martes, 28 de febrero de 2017

"EL COQUIMBO EN LA BATALLA DE CHORRILLOS"


En esta ocación les presentamos el parte oficial del "Coquimbo", y uno de sus jefes, don Artemón Arellano, quien describe los sucesos de aquella madrugada y mañana del 12 y 13 de Enero de 1881, en la Batalla de Chorrillos:
"REJIMIENTO COQUIMBO
Callao, Enero 22 de 1881
Señor:
Debiendo pasar el parte de la batalla de Chorrillos en lo concomiente a este cuerpo, por encontrarse heridos los jefes que lo mandaban, teniente coronel señor José María 2° Soto, i segundo, tercer jefes, señores Marcial Pinto Agüero i Luis Larrain Alcalde, en el de Miraflores, me limitaré a decir a V. S, que a las 6 P. M. del díaa 12 del corriente emprendió la marcha el rejimiento en unión del Batallón Melipilla, de su campamento de Lurin, para dirijirse por el camino de la playa a atacar al amanecer el ala derecha del enemigo, apoyado en los primeros cerros que se encuentran al Sur de Chorrillos.
La falta de conocimiento exacto de la distancia que debíamos de recorrer, las precauciones indispensables a fin de no ser descubiertos por avanzadas enemigas, i lo pesado de la marcha por esos médanos, retardaron un poco nuestra llegada al lugar en que debia empezar el ataque.
Sin embargo, aunque fuimos descubiertos a causa de que se rompieron los fuegos en la derecha de nuestra linea i el enemigo los rompia sobre nosotros con seis cañones que defendian aquel lugar, el soñor comandante Soto hizo desplegar a su frente 100 tiradores escojidos del Coquimbo, i sucesivamente se desplegaron las demás compañías de los dos cuerpos en guerrilla i se atacó con tanto ímpetu, que ántes de quince minutos quedaron abandonados los seis cañones que hacian fuego sobre nosotros.
El enemigo, en número do 1,700 hombres, mas o ménos, tomó los cerros del frente, i tuvimos la fortuna de desalojarlo en poco tiempo de los tres primeros,
A causa de la mucha elevación i pendiente del cuarto cerro, que servia como de último refujio al enemigo, en el que, además de sus trincheras tenia una buena ametralladora, se resolvió a esperar en la posición que teníamos hasta que el centro de nuestra línea pudiera flanquear a esas tropas peruanas, miéntras nosotros las atacábamos de frente.
Así se hizo, i con esto se consiguió dar algún descanso a nuestros soldados que, en el momento dado, atacaron como verdaderos chienos, logrando hacer mas de 200 prisioneros entre jefes, oficiales i tropa.
El señor comandante Soto fué herido al tiempo de dar el último ataque i cuando arengaba la tropa que él personalmente dirijia. Aunque la herida recibida por el señor comandante era bastante grave, tuvo fuerzas para ordenarnos marchar adelante, desatendiendo su persona, que su entusiasmo i patriotismo le hacian creer insignificante en ese momento.
Adjunto a V. S. listas nominales i por duplicado de los señores jefes, oficiales i tropa muertos i heridos en la batalla de Chorrillos.
Artemon Arellano.
Al señor Coronel Jefe de la Brigada"
En la ilustración vemos a uno de los jefes del Coquimbo, don Luis Larraín Alcalde que muere por heridas en esta acción.


"LA MUERTE EN LA GUERRA"

