martes, 7 de noviembre de 2017

COMBATE DE PAMPA GERMANIA

Hoy les traemos lectura sólo para valientes, pues el relato que ofrecemos a ustedes  en el día de hoy, estimados seguidores, es detallado y minucioso y escrito por una mano experta.
El Asalto y Toma de Pisagua ocurrido el 2 de noviembre de 1879, dio paso a las Campañas Terrestres, que se iniciarían a pocos días del desembarco.
Los días 3 y 4 el ejército se dedicó a instalar su campamento en el Alto Pisagua, además de subir en ferrocarril toda cantidad de material de guerra, víveres y demáses. Los hombres se encontraban en estos días afanados en diferentes tareas y en el relajo propio del tiempo que siguió luego de la batalla.
En esta actividad se encontraba el ejército sin tomar una desición exacta a seguir, cuando el inteligente y patriota secretario del general Escala, don José Francisco Vergara, se ofreció para llevar a cabo un reconocimiento por los alrededores debido a la información, falsa por lo demás, de que el General Prado estaba en San Roberto con 6 mil hombres. Debido a este rumor, el día 3 el comandante recorrió la línea del tren con dos avezados y valientes oficiales, el Teniente Jara y el capitán Dardignac. De esta exploración nace la idea de llevar un acabado reconocimiento de la vía que une a las salitreras en la pampa del Tamarugal, es por eso que el día 4 en la noche la pequeña división formada por seis oficiales y 175 Cazadores a Caballo al mando de don Feliciano Echeverría y cuyas dos compañías iban al mando de sus respectivos capitanes don Manuel e. Barahona y don Sofanor Parra.
Esa misma mañana llegan a Jazpampa, la cual encuentran abandonada excepto por el telegrafista y su esposa, y se disponen a acampar en las oficinas de Dolores y San Francisco.
Dejemos al escritor Benjamín Vicuña Mackenna, que nos relate cómo se desarrolló el combate de Pampa Germania y cómo nuestros cazadores actuaron en esta acción guiados por su comandante y por los valerosos oficiales al servicio de la patria:
"Muy de madrugada, el día 6 de noviembre, la alentada columna exploradora, avanzando siempre por la vía, a la desfilada y de a dos en fondo, marchaba en demanda de Santa Catalina y de Agua Santa. Por la mañana llevaba la descubierta el valeroso teniente don Juvenal Calderón con 24 Cazadores, y al medio día lo relevó el teniente Gonzalo Lara, hijo de un valiente de San Felipe, y de Yungay. La marcha era pesada, monótona y fatigosa por los caliches y los médanos, encajonada la valiente tropa entre los desmontes de la vía. Solo de cuando en cuando, la vista de un mísero cadáver restos de agonizantes derrotados, entristecía la vista o espantaba a los caballos; y entonces, el viento soplando en la pampa remedaba los gemidos de los muertos. En la vecindad de Jazpampa los chilenos habían encontrado de esta manera esparcidos en los desfiladeros, doce cadáveres: todos eran de bolivianos.
De trecho en trecho, al llegar a la puerta de una oficina, la caravana hacia alto, y los sedientos soldados entraban a pedir agua que se servía en gamelas a los soldados y a sus monturas. Algunos, más felices, alcanzaban también de cuando en cuando el apetecido regalo de un trago de subida caña, este coñac del desierto.
Tenía resuelto el comandante Vergara, ir a acampar aquella noche en Agua Santa, extremidad de la ruta, donde se sabía existían considerables depósitos de víveres y forrajes del enemigo, y en cuyo pasaje tal vez era dable encontrar todavía a los generales prófugos de Pisagua. Y con este propósito marchaba la columna con redobladas precauciones por la estrecha senda.
El teniente Lara iba adelante, algunas cuadras con su descubierta, al frente de ésta una avanzada de cuatro Cazadores, al mando de un cabo, y más lejos el obligado vigía de las marchas, llamado flanqueador en los ejércitos europeos y en los de América centinela, bombero o loro, por su oficio. Le había cabido este puesto aquella tarde a un soldado araucano, indio neto, y valiente llamado Juan de Dios Piñeiro, quien, para ser indio cabal, llevaba más que mediana dosis de caña en la cabeza. El resto de la columna marchaba lentamente a retaguardia por hileras con los comandantes Vergara y Martínez a la cabeza. Eran las cuatro de la tarde, y a esa hora se avistaba por la izquierda la oficina salitrera de Germania, a pocas cuadras, y al pie de una loma; y más allá, a un kilómetro de distancia por la derecha de los rieles, la hermosa y vasta estación de Agua Santa. Ardía, ésta como una hoguera, prueba de que el enemigo huía acrecentando su pánico y su derrota. Un ejército que quema sus propios almacenes es un ejército que se suicida.
El general Buendía, perezoso unas veces, atropellado otras, pero nunca cobarde, había intentado en efecto oponer alguna resistencia al avance de los chilenos en Agua Santa.
Reunidos los dispersos de Pisagua en San Roberto el día 2 de noviembre con el batallón Vengadores, de Bolivia, que marchaba tarde en su auxilio, acampó el general en jefe aquella noche en Dolores, y al día siguiente recibía en Agua Santa el auxilio del batallón Aroma, compuesto, como el Viedma y el Padilla, de animosos cochabambinos que custodiaban la caleta vecina de Mejillones. Al mismo tiempo, ordenó Buendía avanzase desde Pozo Almonte la división Dávila, y pidió a Suarez por el telégrafo un escuadrón de caballería para contener a los dispersos, que en todas direcciones huían hacia sus indígenas madrigueras. El espíritu de esta tropa no podía ser más deplorable, y sus murmuraciones llegaban hasta la entonación y el hecho del motín. “El disgusto, la violencia y la murmuración de los soldados bolivianos escribía un testigo de vista, eran tales en el campamento de Agua Santa que el general Villamil tuvo que decirles, en presencia de varios: “Si en Pisagua aplaudí el valor de éstos, hoy tengo el sentimiento de decir que son unos bribones”.
Decían que ellos eran nacionales, que por que los metían a la candela, y no se mandaba a los del ejército que estaban descansando, atendidos, bien vestidos, bien pagados, con plata; mientras que ellos se encontraban descalzos, sin tener con que comprar cigarros, ni que mandar a sus familias que se morían de hambre, etc. Entonces el general Buendía, para acallar las murmuraciones y evitar el contagio al resto del ejército, les dio algunos billetes”. (El oficial peruano don R. Heredia, en una interesante carta publicada en Lima sobre las causas que produjeron la dispersión de San Francisco.)
Pero a aquella grave contrariedad, se agregó ese mismo día otra mayor. En la tarde del 4 de noviembre llegaba por la pampa un jinete con su caballo jadeante, portador de una noticia desalentadora. Era el teniente coronel argentino don Roque Saenz Peña, ayudante del estado mayor peruano, que se aparecía con la noticia adversa de haber regresado a Pozo Almonte la división Vanguardia (Dávila), después de haber recorrido tres leguas hasta Santa Adela.
Era esa la vanguardia porque preguntaba en la víspera el general Prado desde Arica y de la cual el general Buendía ignoraba el paradero.... El desaliento era tan universal como el desbarajuste. Se añadía a todo esto que el asendereado general en jefe del ejército aliado de Tarapacá intentó reunir algunos víveres y elementos de movilidad en Agua Santa poniendo en juego la actividad de aquel extraño personaje que tenía por título, desde el principio de la campaña, de inspector general del teatro del campo de la guerra, el coronel Masías, y nada consiguió. Porque después de muchas idas y venidas a caballo y en locomotora, resultó que este fantástico oficial no pudo presentar en el campamento sino 74 bestias (inclusos probablemente algunos asnos) y once carretones, de los cuales solo seis podían ponerse en movimiento.
Andaba el inspector en estas diligencias durante los días 5 y 6 de noviembre, poniendo a saco todas las salitreras del cantón de Negreiros, cuando aparecieron en el lejano horizonte de la sábana los pompones verdes de los cazadores de Chile que venían con el comandante Vergara; y he aquí como uno de sus compatriotas cuenta la singular aventura del inspector del teatro de la guerra, prófugo en una locomotora: “El coronel Masías hizo el segundo viaje a las oficinas salitreras, partiendo de Agua Santa el día 6 de noviembre a las 7.30 A.M., pero a las 11 A.M., poco más o menos, se oyó a gran distancia el silbato de la locomotora. El coronel Masías regresaba solo en la máquina, dejando abandonado, por la precipitación del viaje, al ayudante del general en jefe, sargento mayor don Emilio Coronado, y anunciando a gritos la aproximación del enemigo, sin fijarse en el pánico que esa alarma iba a producir en el ejército, cuyo número era inferior al del ejército que había desembarcado en Pisagua.
Buendía, en unión del general Villamil y demás jefes que se hallaban a su lado, procuró tranquilizar a las tropas, a fin de que no se desbandasen los bolivianos que estaban disgustados y violentos.
Previo un acuerdo entre los generales y jefes mencionados, se resolvió emprender la marcha a Pozo Almonte, ya porque con la diminuta fuerza que había en Agua Santa no era posible contrarrestar a la formidable fuerza enemiga, ya también porque así lo había ordenado el supremo director, según el telegrama que anteriormente hemos transcrito”. (Carta citada de R. Heredia. Agrega éste que el inspector del teatro del campo de la guerra desapareció esa misma tarde de Agua Santa y vino a aparecer después en Arica.... ¿Como llegó allí? ¿En la locomotora o por los aires, como en el teatro?...).
Y fue de esa manera como huyeron los restos de Pisagua hacia Pozo Almonte, y como en el atolondramiento de su fuga prendieron fuego a sus depósitos de Agua Santa, pues no podían llevar consigo ni su propia penuria sino su miedo.
Iban entretanto los chilenos embebecidos contemplando aquel espectáculo de incendio siniestro en el desierto, cuando de improviso se sintió un disparo de carabina Winchester a la vanguardia.
¿Que ha sucedido?
El comandante Vergara en ausencia del comandante Echeverría que había regresado a Jazpampa a esperar un nuevo grueso de cazadores, dio a éstos la voz de ¡Al galope! Y luego, al abrirse una dilatada pampa, se encontraron con la descubierta del alférez Lara que se batía en retirada. ¿Que había sucedido?.
EI tiro de alarma había sido una traición, según entonces se contó.
Mientras los peruanos se retiraban en tropel hacia sus campamentos del sur, y como para cubrir su marcha, habían destacado, en efecto, un trozo de caballería aliada hacia Germania a las órdenes del comandante Chocano, que en otra ocasión hemos dicho había sido nombrado gobernador de Agua Santa desde el principio de la campaña.
Se componía esa columna de 50 húsares de Junin, al mando del valiente comandante don José Ventura Sepúlveda, hijo de un coronel chileno que aun existe en Lima y es notorio por íntima y desventurada historia de su hogar, llevada hace poco al escenario en patético drama. Era por consiguiente ese oficial hijo de limeña, mestizo de Chile, y aun se asegura que militó en nuestros Cazadores a caballo, por órdenes de su padre. Los peruanos han tenido siempre por escuela la caballería chilena: rara vez como ejemplo.
