jueves, 16 de marzo de 2017

"EN BUSCA DEL CORONEL LYNCH..."

Siempre el soldado chileno tuvo la oportunidad de dar muestras de obediencia y disciplina al deber encomendado; a veces en el intento de la aplicación de esta disciplina ocurrieron algunas anécdotas y situaciones que dejaron al descubierto la viveza y chispa del roto chileno.
El siguiente relato es una mezcla de ambas cosas, de cómo para cumplir una órden del Estado Mayor, se hubo de utilizar el ingenio de nuestros soldados.
Una vez que se hubo  inspeccionado la costa del Perú y organizado al Ejército del Norte para la Campaña de Lima, se dispusieron todas las embarcaciones que transportarían a nuestros soldados hasta Lurín, cuya playa, Curayaco, sería el punto de desembarco.
Todo listo y dispuesto el convoy parte en dirección a una de las etapas postreras de las batallas que esperan al Ejército de Chile, antes de entrar a la ciudad de los Virreyes, pero parte de estos bravos va por tierra y es que la I Brigada de la 2a División, al mando del Coronel Lynch, debe llegar a Chilca, con toda la artillería y caballería de la División. La II Brigada embarca en Pisco.
Al detenerse el convoy en el puerto de Chilca, no sin antes haber sido inspeccionado para no encontrar guarniciones enemigas, el General Baquedano, impaciente busca al Coronel con sus anteojos sin encontrarlo. Es en estas instancias que toma una desición. Enviará por él, y a quién mejor que a nuestros Cazadores a Caballo. La situación se narra de la siguiente manera:
"...Impaciente por la tardanza, envía un ayudante a Cazadores a pedir al comandante el oficial más alentado del regimiento.
Poco después llega el alférez don Agustín Almarza, que se cuadra ante el General.
Baquedano no hace discursos; va derecho al grano.
Alférez, le dice, toma usted veinte y cinco hombres, desembarca, parte al sur, encuentra a Lynch y le entrega esta nota.
Bien, mi General, responde Almarza. Saluda, da frente a retaguardia y parte.
Oiga, alférez, agrega el general. El coronel Sevilla anda por ahí con su regimiento Húsares del Rimac...
Bien mi General.
Y este regimiento tiene 460 plazas fuera de la infantería montada y algunas tropas sueltas.
Muy bien, mi general. Almarza saluda y se va.
El ejército entero presencia el desembarco del piquete. Los Cazadores ensillan, cabalgan, saludan con los kepís al aire y parten tierra adentro. Un hurra vigoroso, escapado de todos los buques, aclama a esos esforzados jinetes, que pronto se desvanecerán en los arenales del horizonte.
Una vez en la pampa, Almarza instruye a su tropa de la honrosa comisión que llevan, y les exhorta a cumplirla debidamente. Si hay que batirse, nadie mire atrás; seguir adelante hasta encontrar al coronel Lynch es la consigna. Con uno que llegue, basta.
Entre la tropa lleva un mocetón de apellido Reyes, que desde niño residió con sus padres en el Callao, hasta que la guerra les hizo volver a la patria. Se enroló en Antofagasta.
Imitaba admirablemente a los peruanos, en el acento, en los giros, en el modo. Los cuerpos lo pedían prestado para hacer el papel de cholo en las funciones teatrales.
Almarza lo comisiona para interrogar a los paisanos, y entenderse con los montoneros que se topen por el camino. Nadie más habla; sabido es que en cuanto abre la boca, el chileno denuncia su nacionalidad. El piquete pertenece al regimiento Libres de Trujillo, que lleva despachos para el coronel Sevilla, le enseña su alférez.
Almarza pasa en la noche por el pueblo de Chilca, donde Reyes se informa del camino, y obtiene algunas botellas de fuerte para combatir el frío de la noche. Al amanecer del 22, atraviesan por la Rinconada, pueblecito en donde pernocta una montonera de Cañete. Don Reyes se da a conocer a varios soldados francos, que le informan del camino.
El piquete descansa en un bosque, con agua y pasto, durante la siesta del 22. En la tarde alcanza el pueblo de San Antonio, donde hay un destacamento. El centinela grita el quien vive, se adelanta don Reyes, da las explicaciones de la comisión, y mientras dicho centinela llama al cabo y se forma la guardia, el piquete pasa, perseguido por los tiros de Peabody, que alcanzan cerca de 2.000 metros, hasta meterse en los bosques del río San Antonio.
Entrada la noche penetran al pueblo de Mala, infestado de montoneros y cuartel de la infantería montada. Cruzan el callejón; don Reyes va adelante gritando, somos los Libres de Trujillo, llevamos despachos del Presidente Piérola, puis, ¡viva el coronel Sevilla, puis! ¡vivan los Húsares del Rimac! ¡No me baleen, compañeritos!...
La guarnición se atolondra; los invasores vienen del sur y el piquete del norte; los Libres de Trujillo es un regimiento peruano; dan vivas al coronel Sevilla y aclaman a los Húsares.
Pronto cesa el estupor; silban las balas; pero los Cazadores van ya lejos. Salidos del pueblo, toman el compás de marcha, para no cansar los caballos, en una dilatada pampa que se extiende al frente
Como a la 1 P. M., divisan una gran fuerza de caballería, cuya descubierta se repliega al grueso a galope corto.
Son los Húsares del Rimac, del coronel Sevilla.
El regimiento avanza las alas para rebasar el piquete y meterlo en un embudo. Almarza reúne a su gente, “Cazadores, les dice, el regimiento no puede recibir una mancha de nosotros. El ejército está en peligro y debemos salvarlo. Ante todo, la Patria. Vamos a cargar; el que pase, siga al sur a buscar al coronel Lynch”. Y luego ordena: Cazadores, por cuatro a la derecha; saquen el sable, al trote!... ¡al galope! ¡a la carga!...
Los cazadores parten como el rayo, al grito de ¡Viva Chile! Con el estruendoso chivateo de la tierra araucana. Un jinete se desprende de las filas contrarias. Alto, Cazadores, grita. Somos los Granaderos, ¡Granaderos! ¡Granaderos! Repite el regimiento. Era tiempo. Alcanzaron a toparse.
Lynch envía los Granaderos a vanguardia, y en la tarde coronan las alturas de Chilca.
La primera Orden General dada en Lurín a la llegada de Lynch, dice así: “Dada la conducta del alférez don Agustín Almarza, de Cazadores a caballo, y no obstante no haber vacante en el cuerpo, se le nombra teniente agregado hasta que obtenga su empleo de planta”.

Las Cuatro Campañas de la Guerra del Pacífico Tomo III
Francisco A. Machuca

La fotografía muestra a un piquete de Cazadores a Caballo en las cercanías de Surco, en 1881

1 comentario:

  1. Muy entretenido, no conocía tu blog Ingrid y ahora, seré un lector más, saludos.

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