La muerte en una guerra es lo que acompaña al soldado que la sobrevive por el resto de sus días.
La muerte en una guerra alcanza a ambos bandos y es cruel con ambos bandos.
En un libro escrito por un soldado peruano que relata los acontecimientos del día 15 de enero de 1881 en Miraflores, hemos encontrado un breve momento en que el autor se encuentra, ya después de la fatídica batalla, junto a otros de sus compañeros, en la triste misión de sepultar a sus muertos, específicamente a un soldado con quien se encontró en la retirada y que estaba gravemente herido y a quien tuvo que dejar en el camino, prometiendose a sí mismo volver para darle sagrada sepultura.
En estas instancias la pequeña comitiva se encuentra con dos de nuestros soldados y describe lo que aconteció al encontrar a quien buscaban:
"A una cuadra o poco más del reducto, estaban los despojos que buscábamos; un arco de sangre señalaba en la tapia el sitio en el que lo recliné un momento, y la traza de su cuerpo al descenderlo para acostarlo. Ahí estaba, si; enormemente crecido, negro como los otros de la raza misteriosa, rechazándonos con sus manos crispadas, su aspecto hórrido y con sus emanaciones, el que antes nos atraía con su afecto; lleno de muerte el que contemplábamos lleno de vida.
Después de contemplarlo un momento profundamente emocionados, dimos principio a la fúnebre tarea de abrir la fosa; pero la tierra era dura, todos estabamos trastornados por el ambiente, y la tarea se hacia larga y pesada.
Dentro del potrero habían dado suelta a una caballada, sin duda con el objeto de que se refrescara; pues el alimento, si no se lo daban en pienso, no lo hallaría ahí ni aún cabando la tierra. Cuidaban los caballos dos soldados que al vernos se aproximaron, el uno directamente, el otro con disimulo. El primero, con fisonomia abierta y aspecto no antipático, después de saludar con un respeto verdaderamente chocante, dijo a mi tío:
"i Cuanta jente muere en la guierra pu ñor! -
Cuánta! contestó mi tio; cuántos huérfanos, cuántas viudas....
-Pero siquiera tienen el consuelo de enterrarlos, pu ñor, mientras que á los chilenos no los pueden recoger sus familias".
Si esto no lo hubiera dicho en tono de lamentación, hubiera sido el caso de contestarle lo que merecía. Un momento después, al ver que uno de mis primos dejaba la herramienta y se tiraba al suelo desvanecido, exclamó:
"- Mire, que no van a acabar nunca", y echando mano al azadón se puso a romper la tierra, recordando, sin duda, su oficio nativo de labrador.
Su compañero, entre tanto, se había aproximado y lo miraba al contrario de él, su osca fisonomía, que hacia más severa una barba negra e hirsuta, decía por si sola lo hostil de su carácter.
Mi tío al verlo se dirigió al primero, diciéndole:-Llame a su compañero para que le ayude,...., le daré una gratificación.-
Cuando ya tenía la fosa la profundidad necesaria, vimos que se aproximaba un oficial. El de la barba hirsuta dejó el azadón y se alejó: el otro continuó; mi tío le dijo: -¿No se molestará su jefe?...... -Por qué pu ñor, contestó; toos somos cristianos..."
Fuente: Batalla de Miraflores: Recuerdos de la Guerra con Chile (Memorias de un Distinguido) José T. Torres Lara
El dibujo que acompaña este relato es del oficial británico Rudolph de Lisle, quién luego de las batallas de Chorrillos y Miraflores se dedicó a observar los campos de batalla dejando un legado gráfico y claro de la muerte en la guerra, así como otros pasajes importantes de esta guerra.
En la imagen podemos ver el asalto al Reducto N° 2 de Miraflores.


domingo, 5 de febrero de 2017

"EN EL VALLE DE LURÍN"