Acompañaban al joven Sepúlveda el ayudante don Clodomiro Puente Arnao, el teniente don Octavio del Mazo, llamado el ñato, (talvez por su excesiva nariz que era un mazo), natural de la Sierra, y el teniente don José Loza, hijo de Lima pero de casta chola; los tres malos jinetes como todos los peruanos. Sepúlveda, al contrario era un mozo alto, crespo, bien plantado, arrogante de maneras, y tenía entre sus camaradas fama de orgulloso y de altanero, es decir, fama de “chileno”, aunque había nacido en Lima y en el barrio de la Concepción.
Mandaba los húsares de Bolivia el capitán don Manuel María Soto, y tenía éste por subalternos a los tenientes Barron y Gómez, el último inteligente joven, de carácter abierto, hoy prisionero en San Bernardo. Los dos grupos de húsares, siendo húsares, venían armados solo de carabinas..... Los caballos eran de poca monta, porque los del Rimac se hallaban forrajeando en Camarones y en Tarapacá. Los trajes de los peruanos más o menos como los de nuestros cazadores: los de los húsares de Bolivia como los de nuestros granaderos.
Y había acontecido que marchando las dos columnas al encuentro la una de la otra sin divisarse, el vigía de la descubierta se encontró súbitamente, al decir de aquel tiempo, al subir una loma con el araucano Piñeiro, y éste, creyéndole de los suyos, trabó con él plática amistosa y talvez sobre la caña y sus devaneos...... Según cuentan algunos, preguntó el auca en su lengua al traidor aimará: ¿Cuantos mapuches vienen con vos?. Y conocido así su engaño lo asesinó disparándole en el pecho su carabina, en vez de hacerlo prisionero. Al sentir el tiro, el teniente Lara se había precipitado adelante con su descubierta para darse cuenta de lo que sucedió y había sido recibido por una granizada de balas por los jinetes de Sepúlveda que habían echado pie a tierra en el faldeo de Germania. Por esto se retiraba aquél ahora a incorporarse a la columna del comandante Vergara. (El combate de caballería del 6 de noviembre debió llamarse propiamente de Germania, pero por un descuido que ya no es subsanable se consagró en la ley de 1º de septiembre de 1880 con el de Agua Santa. En homenaje de la última lo conservamos nosotros.).
Entró el último inmediatamente en consejo con el capitán Barahona, que en ausencia del comandante Echeverría mandaba el escuadrón, y convinieron en que era indispensable cerciorarse del número y fuerza del enemigo para emprender un ataque con buenos resultados. Era lo prudente porque los jinetes peruanos podían estar apoyados por infantería y hasta por cañones.
Se dio en consecuencia, la voz de formar en columna a retaguardia, fuera de los rieles, y en seguida la de retirada por la izquierda, lo que se ejecutó con alguna demora por lo desigual del terreno calichoso y el evidente mal humor de la tropa. La columna retrocedió así doscientos metros; pero se observó que un sargento se había quedado firme con su cuarta blandiendo con enojo el sable: era el sargento Francisco Tapia, mozo de endeble flotara pero de arrojadísimo corazón, de la raza que ha dado al ejército de Chile, y especialmente a los Cazadores, los sargentos Ibañez, Baquedano y Montero, el héroe de Talcahuano y Buenos Aires. Aquel hombre no sabía huir.
Marchaba también a retaguardia de su compañía con aire sombrío y montado en mala bestia de camino el capitán Parra, joven centauro, natural de San Carlos del Nuble donde había nacido el 12 de noviembre de 1851, arrullado por el cañón de Loncomilla. El capitán Parra por el lado de su madre, la señora Narcisa Hermosilla, es de raza de guerrilleros de la independencia, éstos, como es sabido, nunca aprendieron el arte de las retiradas. De suerte que ahora el valeroso oficial, discípulo de la Academia y de dos eminentes sacerdotes que han sido sus protectores, obedecía solo a la disciplina, y con tanto mayor desabrimiento de soldado y de jinete, cuanto que su asistente, un astuto cazador llamado Utreras, traía por el desierto a retaguardia su famoso potro bayo de batalla.
Pero de repente, en medio de la pampa, el escuadrón en retirada gira como un remolino: se oye sucesivamente en las compañías y en las mitades los gritos breves y estridentes, que parecen cortar los labios como el acero: ¡Fuera sables!... ¡Carabinas a la banda!... Y en seguida un estrepitoso ¡Viva Chile! y a la carga!.... Y el escuadrón dividido en dos trozos y como bandada de águilas, usando las propias palabras de su jefe el comandante Vergara, acomete a los jinetes aliados quienes recobrando bríos con la falsa retirada, se venían a la siga, disparando sus carabinas. En el primer disparo habían muerto un caballo a no menos de mil metros de distancia.
Para resistir el empuje del jinete, del caballo y del sable chilenos, se necesita la compacta y apretada fila de los dragones europeos; de suerte que los raquíticos húsares de la Alianza fueron aventados como paja al primer choque de los briosos brutos y de los que oprimían sus ijares.
El primero en caer fue el valiente Sepúlveda, que enredado en la estribera derecha de su montura iba a la arrastra por el campo pronunciando palabras incoherentes, con el cráneo partido mitad mitad por un sablazo. Reconociéndolo por sus ricos bordados como jefe enemigo, se acercó a él para prestarle auxilio un cazador, pero antes le ordenó diera el grito de “¡Viva Chile!”, que le brindaba talvez como contraseña de socorro.
Repitió el eco débilmente el moribundo, y así expiró, saludando, sin quererlo, a la que había sido la patria de sus mayores. ¡Singular destino! El soldado que le vio morir, se llamaba Sepúlveda y, como los abuelos del capitán inmolado, era de Chillan.
Más feliz el teniente, boliviano Emilio Gómez caía en manos del noble capitán Parra, y éste 1 salvaba, corriendo igual suerte el mal famado comandante Chocano a quien disfrazado de proveedor, tomó en la derrota prisionero el bravo teniente Carlos Felipe Souper.
Los demás oficiales enemigos sucumbieron todos bajo los sables afilados a molejón de los terribles Cazadores. Y se observó que en los momentos en que Parra, interponiéndose en su flaca yegua de camino, quitaba a un grupo encarnizado al teniente Gómez, pasaba, a su vista montado en su lozano potro de combate el impávido asistente Utreras; a lo cual, llamado el último por su capitán para el canje de montura, le hizo señas con el sable que no podía volver... y siguió la caza adelante como desalado gavilán. Una bala había dejado a pié al bravo Utreras, y por esto, a título de guerra, pasó su silla al bribón de su jefe, y vengó a su víctima como otros vengaran sin compasión al indio del primer encuentro. El capitán Parra pudo decir por tanto como Pedro de Valdivia: Una cosa dice el bayo y otra el que lo monta, que era el refrán usual del férreo pero ladino conquistador.
Tuvo duro estreno en la jornada de este día el teniente coronel don Francisco Vergara, responsable de su éxito y de su fama, porque equivocando un grupo enemigo que se rezagaba por los nuestros, se dirigió imprudentemente a arengarlo. Conoció tarde su engaño para torcer bridas, y hubo de batirse cuerpo a cuerpo con uno de los agresores, a quien dio una cuchillada con su sable en el pescuezo; más blandió el otro su carabina por la trompetilla, y asestó recio golpe al animoso jefe trayéndole un rato aturdido y a mal traer, hasta el momento en que llegando con oportunidad los suyos lo rescataron.
Cayó también, en el entrevero el valiente soldado Froilan Benitez y fueron heridos de bala el teniente Lara en el muslo derecho y seis soldados de los cuales uno se vino “mancornado” al suelo con un valiente y corpulento adversarios, a cuya cuchilla de monte logró escapar, degollándolo en el suelo con su sable. Se llamaba este bravo Raimundo Guzmán y vino herido a Valparaíso, donde mostrando las cicatrices de los dientes y de las uñas del jinete boliviano que lo había derribado, contaba alegremente su historia. Otro de los heridos era un Manuel Muñoz, de quien dice uno que lo midiera, que parecía un “torreón humano”.
Todo lo demás fue una matanza desdichadamente no evitada por el encarnizamiento natural de los soldados que diseminados en dos o tres leguas a la redonda, no podían ser contenidos por sus jefes, y porque en su dispersión de jinetes es difícil sujetar individualmente, y en seguida reunir en grupo a los que se rinden uno a uno. Por otra parte, la caballería chilena está avezada a la cruel guerra de Arauco, donde no se da ni se recibe cuartel.
Hicieron, sin embargo, los aliados a la postre del combate una inmolación que los vengara, porque habiendo llegado a un portezuelo el arrojado sargento Tapia acompañado únicamente por un hercúleo cazador llamado Pedro Castro, por mal nombre Collipulli (por ser hijo de este pueblo fronterizo y a quien muchos en Santiago conocieron como carretonero de su cuartel), divisó aquél un pelotón de seis u ocho enemigos que se hacían fuertes, enderezó hacia ellos el caballo y volviendo la cara atrás dijo a Castro: ¡Sígueme! Y como éste le observara que su caballo venía rendido bajo su enorme peso, le contesta Sosténme tu por retaguardia para que no me corten. Y como una flecha partió haciendo sobre su cabeza un remolino con su sable y gritando que “un cazador no volvía nunca cara al enemigo”.
El temerario jinete cayó sobre el pelotón aliado, que se cerraba en haz para recibirlo, como cae la hoz de diestro leñador sobre tupido cañaveral, y a sablazos, por cada golpe echaba a tierra un enemigo, cuando certera bala, disparada a quemarropa, le atravesó de parte a parte el pulmón. Recogido del suelo y llevado por delante de uno de los soldados de su cuarta, que lo puso a horcajadas sobre su montura, el infeliz agonizante, arrojaba a cada tranco del caballo una bocanada de sangre, pero alcanzó a decir: No siento morir sino que me hayan dejado solo......
El heroico sargento se engañaba, sin embargo, en su agonía, porque el titánico Collipulli había cumplido su orden y cubierto su retaguardia, matando al último enemigo que hizo frente, y dándose además tiempo para cambiar la silla de uno de los sacrificado por el bravo Tapia al lomo de su caballo, porque se imaginó que aquella se hallaba en mejor estado.
Ocurrió también en aquel desparramo de hombres un episodio entre cómico y heroico, y fue el de un soldado llamado José Manuel Silva, que habiendo quitado al enemigo el rico estandarte de seda del batallón Arequipa que le servía de insignia, para que otros no le arrebatasen prenda de tanta codicia junto con la gloria, se la puso a manera de bufanda y así se apareció ufano a sus jefes...
Formaron los dos capitanes inmediatamente sus compañías y pasaron lista. Faltaban solo tres: Tapia, Benitez y Piñeiro. Los heridos estaban todos a caballo. La victoria de Agua Santa era espléndida, porque a diferencia de otras en apariencia mayores, aquella sería escarmentadora y económica de sangre: la única gloria barata legítima es la que en la guerra ahorra la sangre y prodiga la previsión y los ardides.
Enterrados nuestros muertos que fueron tres, y recogidos los heridos en número de seis, nueve en todo, contra sesenta y tantos muertos del enemigo (porque éstos no se contaron uno a uno) el brillante escuadrón dio la vuelta a la oficina de San Francisco trayendo una victoria más para su estandarte y una terrible confirmación de su lema antiguo: Nunca vencidos. Siempre vencedores."
En las imágenes vemos los campos de Pampa Germania.

