martes, 25 de abril de 2017

"LA PARTIDA NOCTURNA"

El jóven Subteniente Arturo Benavides Santos escribió, ya mayor, sus memorias de la Guerra del Pacífico. En ellas relata los episodios que le tocó vivir desde la declaración de guerra a los países del Norte, hasta su regreso a Chile, luego de haber recorrido el Perú hasta la Sierra. 
En esta ocación recordaremos un episodio memorable que cuenta en su libro "Seis Años de Vacaciones", y precisamente se llevó a cabo durante la Expedición del Canto, en la breña peruana.
Recordaremos que este tipo de expedición fue para detener al Coronel Andrés Avelino Cáceres, que huyó luego de la toma de Lima y se dirigió en busca de apoyo de los indios que habitaban la breña. Sin embargo nuestro malogrado ejército, pese a su coraje y entrega se llenaba cada día de más enfermos, que no se podía curar ya fuera por el mortal soroche o la falta de alimentos y medicinas; y además de encontrarse desprovisto de alimentos, vestuario y otras necesidades, hay que sumar que debían cargar a los enfermos debido a su crítico estado. Por lo tanto no se encontraba en la posición de dejarse atacar y no poder defenderse.
Leamos pues, este capítulo en el que nuestros sufridos rotos tuvieron que mostrar la templanza para alcanzar la meta:

"Al dia siguiente se hicieron aprestos para pasar en Tarma varios dias. Se decia que sólo se mandaría a los enfermos a Lima, bien custodiados por uno de los batallanes de la división, el cual regresaria a Tarma o quedaría en Chicla.
Otros rumores eran de que iban a llegar refuerzos, que se estableceria el cuartel general en Tarma y que después de descansar algunos dias con uniforme y calzado nuevos, se limpiaria de montoneros toda la región. Se decia tarnbién que el 3°de linea que guarnecía Cerro de Pasco, habia sido aniquilado, y otros afirmaban lo contrario y que de un momento a otro llegaria a juntarse con el grueso de la división.
De tantos rumores lo que sacabamos en limpio era que sólo el coronel del Canto y tal vez los jefes de cuerpos sabian la verdad y se la reservaban; pero que era cosa resuelta permanecer en Tarma varios días a lo menos.
Y bajo esta creencia se procedía.
Cada cual procuraba aconodar su alojamiento lo mejor posible; muchos remendaban su uniforme, otros componían o hacían nuevas ojotas, y todos pensaban proveerse de algunos comestibles extras.
Tras muchos afanes y trajines yo conseguí bañarme y ponerme ropa interior limpia. ¡Fue una delicia!...¡No me había desnudado ni sacado las botas desde el día 7 en Huancayo!...¡Y como yo todos!...
Reposaba la noche del lunes 17 , dispuesto para un largo sueño, acostado descalzo, lo que no hacía desde Huancayo, cuando el cabo de cuartel me despierta y dice que el Coronel Robles me llamaba. Acudo presuroso y encontré, o llegaron momentos después, los comandantes de compañías.
-"Sin toques de corneta y guardando el mayor silencio, nos dice el coronel, preparen sus compañías para salir dentro de una hora. Deben llevar a sus enfermos y todo el equipo. La marcha y todas las órdenes deben transmitirse a la voz y evitando gritos y carreras."-
El batallón desfiló después de la media noche en silenciosa marcha. En voz baja se hacían conjeturas sobre el significado de la nocturna y silenciosa partida. Creían algunos que el Coronel del Canto intentaba algún golpe de sorpresa a los montoneros, y replicaban otros que no, que se había elegido al Lautaro para llevar a los enfermos a Chicla; y pensaban algunos que nos mandarían hasta Lima, y otros exclamaban "qué esperanza, al Lautaro no lo dejan sin formar parte de la expedición de que se hablaba en Tarma, por ser el cuerpo más andador, más subordinado y de más empuje." "De más ñeque", rectificó el soldado que se quejaba en Tarma-Tambo de no tener dinamita.
Pero la verdad era otra.
Salimos de Tarma y nos irternamos por una angosta quebrada formada por altísimos cerros, en parte como cortados a pique.
Una espesa neblina sólo permitsa ver a corta distancia.
Como el frío era muy intenso me cubrí las piernas con una frazada, pedí a un soldado que me la acomodara bien para que no se corriera y subí el cuello y capucha del poncho de castilla.
Cuando comenzó a aclarar pudimos darnos cuenta del paraje por donde marchabamos...
No creo exagerar al decir que los cerros serían de 300 o más metros de altura, y tan pendientes que en partes parecían gigantescas y deterioradas murallas, colocadas en forma irregular para con ellas delinear una dilatada avenida de cuarenta a cincuenta metros de ancho y en ciertas partes,a lo más, de cien metros.
El largo trecho que abarcaba el batallón desfilando por esa quebrada, llevando todos los vistosos ponchos que teníamos, única prenda sin roturas ni remiendos, presentaba el más bellos y pintoresco aspecto, cuando al amanecer pudimos ver el paraje por donde ibamos.
Al venir el día, los montoneros nos descubrieron y nos dejaron caer de las alturas grandes piedras, que al rodar desprendían multitud de otras más pequeñas. A esas máquinas de guerra los indios les daban el nombre de "galgas". Afortunadamente no nos hicieron grandes daños, salvo contusiones sin importancia, que por cierto no hicieron gracia a los que las recibieron.
Poco después salimos de esa quebrada y como al mediodía llegamos a un lugarejo denominado Mollobamba, abandonado, como todos entonces, por sus moradores.
"¿Se comía algo?" probablemente, pensarán algunos.
Lo que cada cual pudo...muy poco...y los enfermos nada.
En ese paraje supimos que toda la división había salido de Tarma, dándole a cada batallón hora diferente para emprender la marcha a fin de evitar confusiones.
Salió de Tarma toda la división en esa forma porque se supo que el ejército de Cáceres quería atacarnos sorpresivamente, y esa ciudad era para nosotros como una ratonera sin salida. Para efectuarla había que burlar al gato, y lo burlamos.
Y continuó la penosa marcha..."

En la imagen idealizamos lo que pudo haber sido la marcha de nuestras fuerzas por la sierra peruana.