Un resumen de lo que fue aquél verano de 1881, en el Valle de Lurín encontrado en el Album de Bisma Cuevas, que nos lleva a conocer detalles que nos son muy valiosos para entender cómo se guiaba nuestro ejército y cuáles eran los sentiminetos que allí se evocaron antes de entrar triunfantes a Lima:
"El 22 de Diciembre de 1880 desembarcaban en la caleta “Curayaco” la 2° y 3°. Divisiones del ejército de Chile que debían operar sobre la capital del Perú; conducidas desde Arica, en 27 transportes, convoyados por el grueso de nuestra Escuadra, á las que debía agregarse la 1° División dejada en Pisco.
El mismo día del desembarco se tomó posesión del fértil valle de Lurín, acampando nuestro ejército á lo largo de su extensa vega, desde la playa hasta las antiguas ruinas indígenas de Pachacamac.
El General en Jefe estableció su cuartel general en las propias casas de la valiosa hacienda de San Pedro de Lurín.
Al que suscribe, primer ayudante del Ministro de Guerra y Marina en campaña, le tocó preparar su alojamiento, haciendo armar al efecto unas ramadas, á la chilena, en un fresco sitio próximo al Cuartel General, al pie de corpulentas acacias y rodeadas de pequeños arbustos.
La fotografía que precede da ligera idea de la instalación del señor Ministro.
En ella figuran: en primer término, sentados, el señor Vergara, de dormán y gorra blancos, teniendo á su derecha á don Vicente Dávila Larraín, intendente general del ejército, y al comandante de Granaderos, don Tomás Yávar, muerto valerosamente, al frente de su regimiento, en la carga de Chorrillos, y á su izquierda á don Isidoro Errázuriz.
En segunda fila, de pie y de izquierda á derecha, el ayudante don Alberto Stuven, el comisario don Alfredo Christie, el comandante don Juan Martínez, glorioso jefe del glorioso regimiento Atacama; el capitán de fragata Luis Pomar y el de corbata don Javier Barahona. En seguida, cerca de la carpa de lona que se ve allí don Juan Gonzalo Matta, y en la puerta de ella el ayudante don Daniel Cuervo; al otro lado, el auditor de guerra don Adolfo Guerrero, acompañado del comandante don Waldo Díaz.
Después, más aislado, el popular caballero y hombre público, don Manuel J. Vicuña, y por último, entre un grupo de soldados, el activo comandante de bagajes, don Francisco Bascuñán.
Detrás de las casas de San Pedro, frente al alojamiento del Ministro, en un laberinto, semejando una pequeña ciudad, con su templo, en el que se reverenciaba al dios Buda, se albergaban no menos de dos mil chinos, trabajadores de la hacienda, los que se aumentaron con los reunidos por el famoso Quintín Quintana, en su tránsito de Ica á Laurín y quien organizó allí una curiosa fiesta, por el estilo de las de su país, haciéndose llevar en andas hasta el Cuartel General, donde pronunció larga arenga, manifestando la adhesión de sus paisanos al ejército de Chile, que los libertaba, según decía, de la opresión de los peruanos, y degollando un gallo, bebieron la sangre de éste como juramento de lealtad.
Y á fe que los asiáticos cumplieron fielmente su juramento durante la estadía de Lurin y en la marcha del ejército, prestando valiosos servicios en el acarreo de víveres y municiones, recogiendo los heridos y derribando tapias para dar paso á la caballería.
No fueron de inacción los 21 días de residencia en Lurin.
El Cuartel General, el Estado Mayor, el Ministro en campaña, los comandantes de Divisiones y Brigadas y los Jefes de los cuerpos del ejército rivalizaban en preparar los elementos para la próxima batalla.
Las noticias que se recibían sigilosamente de las fuerzas enemigas hacían á éstas cada vez más superiores. Se las calculaba en 46.000 combatientes atrincherados en dos líneas fortificadas al frente de Chorrillos y Miraflores, donde debían estrellarse nuestras huestes, que no excedían de la mitad de aquel número.
No obstante esta desproporción, el ambiente que se respiraba en nuestro campo, era la convicción íntima del triunfo completo de nuestras armas, viniendo á ser una frase familiar la de aplazar todo proyecto para cuando se llegara á Lima.
Durante este tiempo, se llevaron á cabo dos grandes reconocimientos sobre el enemigo.
El primero, practicado con fuerzas de las tres armas ante la línea fortificada de Chorrillos, á fin de descubrir la distribución de sus elementos de defensa, en el cual se distinguieron, poniéndose á corta distancia de los fuegos del enemigo, el mayor de artillería don Manuel Jesús Jarpa y el denotado capitán de la misma arma, don Joaquín Flores, caído más tarde al pie de su batería en la jornada final de Miraflores.
El segundo reconocimiento fue verificado por el coronel don Orozimbo Barbosa, hacia el lado de Ate, batiendo las descubiertas enemigas encontradas á su paso y llegando en su avance hasta divisar de cerca la ciudad de Lima. A la vez, tuvo lugar la sorpresa del “Manzano”, en la que un escuadrón de caballería peruano pretendió, durante la noche, atravesar el valle de Lurin, burlando nuestra vigilancia; pero, fuerzas del batallón Curicó lo sorprendieron y tomaron á todos prisioneros, incluso á su jefe, coronel don Pedro José Sevilla.
Como punto curioso merece recordarse que los músicos prisioneros en este lance, prefirieron antes de estar presos, ser enrolados en las bandas de nuestro ejército, donde continuaron desempeñando sus funciones como buenos artistas y asistiendo á las próximas batallas, hasta llegar á Lima.
* * *
En esos días tuvo también lugar la devolución, por mano del General Baquedano, al Regimiento 2° de línea, de su glorioso estandarte, dejado en el combate de Tarapacá, bañado en la sangre de sus heroicos defensores y cual mortaja de imperecedera memoria de su esclarecido jefe, Eleuterio Ramírez.
El discurso pronunciado en aquella patética y oficial ceremonia por don Eulogio Altamirano, fue digno de la fama del preclaro orador, quien, con inspirada elocuencia, encomió los sacrificios hechos por los soldados de Chile en honor de sus banderas y lo que la Patria esperaba aun de ellos en la próxima lid.
El 12 de Enero de 1881, se levantaron los campamentos de Lurín, á los aires marciales de las bandas de cada cuerpo, debiendo nuestro ejército pasar el inmediato río, cual el Rubicón de César, en dirección al campo enemigo, para vencer ó morir en la demanda.
Durante el día desfilaron nuestras tropas por el sólido puente del legendario río, en presencia del General en Jefe, del Ministro de Guerra en campaña y demás altos dignatarios que los acompañaban, despidiéndose talvez para siempre del hermoso valle que tan ampliamente las había hospedado y de la contemplación de las vetustas ruinas del pre-histórico templo de Pachacamac, para hacer frente, al amanecer del día 13, á las fortalezas enemigas, y terminar la jornada del glorioso día, clavando la bandera de Chile en lo más alto de las escarpadas cimas de San Juan, Chorrillos y Morro Solar, dignamente defendidas por el ejército del Perú.
Luis Pomar
Capitán de Navío de la Marina de Chile
Album Gráfico Militar de Chile
Antonio Bisama Cuevas


Cuartel General descrito en el album de Bisama Cuevas



Fotografía del veterano de guerra Capitán de Navío Luis Pomar