sábado, 15 de julio de 2017

"QUINTÍN QUINTANA Y LOS CHINOS DE CERRO AZÚL EN LURÍN"

En la última etapa de la Guerra del Pacífico, antes de entrar a Lima, el ejército expedicionario se encontró en su camino a una gran población de chinos en casas de ricos hacendados peruanos, sirviendo en calidad de esclavos. Este es un hecho indiscutible y de ello dan testimonio los historiadores de la época.
Estos hechos ocurrieron previo a las batallas de Chorrillos y Miraflores, específicamente durante la expedición Lynch por tierra hacia Lurín (finales de 1880/enero de 1881).
De esta gran cantidad de chinos destacó uno en especial: Quintín Quintana, quien no era esclavo, pero al igual que sus compatriotas se unió a la causa chilena por agradecimiento a la liberación de sus hermanos de las terribles condiciones en que se encontraban.
Muchas versiones hay de lo ocurrido con los chinos y su encuentro con la División Lynch y posteriores acciones, pero hoy lo aclararemos con el relato del teniente coronel Francisco Machuca, quien nos entrega una breve relación de los acontecimientos ocurridos en aquellas circunstancias:
"Quintín Quintana, chino afincado de Ica y comerciante con tiendas surtidas en Ica y Pisco, recibió a los chilenos con la gratitud que inspiran los libertadores de sus compatriotas, sumidos en la más cruel servidumbre en los cañaverales, y víctimas de un tratamiento cruel e inhumano. Quintana hospedó en su casa a los jefes chilenos, los agasajó, sirvió de guía a los destacamentos e hizo cristiano a sus hijos. El coronel Amunátegui sirvió de padrino a uno de ellos. Al evacuarse a Ica, no puede quedarse en la población; los nativos le habrían hecho pagar caro su chilenismo. Envía a bordo a su familia, y él a la cabeza de sus hermanos libertos, sigue a la División Lynch, prestándole importante servicios, en la conducción de bagajes, transporte de heridos, y provisión de agua, leña y verdura para el rancho de la brigada. Se internan centenares de kilómetros en los valles vecinos en busca de víveres; algunos no vuelven; unos chinos menos, y nada más. Durante el trayecto, se pliegan los esclavos de las haciendas de caña, riquísimas en aquella zona, de suerte que Lynch llega con unos 1.500 a Lurín, a donde acuden más compatriotas de las heredades vecinas.
Quintín implanta en sus subordinados la más estricta disciplina; divididos en centurias y decurias, obedecen militarmente a los decuriones y centuriones que a su vez siguen ciegamente a su general. El 10 de Enero en la tarde, les reúne en las ruinas del templo de Pachacamac Nuevo, cercano del campamento de Barboza, en número de unos 2.000.
Después de una peroración oída con religioso respeto, se procede a las complicadas ceremonias de juramento de fidelidad a Chile, en el altar de los sacrificios, en el cual se inmola un gallo, se bebe la sangre caliente aun y se presta el juramento, que es terrible y sólo se exige en circunstancias muy solemnes. El perjuro queda sujeto a la suerte del gallo, a que su sangre sea bebida por los concurrentes.
Con la mano derecha en alto, los chinos juran seguir a Quintín Quintana, servir al General en jefe, y obedecer ciegamente “si se ordena trabajar, trabajar si matar, matar; si incendiar, incendiar; si morir, morir”.
Terminada la ceremonia se dirigen en perfecta formación, en filas de a cuatro, a ratificar su promesa ante el General en jefe, que se presenta en los balcones a recibirlos.
Quintín se adelanta y dirige al señor General esta alocución:
“Mi General:
He vivido durante veinte años en el Perú; he conseguido por mi trabajo y acierto, los medios de vivir; los caballeros se han portado bien conmigo y mi familia; no tengo ningún odio personal; pero me lleva a sacrificar mi fortuna y hacer lo que hago, mi cariño por estos infelices cuyos sufrimientos no podría nadie imaginar.
Hay aquí hermanos que durante ocho años han estado cargados de cadenas sin ver el sol, y los demás han trabajado como esclavos. No quiero para ellos nada más que la comida y la seguridad de que no sean abandonados en esta tierra maldita; que el general los lleve donde quiera, que yo los mando a todos”.
El General les hace saber por su ayudante, teniente don Domingo Sarratea, que tendrán todo lo que desean. Los chinos reciben esta declaración con gritos de alborozo; luego forman en la plaza, dirigido por su Jefe Supremo, Quintín, un segundo, cuatro divisionarios, doce centuriones y veinte jefes de decurias.
Se procede en seguida al reparto del personal para los diversos servicios: 500 de los más jóvenes y resueltos pasan a los pontoneros del capitán Villarroel, destinados a hacer saltar las minas, bombas automáticas y cortar los hilos de las baterías eléctricas.
Esta sección saluda con entusiasmo al nuevo jefe, que les habla en su lengua nativa.
300 van a las ambulancias para ayudar al transporte de heridos en el campo de batalla.
900 al parque destinados a embalar municiones.
100 al bagaje para distribuir forraje y cuidar del ganado.
300 a la Intendencia General, para formar cargas para las mulas, transportar bultos, coser sacos y demás trabajos propios del movimiento interno de bodegas y almacenes.
El resto al mando de Quintana, disponibles, a las órdenes de las autoridades superiores.
Muchos pasan a ayudantes de los asistentes y aun de asistentes titulares de clases y soldados.
Y todos contentos y felices, con kepí y uniforme de brin, y botas de tropa, proporcionadas por la Intendencia."


martes, 16 de mayo de 2017

"LA ESCUADRA DE REGRESO DE EL CALLAO: MAYO DE 1879"

La pregunta es: ¿se enteró la escuadra chilena, que había navegado a El Callao, acerca del Combate Naval de Iquique? Y si así fue ¿bajo qué circunstancias habrán recibido tales noticias?...
Recordaremos pues, que nuestras queridas goleta "Covadonga" y corbeta "Esmeralda", se hayaban bloqueando el puerto de Iquique mientras la escuadra, comandada por el Contra Almirante Juan Williams Rebolledo, viajaba a El Callao en busca del "Huáscar" y la "Independencia". Al llegar a ese puerto la noche del 22 de mayo y a la mañana del 23 descubrir que los buques de guerra peruano ya no se encontraban, decidieron emprender el regreso rapidamente, pero esto le tomó varios días puesto que se encontraban en ascuas e incomunicados de lo que pudiera ocurrir en Iquique. Sólo conjeturas y una gran ansiedad.
Es recién el día lunes 26 de mayo que la escuadra chilena, luego de un largo viaje, se entera de los sucesos acaecidos el pasado día 21:

