jueves, 30 de marzo de 2017

"EL GRINGO SOUPER"

Nuestros homenajes a los valerosos chilenos, hombres de armas que lucharon en la gesta del Pacífico, incluye tanto a la oficialidad como al soldado de tropa, al soldado de norte a sur de la patria y de todos los estratos sociales.
En esta ocación recordaremos a uno de aquellos que sin mayor interés que la de agradecimiento a la hospitalidad de esta nación, hicieron de ella su segunda patria y nacionalidad. Nos referimos a los extranjeros en Chile y especialmente aquellos que tomaron las armas para defender este país.
Hoy les traemos algo de la vida del Teniente Coronel Roberto Souper Howard, nacido en el año 1818 en el puerto de Harwich, Inglaterra, y llegado a Chile en el año 1843.
Souper se instaló como administrador de la hacienda Zemita en San Carlos, y vivió gran parte de su vida en la antigua Región del Ñuble, hoy Bío Bío, como agricultor, y explorador de aquella zona, de la cual hizo mapas geográficos para la época.
Souper se casó en Talca, con doña Manuela Guzmán y Cruz y al poco tiempo compró tierras en San Rafael, donde residió definitivamente.
Su nacionalidad británica no le impidió ser uno de los extranjeros más chilenizados que se haya conocido en la época, al parecer la vida del campo le gustó tanto como para radicarse, pero aún así nunca hizo los papeleos de nacionalidad chilena, cosa que no le fue un impedimento en sus relaciones con los chilenos.
Souper participó de la Guerra Civil de 1851, luego de la cual fue subdelegado de Pelarco. Teniendo a su mando una partida de huasos animosos y resueltos inició una seguidilla de persecuciones a bandidos y salteadores que acosaban la zona en los años posteriores a la revolución. Su jurisdicción se hizo famosa por la astucia con la que persiguió y apresó a gran cantidad de estos delincuentes.
En 1858 viaja a Santiago, donde nuevamente se alzaba una revolución política de la cual fue nuevamente partícipe, pero esta vez fue exiliado y vivió en el Perú por dos años.
A su vuelta del exilio encontró a su familia en mal estado económico, pero su fortaleza y entusiasmo era tal que pensaba en nuevos emprendimientos para levantar las arcas familiares, sin mejores resultados, debido a su personalidad inquieta y entusiasta. Es así que en 1864 lo encuentra la Guerra contra España y Souper, esta vez con el Capitán de Navío Patricio Lynch van al Perú en apoyo de estos acontecimientos.
En 1865 se traslada a Chiloé en ayuda del archipiélago que se veía amenazado.
Su salud se vio mermada por tantas aventuras y heridas de guerra; desde 1859 le aquejaba un reumatismo que mortificaba su ánimo y desde 1863 un aneurisma al corazón que lo amenazaba en todo momento.
Es en esta situación que lo encuentra la Guerra del Pacífico, a la que no pudo negarse ir en defensa de la patria que lo había adoptado como hijo. Envió a sus hijos Roberto y Carlos a enrolarse en el ejército. Uno de ellos en la infantería y el otro en la caballería. Roberto Souper se ofreció para ser ayudante de cualquiera de los jefes, cosa que obtuvo a pesar de sus limitaciones. Souper fue uno de esos hombres aguerridos que, aúnque su edad y enfermedades no le acompañaban, fue capáz de dominar sus dolencias y levantarse en pro de una causa justa. Fue así que sirvió tanto en mar como tierra, desde Angamos hasta Chorrillos, que le vio caer.
Como un jóven inglés lleno de vida, Roberto Souper participó en la gesta del Pacífico siempre dispuesto a obedecer una orden y a cooperar en todo lo que se le pidiera. Entusiasta subió los cerros de Chorrillos junto a la tropa para caer definitivamente de su caballo, herido de gravedad.
En su lecho de muerte mandó llamar a su caballo "Pedro José" y se despidió de él con estas palabras: «Pedro José, aquí tienes a tu amo que va camino de la muerte por un solo balazo; tú, con cinco, estás tan fresco..."

Su biógrafo y amigo íntimo, Diego Barros Arana, le dedico el siguiente epitafio:
"ROBERTO SOUPER
1818-1881
Inglés por nacimiento, chileno por el amor
Murió como héroe al defender el honor de Chile"
Fuente:
Apuntes Para la Biografía del Coronel Souper
Diego Barros Arana

jueves, 16 de marzo de 2017

"EN BUSCA DEL CORONEL LYNCH..."

