goleta "Covadonga".
Durante las campañas de la Araucanía lo vemos como miembro de la tripulación del vapor "Ancud".
En el año 1870 Sánchez es trasbordado a la corbeta "O'Higgins" y participa de un viaje de instrucción de cadetes de la Escuela Naval y aprendices de grumete a la Isla de Pascua.
En febrero de 1879, siendo teniente, es nombrado oficial instructor de artillería de la corbeta "Esmeralda", siendole asignada la batería de estribor, que tuvo como misión contrarestar el ataque recibido desde tierra aquel 21 de mayo.
Como todos los tripulantes de nuestra querida y añorada mancarrona, Sánchez no abandonó su puesto hasta el fin y luchó junto a sus compañeros valerosamente.
Fue rescatado de las aguas y hecho prisionero y es en este estado que en junio de 1879 escribe una carta a su hermano contando los hechos que acontecieron aquella mañana en que la "Esmeralda" se hundió para siempre. En ellos el teniente aclara los puntos que la prensa desconocía:
Extracto:
"Como estamos completamente incomunicados, rodeados de centinelas, solo hemos podido obtener mui pocas noticias respecto a la opinión de la prensa chilena. Por una casualidad, entre la ropa que mandábamos comprar, nos llegó un pedazo del Mercurio del 30 i nos sorprendió que en nuestra patria crean que la Esmeralda sucumbió en el momento que nuestro comandante Prat pasó a la cubierta del Huáscar con el sarjento de la guarnición Juan de Dios Aldea, que fué el único que alcanzó a acompañarle, cayendo herido con siete balazos.
El valiente comandante Prat abordó al enemigo en el primer espolonazo que tuvo lugar, mas o menos, a las 11:00 A.M. i nuestro buque desapareció de la superficie a la 1 1/2 P. M.
Se deduce de aquí que nos hemos batido sin nuestro comandante con poca diferencia dos hora.
Cuando recibimos el primer choque, habíamos perdido poca jente, i el Huáscar se retiró con tanta precipitación que a pesar que lo recibimos en la aleta de la guardia de bandera formada en la toldilla, precisamente en el lugar del espolonazo, solo uno, que fué el sarjento, alcanzó a saltar. Muchos dirán ¿cómo es que no se tomó alguna providencia para asegurar el abordaje? En la guerra marítima el combate con espolón era casi desconocido.
En esos supremos momentos toda la jente estaba en sus puestos de combate. Nuestra artillería sostenía un fuego nutrido i era mayor la excitación del combate a medida que avanzaba el enemigo. Por otra parte, los tiros de fusilería ayudados de los rifleros de las cofas, agregados a los disparos de los cañones del enemigo i sus ametralladoras, formaban un conjunto aterrador. En medio de ese inmenso eco del combate, de los gritos de los heridos, etc., nuestro comandante tuvo la inspiración de abordarlo, i acto continuo dio la voz de «al abordaje,» voz que no fué oída sino por los que estaban mui cercanos.
La pérdida del comandante produjo en la tripulación una profunda impresión. La idea de la venganza se apoderó de todos i cada uno quiso ser un héroe para imitar su ejemplo.
Valor inútil: nada podíamos hacer sino esperar la muerte con resignación. En efecto, momentos después de este primer choque, el Huáscar a toca penoles nos arrojaba su gruesa artillería, i las bajas en nuestra jente se sucedían con suma rapidez. Envidia nos daba ver caer muerta nuestra jente. Los sufrimientos para éstos habian terminado. Desgraciados
eran los que caían heridos. Eran espantosos los gritos de estos infelices i no podia prestárseles ningún ausilio. El cuerpo médico era insuficiente para atender a tantos heridos, asi es que todo lo que se hacia con ellos era hacerlos a un lado para que no estorbaran a la artillería. Sabíamos que todos teníamos que morir momentos después.
Habia cadáveres que quedaban divididos i cauterizados. A cada momento se encontraban piernas i brazos que no se sabia de quienes eran. No creo que haya otros ejemplos de un combate tan horrible. El fuego continuaba con la misma viveza por ambas partes, i el enemigo a setecientos metros se preparaba para darnos la segunda embestida.
Muerto el capitán Prat, Uribe tomó su puesto i yo el de Uribe. Nos reunimos luego que fué posible con el teniente Serrano para conferenciar sobre la determinación que debíamos tomar, si echar a pique el buque para evitar derramar mas sangre, pues creo que no bajarían de 40 a 50 los muertos i heridos, o continuar combatiendo hasta sucumbir. Resuelto esto último, volvimos a nuestros puestos; pero yo quedé siempre en la batería por ser allí mas útiles mis servicios.
Era el instructor de la artillería i conocía la jente, i por consiguiente podia llenar las bajas con los individuos mas aptos para las vacantes que quedaban.
Era curioso lo que pasaba en mi imajinacion i creo que lo mismo sucedía a los otros. Del mismo modo que los trabajadores esperan los dias domingos para descansar, yo miraba con cierta satisfacción, que no sé cómo esplicarla, la segunda venida del enemigo. Sabia que un segundo espolonazo no podríamos resistirlo i de un solo golpe daria fin con todos i descansaríamos por consiguiente de presenciar tantas desgracias.
En el momento del segundo choque, veo a Serrano que se dirije a proa, i al acercarse me dice: "Amigo Sánchez,estamos", i continuó su camino. Grande fué mi sorpresa cuando lo veo saltar a la cubierta del Huáscar con diez a doce hombres que también murieron. Este es otro hecho que demuestra el arrojo hasta el sacrificio de Serrano i los que le acompañaban. Serrano fué mui valiente desde los primeros momentos del combate. Una serenidad admirable unida a un valor que dio a conocer a cada momento. Si el capitán Prat se ha inmortalizado por su valor, igual cosa debe acontecer con el amigo Serrano.