"Como a las cinco se avistó un vapor que navegaba cerca de la costa, i se dio orden a la Magallanes de ir a reconocerlo, mientras la escuadra esperaba noticia.
La cañonera se lanzó en persecución del buque sospechoso,
i después de una larga caza le dio alcance entrada ya la noche. Poco después, habiendo comunicado con él, puso señales de «noticias importantes.»
Inútil es ponderar la ansiedad que causó en todos los buques este anuncio.
Traído el capitán a bordo, dio sumariamente las noticias del combate de Iquique, anunciando la pérdida de la Etsmeralda i de la Independencia i la escapada de la Covadonga.
Esta noticia fué confirmada en todas sus partes por un pasajero i dos marineros, que componían toda la tripulación.
El capitán del vapor era un señor Sauri, oficial de la marina peruana, i había salido de Huanillos el 23.
Su vapor se llamaba Belletas, siendo una pequeña embarcación que se ocupaba en hacer el comercio de cabotaje entre el Callao i los puertos del Sur. Aunque llevaba bandera inglesa, sus papeles no estaban en regla, porque la
tomó después de la guerra i porque el capitán no era de nacionalidad británica, como lo exije la lei inglesa, siendo oficial de marina peruana por añadidura. Pero se le dejó en libertad, sin duda en premio de la noticia.
A las ocho de la noche, después de recibidas i comentadas estas noticias, nos pusimos de nuevo en movimiento con rumbp al Sur.
En la mañana de este dia (27 de mayo)se comunicó a los demás buques la noticia del combate en estos términos:
«Por el vapor se ha sabido que el Huáscar i la Independencia
habían tenido un combate con la Esmeralda i la Covadonga en Iquique. La Esmeralda a pique con gloria.
La Covadonga escapó a Antofagasta. La Independencia persiguiendo al Covadonga, se varó en Punta Gruesa, perdiéndose completamente.»

"Cartas de la Escuadra"
Pascual Ahumada Moreno

En la imagen una postal del Puerto El Callao, donde la Escuadra pensaba encontrar y atacar a los buques enemigos.




"LOS ANÓNIMOS DE LA GESTA DE IQUIQUE"

Gracias a recientes investigaciones encargadas a personal de la Armada de Chile, tenemos la nómina oficial de la tripulación de la "Esmeralda", que sucumbió rodeada de gloria aquella mañana de mayo de 1879.
En esta investigación se recabaron los nombres de cada uno de los marinos, soldados y personal de los distintos puestos que tuvieron participación del Combate Naval de Iquique.
En esta ocación les traemos a uds. los nombres de quienes tuvieron uno de los trabajos más anónimos y duros en la vieja embarcación y es que trabajar en la sala de máquinas al calor del fuego y el hollín del carbón es una tarea pesada y más aún aquella mañana en que las esperanzas para nuestra querida y vieja mancarrona se veían apagadas por el fuego enemigo.
Leamos con atención y sumo respeto los nombres de los fogoneros y carboneros de la fragata "Esmeralda":
"Carboneros
Candelario Apablaza
Hijo deJuan Apablaza y Mercedes Vega, al momento de su filiación en la Armada se declaró católico y soltero. Aparece inscrito el 20 de febrero de 1879, contratado para servir como carbonero por un año a bordo de la "Esmeralda". Tenía 19 años. Falleció en el transcurso del combate.
José Abdón Figueroa
Hijo de José Figueroa y Rosario Beltrán, al momento de su filiación se declaró católico y soltero. Se contrató el 20 de febrero de 1879 para servir como carbonero por un año a bordo de la corbeta "Esmeralda". Tenía 20 años. Murióen el transcurso del combate.
José Manuel Ramírez
Hijo de Pedro Ramírez e Isabel Urtubia, al momento de su filiación se declaró católico y soltero. Se contrató el 20 de febrero de 1879 para ser carbonero porun año en la corbeta "Esmeralda" Tenía 20 años. Falleció poco después del segundo espolonazo del "Huáscar", al estallar una granada en el compartimento de la sala de máquinas.
Roberto Vergara
Hijo de Tadeo Vergara y Mercedes Abarca, al momento de su filiación se delaró católico y soltero.Se contrató el 20 de febrero de 1879 para servir como carbonero por un año en la corbeta "Esmeralda". Tenía 18 años. Falleció en el transcurso del combate.
Fogoneros
Carlos Araneda
Hijo de Manuel Araneda y María de los Santos Torres. Se contrató el 20 de febrero de 1879 para servir a la Armada como Fogonero 2° por un año y fue destinado a la corbeta "Esmeralda". Tenía 27 años. Falleció en el transcurso del combate.
Rosso Bartolomeo
Natural de Italia, hijo de Jacomo Bartolomeo y Ana María Rossi. Fue contratado el 28 de febrero de 1879 para servir como fogonero 2° por una año en la corbeta "Esmeralda".
Católico y soltero. Tenía 28 años de edad. Sobrevivió al combate y fue recogido por el Huáscar y hecho prisionero en Iquique. Vuelve a Valparaíso junto a la liberada tripulación, y recibe todas las condecoraciones correspondientes. Luego de esto se pierde su rastro.
Ramón Díaz
Hijo de Juan Bautista Díaz y Josefa Castillo. Nacido en Ovalle. Al momento de su filiación se declaró católico y casado. Se contrató para servir como fogonero 2° por un año en la corbeta "Esmeralda". Tenía 31 años. Falleció en el transcurso del combate.
Desiderio Domínguez
Hijo de Juan Domínguez y Tiburcia Navarrete.Al momento de su filiación se declaró católico y casado.Se contrató el 21 de febrero de 1879 para servir por un año como fogonero 2° a bordo de la corbeta "Esmeralda". Este porteño logró salvar con vida de la inundación de la sala de máquinas que se produjo en el tercer espolonazo del monitor "Huáscar". Estuvo prisionero en Iquique y volvió a Valparaíso donde recibió todas las condecoraciones y honores correspondientes.
Volció al servicio en 1880 y estuvo embarcado en el vapor Abtao como fogonero 2°.
Falleció en Valparaíso en 1866. Su familia quedó indigente y la Intendencia organizó una colecta pública la cual también recibió apoyo de la viuda de Prat, doña Carmela Carvajal, quien "sufría por la ingratitud nacional hacia los pobres héroes".
José Donaire
Fogonero 2° de la corbeta Esmeralda. Sobrevive al combate y recibe los honores correspondientes en Valparaíso. Como gran parte de los sobrevivientes se embarcó en el monitor "Huáscar" participando en los combates de Arica y de El Callao, en su mismo puesto. Se licenció en 1883 y fijó su residencia en Iquique.
No hay más datos deeste tripulante.
Pedro Estamatópoli
Natural de Grecia, hijo de Anastasio y Caterina. Se declara soltero y de religión griega. Fue contratado como fogonero 1° el 28 de febrero de 1879 para servir por un año a bordo de la "esmeralda". Tenía 24 años. Sobrevivió al combate. Vuelve a Valparaíso y recibe todos los honores y condecoraciones correspondientes. Se reincorporó para servir a bordo del Monitor Huáscar y participó en los combates de Arica y El Callao.
En 1880, y al igual que los otros sobrevivientes que se encontraban a bordo del Huáscar solicitó y obtuvo la pensión que otorgaba la ley. Luego de esto, al parecer, se licenció.
Alejandro Horvath
Natural de Alemania, al momento de su filiación se declaró hijo de Dionisio y Teresa Horvath, católico y soltero. Se contrató el 28 de febrero para servir por un año a bordo de la corbeta "Esmeralda", pero ya antes había servido como fogonero en el "Cochrane" en el año 1876. Tenía 26 años. Falleció en el transcurso del combate.
Bartolo Mesa
Hijo de Bruno Mesa y Lorenza Núñez,. Católico y soltero. Fue contratado el 20 de febrero de 1879 para servir por un año como fogonero 2° a bordo de la corbeta "Esmeralda". Tenía 31 años. Falleció cuando la santabárbara se inundó, luego del segundo espolonazo del Huáscar.
Nicasio Miranda
Hijo de Antonio Miranda y María Uribe. Católico y soltero. Se contrató el 28 de febrero de 1879 para servir como fogonero 2° por un año a bordo de la corbeta "Esmeralda". Tenía 25 años. Falleció en el transcurso del combate.
Andrés Pavez
Hijo de Andrés Pavez y Juana Sepúlveda. Casado y católico, tenía 49 años. Se contrató por una año para servir a bordo de la "Esmeralda" como fogonero 2°. Sobrevivió al combate y fue tomado prisionero. El 3 de diciembre regresó a Valparaíso junto a los otros tripulantes y recibe los honores y condecoraciones correspondientes. Se embarca en el "Huáscar" y se encuentra presente en los combates de Arica y El Callao. En 1880 obtuvo la pensión y beneficios consedida por la ley a los sobrevivientes.
Estuvo embarcado en el "Huáscar" hasta marzo de 1883, fecha en que seún disposiciones de la Comandancia vuelve a tierra por enfermedad.
Según investigaciones, pavez, a fines de siglo XIX, vivía en Santiago.
Juan Bautista Segura
Hijo de Francisco Segura y Victoria palomino. Católico y soltero. Se contrató el 20 de febrero como fogonero 2° para servir a bordo de la "Esmeralda" por un año. Tenía 28 años. Falleció en el transcurso del combate.
Francisco Ugarte
Servía a bordo de la corbeta "Esmeralda" como fogonero 2°. Fue herido y falleció en el hospital de Iquique el 9 de agosto de 1879.
Según investigaciones Ugarte pudo haber formado parte del grupo que saltó con Uribe al abordaje,puesto que el único herido recogido por el "Huascar" fue el grumete Agustín Coloma. Lo que lleva a la conclusión que se encontraba a bordo del Huascar al momento del hundimiento de la corbeta "Esmeralda". Fue sepultado en una fosa común en el cementerio de Iquique. Hoy su nombre se encuentra escrito en un monolito en el Cementerio N° 1 de Iquique.
Gabriel Urra
Fogonero 1° de la corbeta Esmeralda. Falleció en el transcurso del combate.
No hay más información acerca de este tripulante."
Fuente: "La Dotación Inmortal"
"En la imagen vemos una recreación de cómo pudo haber sido la sala de máquinas de la "Esmeralda. En esta podemos ver al ingeniero, que vigila la máquina de biela invertida y de doble expansión, se ve, la gran caldera y algunos hombres transportando carbón. Después del segundo espolonazo, esta sección se inundó rápidamente. El agua fría del mar, en contacto con la caldera, debe haber producido, una gran nube de vapor que atrapó a muchos."
(Historia Ilustrada del Célebre Combate Naval de iquique/Edición Argentina)