Siempre el soldado chileno tuvo la oportunidad de dar muestras de obediencia y disciplina al deber encomendado; a veces en el intento de la aplicación de esta disciplina ocurrieron algunas anécdotas y situaciones que dejaron al descubierto la viveza y chispa del roto chileno.
El siguiente relato es una mezcla de ambas cosas, de cómo para cumplir una órden del Estado Mayor, se hubo de utilizar el ingenio de nuestros soldados.
Una vez que se hubo  inspeccionado la costa del Perú y organizado al Ejército del Norte para la Campaña de Lima, se dispusieron todas las embarcaciones que transportarían a nuestros soldados hasta Lurín, cuya playa, Curayaco, sería el punto de desembarco.
Todo listo y dispuesto el convoy parte en dirección a una de las etapas postreras de las batallas que esperan al Ejército de Chile, antes de entrar a la ciudad de los Virreyes, pero parte de estos bravos va por tierra y es que la I Brigada de la 2a División, al mando del Coronel Lynch, debe llegar a Chilca, con toda la artillería y caballería de la División. La II Brigada embarca en Pisco.
Al detenerse el convoy en el puerto de Chilca, no sin antes haber sido inspeccionado para no encontrar guarniciones enemigas, el General Baquedano, impaciente busca al Coronel con sus anteojos sin encontrarlo. Es en estas instancias que toma una desición. Enviará por él, y a quién mejor que a nuestros Cazadores a Caballo. La situación se narra de la siguiente manera:
"...Impaciente por la tardanza, envía un ayudante a Cazadores a pedir al comandante el oficial más alentado del regimiento.
Poco después llega el alférez don Agustín Almarza, que se cuadra ante el General.
Baquedano no hace discursos; va derecho al grano.
Alférez, le dice, toma usted veinte y cinco hombres, desembarca, parte al sur, encuentra a Lynch y le entrega esta nota.
Bien, mi General, responde Almarza. Saluda, da frente a retaguardia y parte.
Oiga, alférez, agrega el general. El coronel Sevilla anda por ahí con su regimiento Húsares del Rimac...
Bien mi General.
Y este regimiento tiene 460 plazas fuera de la infantería montada y algunas tropas sueltas.
Muy bien, mi general. Almarza saluda y se va.
El ejército entero presencia el desembarco del piquete. Los Cazadores ensillan, cabalgan, saludan con los kepís al aire y parten tierra adentro. Un hurra vigoroso, escapado de todos los buques, aclama a esos esforzados jinetes, que pronto se desvanecerán en los arenales del horizonte.
Una vez en la pampa, Almarza instruye a su tropa de la honrosa comisión que llevan, y les exhorta a cumplirla debidamente. Si hay que batirse, nadie mire atrás; seguir adelante hasta encontrar al coronel Lynch es la consigna. Con uno que llegue, basta.
Entre la tropa lleva un mocetón de apellido Reyes, que desde niño residió con sus padres en el Callao, hasta que la guerra les hizo volver a la patria. Se enroló en Antofagasta.
Imitaba admirablemente a los peruanos, en el acento, en los giros, en el modo. Los cuerpos lo pedían prestado para hacer el papel de cholo en las funciones teatrales.
Almarza lo comisiona para interrogar a los paisanos, y entenderse con los montoneros que se topen por el camino. Nadie más habla; sabido es que en cuanto abre la boca, el chileno denuncia su nacionalidad. El piquete pertenece al regimiento Libres de Trujillo, que lleva despachos para el coronel Sevilla, le enseña su alférez.
Almarza pasa en la noche por el pueblo de Chilca, donde Reyes se informa del camino, y obtiene algunas botellas de fuerte para combatir el frío de la noche. Al amanecer del 22, atraviesan por la Rinconada, pueblecito en donde pernocta una montonera de Cañete. Don Reyes se da a conocer a varios soldados francos, que le informan del camino.
El piquete descansa en un bosque, con agua y pasto, durante la siesta del 22. En la tarde alcanza el pueblo de San Antonio, donde hay un destacamento. El centinela grita el quien vive, se adelanta don Reyes, da las explicaciones de la comisión, y mientras dicho centinela llama al cabo y se forma la guardia, el piquete pasa, perseguido por los tiros de Peabody, que alcanzan cerca de 2.000 metros, hasta meterse en los bosques del río San Antonio.
Entrada la noche penetran al pueblo de Mala, infestado de montoneros y cuartel de la infantería montada. Cruzan el callejón; don Reyes va adelante gritando, somos los Libres de Trujillo, llevamos despachos del Presidente Piérola, puis, ¡viva el coronel Sevilla, puis! ¡vivan los Húsares del Rimac! ¡No me baleen, compañeritos!...
La guarnición se atolondra; los invasores vienen del sur y el piquete del norte; los Libres de Trujillo es un regimiento peruano; dan vivas al coronel Sevilla y aclaman a los Húsares.
Pronto cesa el estupor; silban las balas; pero los Cazadores van ya lejos. Salidos del pueblo, toman el compás de marcha, para no cansar los caballos, en una dilatada pampa que se extiende al frente
Como a la 1 P. M., divisan una gran fuerza de caballería, cuya descubierta se repliega al grueso a galope corto.
Son los Húsares del Rimac, del coronel Sevilla.
El regimiento avanza las alas para rebasar el piquete y meterlo en un embudo. Almarza reúne a su gente, “Cazadores, les dice, el regimiento no puede recibir una mancha de nosotros. El ejército está en peligro y debemos salvarlo. Ante todo, la Patria. Vamos a cargar; el que pase, siga al sur a buscar al coronel Lynch”. Y luego ordena: Cazadores, por cuatro a la derecha; saquen el sable, al trote!... ¡al galope! ¡a la carga!...
Los cazadores parten como el rayo, al grito de ¡Viva Chile! Con el estruendoso chivateo de la tierra araucana. Un jinete se desprende de las filas contrarias. Alto, Cazadores, grita. Somos los Granaderos, ¡Granaderos! ¡Granaderos! Repite el regimiento. Era tiempo. Alcanzaron a toparse.
Lynch envía los Granaderos a vanguardia, y en la tarde coronan las alturas de Chilca.
La primera Orden General dada en Lurín a la llegada de Lynch, dice así: “Dada la conducta del alférez don Agustín Almarza, de Cazadores a caballo, y no obstante no haber vacante en el cuerpo, se le nombra teniente agregado hasta que obtenga su empleo de planta”.

Las Cuatro Campañas de la Guerra del Pacífico Tomo III
Francisco A. Machuca

La fotografía muestra a un piquete de Cazadores a Caballo en las cercanías de Surco, en 1881