El enemigó se retiró hasta la distancia de seiscientos metros mas o menos. Concluimos de quemar los últimos cartuchos. La Santa Bárbara se inundó completamente, ahogándose los que se encontraban dentro. Solo el condestable alcanzó a salvarse por haber un momento antes subido al entrepuente. La máquina dejó de funcionar. El agua subió hasta los fuegos i concluyó el vapor. En las mesas de la sala de amputación, que era la antecámara de guardias marinas, habian muchos heridos de gravedad. De los encargados de los pasajes de balas, granadas i los de pólvora, muchos habian sucumbido. Desde este momento nada nos restaba que hacer. Un silencio profundo reinaba a bordo i solo era interrumpido por los disparos de algunos rifleros i los lastimeros quejidos de los heridos. Nos cruzamos de brazos i esperamos.
Yo me subí a la toldilla i me junté con Uribe i otros compañeros. El enemigo pone su proa a nosotros á la una i media, mas o menos. En estos momentos se ve salir humo por la escotilla de la cámara de guardiamarinas. Una granada, penetrando por la botica, puso fin a la existencia de los injenieros Mutilla, Manterola, Gutiérrez, dos mecánicos, dos carpinteros, el sangrador i varios otros i concluyó con los heridos.
Luego que vimos con la fuerza que venia el enemigo, nos desnudamos i en este estado me bajé a esperar en el cañón sétimo estribor. Otra granada destrozó la rueda del timón i cuanto encontró por delante, muriendo todos los que habian cerca i especialmente los del timón.
Esta vez me escapé mui bien, estando tan sumamente cerca. Todavía tenia que bañarme. El cabo Cortés tomó la corneta, pues su dueño habia muerto, i tocó a degüello en los momentos que se habría el buque i desaparecía de la superficie. El último disparo ordenado por mí lo quemó el guardiamarina Riquelme. Riquelme se hizo notable por su valor i entusiasmo. No se movió un momento de los cañones i cuando encontraba a algún marino algo decaído, lo entusiasmaba i le hacia consentir que teníamos muchas esperanzas de triunfar.
Una vez en el Huáscar, nos pusieron en la cámara del comandante. Nos dieron un poco de licor i media hora después estaba vestido con una camisa blanca, una cotona i un pantalón de marinero.
El buque salió i no supimos a donde.
Dos dias después calculamos, cuando tuvimos noticias de la pérdida de la Independencia, que la salida tuvo por objeto, recojer los náufragos de dicho buque. Serian las seis i media cuando fuimos desembarcados. Al salir de a bordo nos dieron un par de zapatos. Sombrero no nos dieron por no haber a bordo. El frío i el hambre nos atormentaban.
En el trayecto del muelle a la prefectura no hubo nada de notable, a no ser algunas hostiles demostraciones del populacho, que es difícil evitar. Una vez en el salón de la prefectura, fuimos felicitados por los jefes del ejército. Todos admiraban el heroismo de la Esmeralda i lo hacian con sinceridad.
El jefe del ejército nos dijo: «Ustedes no son prisioneros, ustedes son náufragos. El valor de ustedes no tiene ejemplo en la historia de las guerras marítimas. Si ha habido un caso igual, estoi cierto que no hai quien lo sobrepuje, etc.»
Al dia siguiente fuimos visitados por el jeneral Canseco i este jefe se enterneció cuando nos hablaba, alabando nuestra conducta, estas visitas continuaron por algunos dias.
Hace tres dias que se nos entregó un terno de ropa que nos mandaron hacer. Ya nos habíamos familiarizado con el traje de marinero i hará solo diez o doce dias que usamos ropa interior, por no haber en la población.
Hoi puedo decir, sin temor de equivocarme, que las pocas comodidades que tenemos, las debemos puramente al jeneral Buendia.
Estos dos caballeros se han conducido mui bien con nosotros i les estamos mui agradecidos. El señor Velarde continuamente viene a visitarnos i a ofrecernos lo que necesitemos.
El jeneral Buendia, también, cada vez que puede, viene a vernos con el coronel Velarde.
¿I qué se dice por allá de nuestro rescate? ¿Podemos tener esperanzas de alcanzarlo pronto? La inmovilización en que nos encontramos i el no poder continuar siendo útiles a la patria, nos atormenta..."
En el mes de Julio, aun siendo prisionero Sánchez es ascendido a Capitán de Corbeta y vuelve a Chile en enero de 1880, luego del canje de prisioneros, pero nuestro héroe aún debía servir a la patria y se embarcó como segundo comandante de la Pilcomayo y luego es trasbordado a la corbeta Chacabuco, participando en el apoyo que dio la Armada en las batallas de Chorrillos y Miraflores, en los bloqueos de varios puertos peruanos y en la toma de El Callao. En el año 1883 es ascendido a Capitán de Fragata. Luego de una prolífica carrera en la Armada fallece en el año 1907, por una peritonitis.
El héroe de Ancud, poco conocido y por lo tanto nunca mencionado tiene su lugar en la historia de Chile. Sus restos mortales fueron trasladados desde Santiago a la "Cripta Heróica" el 10 de Octubre de 1985:
Fuente: "La Dotación Inmortal" y "El Boletín de la Guerra del Pacífico".


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