"DIARIO DE LA COVADONGA"

Un extracto del diario de la "Covadonga", en el cual detalla con perfecta exactitud los hechos que le acontecieron a dicha embarcación en el transcurso del Combate Naval de Iquique, el 21 de Mayo de 1879, y cuyo esfuerzo y tezón fueron premiados con la gloria de la victoria.
No debe haber sido fácil para la tripulación, comandada por Carlos Condell, recibir la persecución de la "Independencia"; pero los hombres de mar que son curtidos a través de fuertes tempestades marinas no cejarían, hasta conseguir un resultado menos adverso.Quizás habrían sufrido la misma suerte que la "Esmeralda", y al leer su informe pareciera que así sería, pero el destino quizo contar otra historia y hoy podemos conmemorar su triunfo tal cual ellos lo hicieron aquel mediodía ya lejano:
"Dia 21.—
De 12 a 4 A. M. amarrados en la boca del puerto en 25 brazas de fondo con un anclote i 60 brazas de espías. Entre las 4 i 8 A. M. limpieza ordinaria con la jente de guardia. A las 6 A. M. se llamó la otra guardia i se mandó levar.
A las 6.15 minutos se avistaron dos buques al Norte i se pusieron señales de aviso a la Esmeralda. Se disparó un cañonazo momentos después que fueron reconocidos los buques enemigos Huáscar e Independencia i se gobernó al Norte como un cuarto de hora para efectuar el reconocimiento i luego viramos en demanda del fondeadero, acercándonos a 600 metros de la Esmeralda i cambiamos las señales: «¿almorzó tripulación? Reforzar las cargas.»
A las 7 salimos en convoi los dos buques i fuera del puerto a una i media millas nos pusimos al habla. El comandante
Prat de la gloriosa corbeta dijo: «Seguid mis aguas, resguardarse con la población i cumplamos con nuestro deber.» El comandante de la Covadonga contestó: «All right» i nuestra jente aplaudió con tres hurras i vivas a Chile, llena de entusiasmo, que a la vez fué una plegaria en recuerdo de nuestra amada patria. Al terminar esa patriótica manifestación, la Covadonga, gobernó por la proa de la Esmeralda i uno i otro buque rompieron sus fuegos sobre el Huáscar, viendo que la Independencia también nos hacia fuego.
Mas o menos, una hora nos batimos con ese buque, mientras tanto el señor comandante gobernó i tomó los bajos de la isla, que fué nuestra salvación. En esa posición la Independencia, peruana se nos vino encima i fué rechazada por nuestra artillería i también porque vio que no podia llegar a nosotros. Desde ese momento, las 9 de la mañana, continuamos al Sur navegando de reca en roca i contestando los fuegos del enemigo con la presteza que nos era posible. La Independencia se mantuvo dos veces a 1,500 i 2,000 metros de nuestro costado i nos hizo fuego por baterías i otras dos veces intentó darnos un golpe de espolón, pero tuvo que renunciar por temor de irse a la playa. Mientras tanto el comandante gobernaba su buque de tal suerte, que sin dejar su importante i estratégica posición, gobernaba ya de un lado o de otro lo necesario para dar tiro a nuestros cañones.
Mas de una vez creímos el buque perdido ya por las balas como también por los bancos de piedras. Recibíamos cada tres minutos una descarga cerrada por batería de la Independencia, que ya nos presentaba un costado i luego el otro, haciéndonos un fuego muí nutrido, felizmente poco certero.
A las 11.40 la Independencia, que indudablemente había
recibido muchos tiros, gobernó a nosotros a darnos el golpe de gracia con su espolón, i haciéndonos fuego muí nutrido hasta tomarnos de enfilada i consiguió acercarse a la menor distancia de 300 metros que nos permitió dispararle cuatro tiros muí bien acertados. A las 12 la Independencia se varó i arrió botes. La Covadonga gobernó entonces i dio una vuelta por el O. al NO., poniendo proa al S. en medio de locos vivas de gloria. El enemigo, mientras tanto, arrió su pabellón de guerra, que izaba al palo mayor i también su bandera, izando después la bandera de parlamento. Estando a 200 metros de distancia, el comandante de la Independencia nos dijo con bocina: "no me tiren mas, estoi rendido, mándenme un bote.»
Nuestro comandante resolvió continuar al Sur inmediatamente,
deseando conservar el buque, librándonos del Huáscar, que mui luego vino a seguirnos. Después de dos horas nos dejó i cruzó hacia la Independencia, que luego la vimos arder. El Huáscar intentó seguirnos, pero luego volvió al Norte.
Murió el señor doctor.
Lanzamos velas para aprovechar el viento; mucha vijilancia. Se distribuyó el servicio i hasta las doce de la noche no hubo novedad. El buque haciendo mucha agua..."
Fuente: Libro "Guerra del Pacífico" de Pascual Ahumada Moreno
Óleo de Tomás Sommerscales del Combate de Punta Gruesa


"TESTIMONIO DE UN SOBREVIVIENTE"

Cuando comenzaron a llegar los primeros cables con noticias del Combate Naval de Iquique, la información, en Valparaíso y Santiago, no se manejaba con exactitud. Los únicos que algo habían visto eran los barcos extranjeros y el Lamar, que se encontraban observando los sucesos que acontecían en la rada de Iquique. Los sobrevivientes de la "Esmeralda" que se hayaban prisioneros, recibieron permiso para poder escribir a Chile, a sus seres queridos, acerca de las experiencias que vivieron en tan memorable fecha. De estas cartas podemos extraer los relatos de lo que con exactitud ocurrió.
Uno de esos sobrevivientes fue el Teniente Francisco 2° Sánchez Alvaradejo:
Nacido en Ancud el 4 de octubre de 1851, Francisco Sánchez ingresa a la Escuela Naval de Valparaíso en 1862, ya que su familia se había trasladado a esa ciudad.
Participó en la guerra contra España en el Combate Naval de Abtao como guardiamarina a bordo de la goleta "Covadonga".
Durante las campañas de la Araucanía lo vemos como miembro de la tripulación del vapor "Ancud".
En el año 1870 Sánchez es trasbordado a la corbeta "O'Higgins" y participa de un viaje de instrucción de cadetes de la Escuela Naval y aprendices de grumete a la Isla de Pascua.
En febrero de 1879, siendo teniente, es nombrado oficial instructor de artillería de la corbeta "Esmeralda", siendole asignada la batería de estribor, que tuvo como misión contrarestar el ataque recibido desde tierra aquel 21 de mayo.
Como todos los tripulantes de nuestra querida y añorada mancarrona, Sánchez no abandonó su puesto hasta el fin y luchó junto a sus compañeros valerosamente.
Fue rescatado de las aguas y hecho prisionero y es en este estado que en junio de 1879 escribe una carta a su hermano contando los hechos que acontecieron aquella mañana en que la "Esmeralda" se hundió para siempre. En ellos el teniente aclara los puntos que la prensa desconocía:
Extracto:
"Como estamos completamente incomunicados, rodeados de centinelas, solo hemos podido obtener mui pocas noticias respecto a la opinión de la prensa chilena. Por una casualidad, entre la ropa que mandábamos comprar, nos llegó un pedazo del Mercurio del 30 i nos sorprendió que en nuestra patria crean que la Esmeralda sucumbió en el momento que nuestro comandante Prat pasó a la cubierta del Huáscar con el sarjento de la guarnición Juan de Dios Aldea, que fué el único que alcanzó a acompañarle, cayendo herido con siete balazos.
El valiente comandante Prat abordó al enemigo en el primer espolonazo que tuvo lugar, mas o menos, a las 11:00 A.M. i nuestro buque desapareció de la superficie a la 1 1/2 P. M.
Se deduce de aquí que nos hemos batido sin nuestro comandante con poca diferencia dos hora.
Cuando recibimos el primer choque, habíamos perdido poca jente, i el Huáscar se retiró con tanta precipitación que a pesar que lo recibimos en la aleta de la guardia de bandera formada en la toldilla, precisamente en el lugar del espolonazo, solo uno, que fué el sarjento, alcanzó a saltar. Muchos dirán ¿cómo es que no se tomó alguna providencia para asegurar el abordaje? En la guerra marítima el combate con espolón era casi desconocido.
En esos supremos momentos toda la jente estaba en sus puestos de combate. Nuestra artillería sostenía un fuego nutrido i era mayor la excitación del combate a medida que avanzaba el enemigo. Por otra parte, los tiros de fusilería ayudados de los rifleros de las cofas, agregados a los disparos de los cañones del enemigo i sus ametralladoras, formaban un conjunto aterrador. En medio de ese inmenso eco del combate, de los gritos de los heridos, etc., nuestro comandante tuvo la inspiración de abordarlo, i acto continuo dio la voz de «al abordaje,» voz que no fué oída sino por los que estaban mui cercanos.
La pérdida del comandante produjo en la tripulación una profunda impresión. La idea de la venganza se apoderó de todos i cada uno quiso ser un héroe para imitar su ejemplo.
Valor inútil: nada podíamos hacer sino esperar la muerte con resignación. En efecto, momentos después de este primer choque, el Huáscar a toca penoles nos arrojaba su gruesa artillería, i las bajas en nuestra jente se sucedían con suma rapidez. Envidia nos daba ver caer muerta nuestra jente. Los sufrimientos para éstos habian terminado. Desgraciados
eran los que caían heridos. Eran espantosos los gritos de estos infelices i no podia prestárseles ningún ausilio. El cuerpo médico era insuficiente para atender a tantos heridos, asi es que todo lo que se hacia con ellos era hacerlos a un lado para que no estorbaran a la artillería. Sabíamos que todos teníamos que morir momentos después.
Habia cadáveres que quedaban divididos i cauterizados. A cada momento se encontraban piernas i brazos que no se sabia de quienes eran. No creo que haya otros ejemplos de un combate tan horrible. El fuego continuaba con la misma viveza por ambas partes, i el enemigo a setecientos metros se preparaba para darnos la segunda embestida.
Muerto el capitán Prat, Uribe tomó su puesto i yo el de Uribe. Nos reunimos luego que fué posible con el teniente Serrano para conferenciar sobre la determinación que debíamos tomar, si echar a pique el buque para evitar derramar mas sangre, pues creo que no bajarían de 40 a 50 los muertos i heridos, o continuar combatiendo hasta sucumbir. Resuelto esto último, volvimos a nuestros puestos; pero yo quedé siempre en la batería por ser allí mas útiles mis servicios.
Era el instructor de la artillería i conocía la jente, i por consiguiente podia llenar las bajas con los individuos mas aptos para las vacantes que quedaban.
Era curioso lo que pasaba en mi imajinacion i creo que lo mismo sucedía a los otros. Del mismo modo que los trabajadores esperan los dias domingos para descansar, yo miraba con cierta satisfacción, que no sé cómo esplicarla, la segunda venida del enemigo. Sabia que un segundo espolonazo no podríamos resistirlo i de un solo golpe daria fin con todos i descansaríamos por consiguiente de presenciar tantas desgracias.
En el momento del segundo choque, veo a Serrano que se dirije a proa, i al acercarse me dice: "Amigo Sánchez,estamos", i continuó su camino. Grande fué mi sorpresa cuando lo veo saltar a la cubierta del Huáscar con diez a doce hombres que también murieron. Este es otro hecho que demuestra el arrojo hasta el sacrificio de Serrano i los que le acompañaban. Serrano fué mui valiente desde los primeros momentos del combate. Una serenidad admirable unida a un valor que dio a conocer a cada momento. Si el capitán Prat se ha inmortalizado por su valor, igual cosa debe acontecer con el amigo Serrano.
El enemigó se retiró hasta la distancia de seiscientos metros mas o menos. Concluimos de quemar los últimos cartuchos. La Santa Bárbara se inundó completamente, ahogándose los que se encontraban dentro. Solo el condestable alcanzó a salvarse por haber un momento antes subido al entrepuente. La máquina dejó de funcionar. El agua subió hasta los fuegos i concluyó el vapor. En las mesas de la sala de amputación, que era la antecámara de guardias marinas, habian muchos heridos de gravedad. De los encargados de los pasajes de balas, granadas i los de pólvora, muchos habian sucumbido. Desde este momento nada nos restaba que hacer. Un silencio profundo reinaba a bordo i solo era interrumpido por los disparos de algunos rifleros i los lastimeros quejidos de los heridos. Nos cruzamos de brazos i esperamos.
Yo me subí a la toldilla i me junté con Uribe i otros compañeros. El enemigo pone su proa a nosotros á la una i media, mas o menos. En estos momentos se ve salir humo por la escotilla de la cámara de guardiamarinas. Una granada, penetrando por la botica, puso fin a la existencia de los injenieros Mutilla, Manterola, Gutiérrez, dos mecánicos, dos carpinteros, el sangrador i varios otros i concluyó con los heridos.
Luego que vimos con la fuerza que venia el enemigo, nos desnudamos i en este estado me bajé a esperar en el cañón sétimo estribor. Otra granada destrozó la rueda del timón i cuanto encontró por delante, muriendo todos los que habian cerca i especialmente los del timón.
Esta vez me escapé mui bien, estando tan sumamente cerca. Todavía tenia que bañarme. El cabo Cortés tomó la corneta, pues su dueño habia muerto, i tocó a degüello en los momentos que se habría el buque i desaparecía de la superficie. El último disparo ordenado por mí lo quemó el guardiamarina Riquelme. Riquelme se hizo notable por su valor i entusiasmo. No se movió un momento de los cañones i cuando encontraba a algún marino algo decaído, lo entusiasmaba i le hacia consentir que teníamos muchas esperanzas de triunfar.
Una vez en el Huáscar, nos pusieron en la cámara del comandante. Nos dieron un poco de licor i media hora después estaba vestido con una camisa blanca, una cotona i un pantalón de marinero.
El buque salió i no supimos a donde.
Dos dias después calculamos, cuando tuvimos noticias de la pérdida de la Independencia, que la salida tuvo por objeto, recojer los náufragos de dicho buque. Serian las seis i media cuando fuimos desembarcados. Al salir de a bordo nos dieron un par de zapatos. Sombrero no nos dieron por no haber a bordo. El frío i el hambre nos atormentaban.
En el trayecto del muelle a la prefectura no hubo nada de notable, a no ser algunas hostiles demostraciones del populacho, que es difícil evitar. Una vez en el salón de la prefectura, fuimos felicitados por los jefes del ejército. Todos admiraban el heroismo de la Esmeralda i lo hacian con sinceridad.
El jefe del ejército nos dijo: «Ustedes no son prisioneros, ustedes son náufragos. El valor de ustedes no tiene ejemplo en la historia de las guerras marítimas. Si ha habido un caso igual, estoi cierto que no hai quien lo sobrepuje, etc.»
Al dia siguiente fuimos visitados por el jeneral Canseco i este jefe se enterneció cuando nos hablaba, alabando nuestra conducta, estas visitas continuaron por algunos dias.
Hace tres dias que se nos entregó un terno de ropa que nos mandaron hacer. Ya nos habíamos familiarizado con el traje de marinero i hará solo diez o doce dias que usamos ropa interior, por no haber en la población.
Hoi puedo decir, sin temor de equivocarme, que las pocas comodidades que tenemos, las debemos puramente al jeneral Buendia.
Estos dos caballeros se han conducido mui bien con nosotros i les estamos mui agradecidos. El señor Velarde continuamente viene a visitarnos i a ofrecernos lo que necesitemos.
El jeneral Buendia, también, cada vez que puede, viene a vernos con el coronel Velarde.
¿I qué se dice por allá de nuestro rescate? ¿Podemos tener esperanzas de alcanzarlo pronto? La inmovilización en que nos encontramos i el no poder continuar siendo útiles a la patria, nos atormenta..."
En el mes de Julio, aun siendo prisionero Sánchez es ascendido a Capitán de Corbeta y vuelve a Chile en enero de 1880, luego del canje de prisioneros, pero nuestro héroe aún debía servir a la patria y se embarcó como segundo comandante de la Pilcomayo y luego es trasbordado a la corbeta Chacabuco, participando en el apoyo que dio la Armada en las batallas de Chorrillos y Miraflores, en los bloqueos de varios puertos peruanos y en la toma de El Callao. En el año 1883 es ascendido a Capitán de Fragata. Luego de una prolífica carrera en la Armada fallece en el año 1907, por una peritonitis.
El héroe de Ancud, poco conocido y por lo tanto nunca mencionado tiene su lugar en la historia de Chile. Sus restos mortales fueron trasladados desde Santiago a la "Cripta Heróica" el 10 de Octubre de 1985:
Fuente: "La Dotación Inmortal" y "El Boletín de la Guerra del Pacífico".


"IQUIQUE: JOSÉ GUTIÉRREZ"


"No es fácil encontrar registros fotográficos de los héroes del Combate Naval de Iquique, ni sus biografías. Cuando el libro "LA DOTACIÓN INMORTAL", editado por la "Corporación, Protección y Desarrollo del Patrimonio Histórico Naval y Marítimo", llegó a mis manos, me fue posible descubrir que muchos de los marinos que se encontraban ese día en la rada de Iquique, tienen un rostro que he podido observar. Sus biografías de vida demuestran la clase de personas que fueron, quienes dieron su vida por la patria.
Hoy les traemos a uds. la biografía de José Gutiérrez, ingeniero que murió en el cumplimiento del deber:
"Entró de alumno a la Escuela de Artes y Oficios el 1 de Abril de 1851 y concluyó sus estudios en Enero del 55. Fue enviado a la Escuela de Artes de Talca como maestro de talleres y subdirector del establecimiento. A lso 10 meses fue nombrado por el gobierno como maestro de talleres de la penitenciaría de Santiago. Nueve meses después fue nombrado submaestro del taller de máquinas y ayudante de la clase de dibujo de la Escuela de Artes y Oficio.
El 2 de febrero de 1857 entró al servicio de la Armada como mecánico y fue embarcado en la corbeta Esmeralda. El 2 de agosto de 1858 pidió su retiro, pero regresó en marzo de 1859 para rendir sus exámenes.
El 14 de abril se reincorporó al servicio como ingeniero mecánico de tercera clase para servir a bordo de la Esmeralda. Volvió a retirarse en septiembre de 1861 para ocupar el cargo de primer inspector y profesor de la Escuela de Artes y Oficio, hasta que fue reincorporado nuevamente al servicio el 5 de junio de 1863 con el mismo grado. Estuvo embarcado en el vapor Independencia y en el Maule, participando en la guerra contra España, al final de la cual dejó la Armada.
Al comenzar la Guerra del Pacífico se reincorporó y fue asignado a la Esmeralda. Falleció casi al finalizar el combate, cuando una granada destrozó la antecámara de los guardiamarinas* donde se encontraban los ingenieros del buque.
A su hija María Teresa Gutiérrez se le concedió una pensión de 30 pesos mensuales a contar de septiembre de 1880."
Nota
*La antecamara de los guardiamarinas y lugar de estudio de los ingenieros era usado, durante combate, como hospital de sangre.


"MATÍAS MATAMALA: SOBREVIVIENTE DE LA ESMERALDA"

El cirujano de la "Esmeralda" Cornelio Guzmán, nos relata el final de la gloriosa corbeta, luego del último espolonazo del blindado peruano, y de cómo al fin los sobrevivientes que flotaban en el mar fueron rescatados:
"Sentimos que el "Huáscar" nos pegaba en el costado y el hundimiento fue verdaderamente instantáneo. No nos dimos cuenta sino de una ola inmensa que se nos venía encima, nos envolvía y nos arrastraba al abismo.
Pasamos algunos instantes de densa oscuridad en que el agua nos zumbaba en los oídos. Cesó la agonía que amenazaba con hacernos reventar y y nos encontramos brotando a la superficie del mar, lisa y tranquila, como si nada hubiera ocurrido en ella.
Luego fueron saliendo unos treinta compañeros. Sentimos dos cargas de fusilería cuyas balas se hundieron en el agua sin hacernos daño en torno nuestro y nos miramos las caras formando una especie de círculo. De 210 hombres sólo quedabamos 33..."
Así, de a poco, deben haber ido apareciendo los restantes sobrevivientes, que los registros actuales elevan al número de 58 tripulantes.
En esta ocasión les mostraremos el rostro de uno de ellos, que al momento de su filiación contaba con 27 años. Hijo de Santiago Matamala y María Torres, Matías Matamala sobrevivió aquel 21 de mayo de 1879, y al igual que el cirujano Cornelio Guzmán, vivió los ultimos momentos a bordo de la querida y vieja mancarrona, en confusión y horror.
Matamala fue contratado el 5 de marzo de 1879 como Guardián 1° para servir a bordo de la Esmeralda por un año.
El ingeniero civil, Juan Cabrera, que se encontraba fortuitamente en la corbeta al momento de estallar el combate, fue testigo de la actitud que tomaron los tripulantes momentos antes de iniciarse los fuegos: "se hacían recíprocamente las íntimas confidencias de la despedida hasta la eternidad, cortas pero conmovedoras, terminando algunas con un efusivo abrazo, para correr enseguida cada cual a su puesto". De esto se deduce que el velero 2° Antonio Ruiz le haya encargado a Matías Matamala que en caso de morir él, se hiciera cargo de sus hijos Tomasa y Clemente que habían sido abandonados por su madre.
Ruiz falleció en el combate y Matamala sobrevivió, por lo que al volver a Valparaíso cumplió con la promesa que hiciera de cuidar los huérfanos encomendados. Aparte de todo esto Matamala recibió todos los honores y condecoraciones que cada sobreviviente mereció.
Luego se enroló nuevamente, pero esta vez con el hijo de Ruiz, Clemente, y se embarcaron en la cañonera "Pilcomayo". En Diciembre de 1880 solicitó y obtuvo la pensión otorgada por ley a todos los sobrevivientes de la "Esmeralda".
Estuvo presente en las Batallas de Chorrillos y Miraflores, en el apoyo que dio la Armada al ejército.
Se retira en 1883 y se establece en Coronel.
La imagen que vemos de Matías Matamala apareció en la revista Zig Zag de Mayo de 1905 en el especial dedicado al glorioso combate, llamado: "Desde la Cámara de la Esmeralda".
Fuente: "La Dotación Inmortal"


"UN NUEVO MES DE MAYO"

Para iniciar la serie de relatos que concierne al Combate Naval de Iquique, queremos hacerlo rindiendo honores a una de las profesiones que más hizo por la vida de nuestros soldados y marinos que combatieron en la Guerra del Pacífico.
Con los limitadísimos medios con que contaban, los cirujanos, médicos y enfermeros que fueron enrolados en las filas de nuestro Ejército y Armada, ellos, sin duda alguna, sacrificaron mucho en pos de la Patria, incluso la vida.
Esta es la historia de un hombre que estaba en los albores de la vida, a quien le esperaba un largo trayecto que recorrer y que sin miraciones, entregó sus servicios en pos de sus ideales y de la defensa del territorio nacional, quien tiene un lugar sagrado en la Historia de Chile por su entrega ejemplar. Nos referimos a Pedro Segundo Regalado Videla, cirujano de la "Covadonga":
"Nació en el pueblo de Andacollo el día 14 de agosto de 1854. Sus padres fueron Don Pedro Videla y Doña Pastoriza Órdenes.
Realizó sus estudios hasta 1871 en la ciudad de La Serena, año en que se dirigió a Santiago para rendir sus exámenes para titularse de bachiller en filosofía y humanidades en la Universidad de Chile, ingresando inmediatamente a la Escuela de Medicina.
Mientras estudiaba, desempeñó el cargo de Inspector del Instituto Nacional. En marzo de 1879 finalizó con éxito sus estudios y obtuvo el título de Licenciado en Medicina.
Nueve días antes de recibir el título de Médico Cirujano, el 5 de abril de 1879, estalló la Guerra del Pacífico, postergando su nombramiento para enrolarse en la Armada para cubrir dotación en algún buque. Se le destina como Cirujano 1° en la goleta "Virjen de Covadonga", para servir a las órdenes del Capitán de Fragata Arturo Prat Chacón.
El 16 de mayo de 1879, el Comandante Prat fué destinado a la Corbeta "Esmeralda" y el Capitán de Corbeta Carlos Condell de la Haza asumió el mando de la "Covadonga". Ambas naves serían las encargadas de el bloqueo de Iquique.
En esta nave tuvo la ocasión de darse cuenta del incipiente servicio médico que existía en la Marina, disponiendo de muy pocos medios para su tarea profesional.
El 21 de mayo de 1879, durante el Combate Naval de Iquique, Pedro Videla se encontraba en la cubierta viendo el acercamiento de los buques enemigos. A las 09.00 de la mañana bajó al entrepuente donde estaba instalada la enfermería de combate y mientras descendía, un proyectíl de cañón del monitor "Huáscar", atravesó la goleta de banda a banda, llevándose los pies del cirujano Videla y ocasionándole una hemorragia tal, que al cabo de diez horas le costaría la vida.
De la enfermería fue llevado al camarote sin poder ser atendido con solicitud a falta de otro profesional, intentando el mismo dar instrucciones para tratar de detener la hemorragia, pero todo fue inutil. Su cadáver fue desembarcado en la ciudad de Tocopilla y enterrado en el cementerio de La Serena.
El año 1920 sus cenizas fueron trasladadas desde este lugar, al Monumento a los Héroes de Iquique, en Valparaíso, donde descansan los restos de los combatientes de ese homérico combate." (www.armada.cl)
Testimonios posteriores señalan que, cuando se le comunicó al agonizante doctor Videla la hábil maniobra del comandante Condell que causó la varada de la fragata enemiga y finalmente su rendición, pidió que se le levantara para mirar por la claraboya y dijo: "Muero feliz, pues la causa de Chile sigue incólume, en manos de chilenos que, al igual que yo, están dispuestos a dar la vida en defensa de su patria".
Tenía 24 años.
En la imagen podemos ver al jóven cirujano, la loza de su sepultura en la "Cripta de los Héroes", en Valparaíso, y la copia de parte de la tesis médica del héroe que se encuentra en el Museo Naval.


martes, 25 de abril de 2017

"LA PARTIDA NOCTURNA"

El jóven Subteniente Arturo Benavides Santos escribió, ya mayor, sus memorias de la Guerra del Pacífico. En ellas relata los episodios que le tocó vivir desde la declaración de guerra a los países del Norte, hasta su regreso a Chile, luego de haber recorrido el Perú hasta la Sierra. 
En esta ocación recordaremos un episodio memorable que cuenta en su libro "Seis Años de Vacaciones", y precisamente se llevó a cabo durante la Expedición del Canto, en la breña peruana.
Recordaremos que este tipo de expedición fue para detener al Coronel Andrés Avelino Cáceres, que huyó luego de la toma de Lima y se dirigió en busca de apoyo de los indios que habitaban la breña. Sin embargo nuestro malogrado ejército, pese a su coraje y entrega se llenaba cada día de más enfermos, que no se podía curar ya fuera por el mortal soroche o la falta de alimentos y medicinas; y además de encontrarse desprovisto de alimentos, vestuario y otras necesidades, hay que sumar que debían cargar a los enfermos debido a su crítico estado. Por lo tanto no se encontraba en la posición de dejarse atacar y no poder defenderse.
Leamos pues, este capítulo en el que nuestros sufridos rotos tuvieron que mostrar la templanza para alcanzar la meta:

"Al dia siguiente se hicieron aprestos para pasar en Tarma varios dias. Se decia que sólo se mandaría a los enfermos a Lima, bien custodiados por uno de los batallanes de la división, el cual regresaria a Tarma o quedaría en Chicla.
Otros rumores eran de que iban a llegar refuerzos, que se estableceria el cuartel general en Tarma y que después de descansar algunos dias con uniforme y calzado nuevos, se limpiaria de montoneros toda la región. Se decia tarnbién que el 3°de linea que guarnecía Cerro de Pasco, habia sido aniquilado, y otros afirmaban lo contrario y que de un momento a otro llegaria a juntarse con el grueso de la división.
De tantos rumores lo que sacabamos en limpio era que sólo el coronel del Canto y tal vez los jefes de cuerpos sabian la verdad y se la reservaban; pero que era cosa resuelta permanecer en Tarma varios días a lo menos.
Y bajo esta creencia se procedía.
Cada cual procuraba aconodar su alojamiento lo mejor posible; muchos remendaban su uniforme, otros componían o hacían nuevas ojotas, y todos pensaban proveerse de algunos comestibles extras.
Tras muchos afanes y trajines yo conseguí bañarme y ponerme ropa interior limpia. ¡Fue una delicia!...¡No me había desnudado ni sacado las botas desde el día 7 en Huancayo!...¡Y como yo todos!...
Reposaba la noche del lunes 17 , dispuesto para un largo sueño, acostado descalzo, lo que no hacía desde Huancayo, cuando el cabo de cuartel me despierta y dice que el Coronel Robles me llamaba. Acudo presuroso y encontré, o llegaron momentos después, los comandantes de compañías.
-"Sin toques de corneta y guardando el mayor silencio, nos dice el coronel, preparen sus compañías para salir dentro de una hora. Deben llevar a sus enfermos y todo el equipo. La marcha y todas las órdenes deben transmitirse a la voz y evitando gritos y carreras."-
El batallón desfiló después de la media noche en silenciosa marcha. En voz baja se hacían conjeturas sobre el significado de la nocturna y silenciosa partida. Creían algunos que el Coronel del Canto intentaba algún golpe de sorpresa a los montoneros, y replicaban otros que no, que se había elegido al Lautaro para llevar a los enfermos a Chicla; y pensaban algunos que nos mandarían hasta Lima, y otros exclamaban "qué esperanza, al Lautaro no lo dejan sin formar parte de la expedición de que se hablaba en Tarma, por ser el cuerpo más andador, más subordinado y de más empuje." "De más ñeque", rectificó el soldado que se quejaba en Tarma-Tambo de no tener dinamita.
Pero la verdad era otra.
Salimos de Tarma y nos irternamos por una angosta quebrada formada por altísimos cerros, en parte como cortados a pique.
Una espesa neblina sólo permitsa ver a corta distancia.
Como el frío era muy intenso me cubrí las piernas con una frazada, pedí a un soldado que me la acomodara bien para que no se corriera y subí el cuello y capucha del poncho de castilla.
Cuando comenzó a aclarar pudimos darnos cuenta del paraje por donde marchabamos...
No creo exagerar al decir que los cerros serían de 300 o más metros de altura, y tan pendientes que en partes parecían gigantescas y deterioradas murallas, colocadas en forma irregular para con ellas delinear una dilatada avenida de cuarenta a cincuenta metros de ancho y en ciertas partes,a lo más, de cien metros.
El largo trecho que abarcaba el batallón desfilando por esa quebrada, llevando todos los vistosos ponchos que teníamos, única prenda sin roturas ni remiendos, presentaba el más bellos y pintoresco aspecto, cuando al amanecer pudimos ver el paraje por donde ibamos.
Al venir el día, los montoneros nos descubrieron y nos dejaron caer de las alturas grandes piedras, que al rodar desprendían multitud de otras más pequeñas. A esas máquinas de guerra los indios les daban el nombre de "galgas". Afortunadamente no nos hicieron grandes daños, salvo contusiones sin importancia, que por cierto no hicieron gracia a los que las recibieron.
Poco después salimos de esa quebrada y como al mediodía llegamos a un lugarejo denominado Mollobamba, abandonado, como todos entonces, por sus moradores.
"¿Se comía algo?" probablemente, pensarán algunos.
Lo que cada cual pudo...muy poco...y los enfermos nada.
En ese paraje supimos que toda la división había salido de Tarma, dándole a cada batallón hora diferente para emprender la marcha a fin de evitar confusiones.
Salió de Tarma toda la división en esa forma porque se supo que el ejército de Cáceres quería atacarnos sorpresivamente, y esa ciudad era para nosotros como una ratonera sin salida. Para efectuarla había que burlar al gato, y lo burlamos.
Y continuó la penosa marcha..."

En la imagen idealizamos lo que pudo haber sido la marcha de nuestras fuerzas por la sierra peruana.



jueves, 30 de marzo de 2017

"EL GRINGO SOUPER"

Nuestros homenajes a los valerosos chilenos, hombres de armas que lucharon en la gesta del Pacífico, incluye tanto a la oficialidad como al soldado de tropa, al soldado de norte a sur de la patria y de todos los estratos sociales.
En esta ocación recordaremos a uno de aquellos que sin mayor interés que la de agradecimiento a la hospitalidad de esta nación, hicieron de ella su segunda patria y nacionalidad. Nos referimos a los extranjeros en Chile y especialmente aquellos que tomaron las armas para defender este país.
Hoy les traemos algo de la vida del Teniente Coronel Roberto Souper Howard, nacido en el año 1818 en el puerto de Harwich, Inglaterra, y llegado a Chile en el año 1843.
Souper se instaló como administrador de la hacienda Zemita en San Carlos, y vivió gran parte de su vida en la antigua Región del Ñuble, hoy Bío Bío, como agricultor, y explorador de aquella zona, de la cual hizo mapas geográficos para la época.
Souper se casó en Talca, con doña Manuela Guzmán y Cruz y al poco tiempo compró tierras en San Rafael, donde residió definitivamente.
Su nacionalidad británica no le impidió ser uno de los extranjeros más chilenizados que se haya conocido en la época, al parecer la vida del campo le gustó tanto como para radicarse, pero aún así nunca hizo los papeleos de nacionalidad chilena, cosa que no le fue un impedimento en sus relaciones con los chilenos.
Souper participó de la Guerra Civil de 1851, luego de la cual fue subdelegado de Pelarco. Teniendo a su mando una partida de huasos animosos y resueltos inició una seguidilla de persecuciones a bandidos y salteadores que acosaban la zona en los años posteriores a la revolución. Su jurisdicción se hizo famosa por la astucia con la que persiguió y apresó a gran cantidad de estos delincuentes.
En 1858 viaja a Santiago, donde nuevamente se alzaba una revolución política de la cual fue nuevamente partícipe, pero esta vez fue exiliado y vivió en el Perú por dos años.
A su vuelta del exilio encontró a su familia en mal estado económico, pero su fortaleza y entusiasmo era tal que pensaba en nuevos emprendimientos para levantar las arcas familiares, sin mejores resultados, debido a su personalidad inquieta y entusiasta. Es así que en 1864 lo encuentra la Guerra contra España y Souper, esta vez con el Capitán de Navío Patricio Lynch van al Perú en apoyo de estos acontecimientos.
En 1865 se traslada a Chiloé en ayuda del archipiélago que se veía amenazado.
Su salud se vio mermada por tantas aventuras y heridas de guerra; desde 1859 le aquejaba un reumatismo que mortificaba su ánimo y desde 1863 un aneurisma al corazón que lo amenazaba en todo momento.
Es en esta situación que lo encuentra la Guerra del Pacífico, a la que no pudo negarse ir en defensa de la patria que lo había adoptado como hijo. Envió a sus hijos Roberto y Carlos a enrolarse en el ejército. Uno de ellos en la infantería y el otro en la caballería. Roberto Souper se ofreció para ser ayudante de cualquiera de los jefes, cosa que obtuvo a pesar de sus limitaciones. Souper fue uno de esos hombres aguerridos que, aúnque su edad y enfermedades no le acompañaban, fue capáz de dominar sus dolencias y levantarse en pro de una causa justa. Fue así que sirvió tanto en mar como tierra, desde Angamos hasta Chorrillos, que le vio caer.
Como un jóven inglés lleno de vida, Roberto Souper participó en la gesta del Pacífico siempre dispuesto a obedecer una orden y a cooperar en todo lo que se le pidiera. Entusiasta subió los cerros de Chorrillos junto a la tropa para caer definitivamente de su caballo, herido de gravedad.
En su lecho de muerte mandó llamar a su caballo "Pedro José" y se despidió de él con estas palabras: «Pedro José, aquí tienes a tu amo que va camino de la muerte por un solo balazo; tú, con cinco, estás tan fresco..."

Su biógrafo y amigo íntimo, Diego Barros Arana, le dedico el siguiente epitafio:
"ROBERTO SOUPER
1818-1881
Inglés por nacimiento, chileno por el amor
Murió como héroe al defender el honor de Chile"
Fuente:
Apuntes Para la Biografía del Coronel Souper
Diego Barros Arana

jueves, 16 de marzo de 2017

"EN BUSCA DEL CORONEL LYNCH..."

Siempre el soldado chileno tuvo la oportunidad de dar muestras de obediencia y disciplina al deber encomendado; a veces en el intento de la aplicación de esta disciplina ocurrieron algunas anécdotas y situaciones que dejaron al descubierto la viveza y chispa del roto chileno.
El siguiente relato es una mezcla de ambas cosas, de cómo para cumplir una órden del Estado Mayor, se hubo de utilizar el ingenio de nuestros soldados.
Una vez que se hubo  inspeccionado la costa del Perú y organizado al Ejército del Norte para la Campaña de Lima, se dispusieron todas las embarcaciones que transportarían a nuestros soldados hasta Lurín, cuya playa, Curayaco, sería el punto de desembarco.
Todo listo y dispuesto el convoy parte en dirección a una de las etapas postreras de las batallas que esperan al Ejército de Chile, antes de entrar a la ciudad de los Virreyes, pero parte de estos bravos va por tierra y es que la I Brigada de la 2a División, al mando del Coronel Lynch, debe llegar a Chilca, con toda la artillería y caballería de la División. La II Brigada embarca en Pisco.
Al detenerse el convoy en el puerto de Chilca, no sin antes haber sido inspeccionado para no encontrar guarniciones enemigas, el General Baquedano, impaciente busca al Coronel con sus anteojos sin encontrarlo. Es en estas instancias que toma una desición. Enviará por él, y a quién mejor que a nuestros Cazadores a Caballo. La situación se narra de la siguiente manera:
"...Impaciente por la tardanza, envía un ayudante a Cazadores a pedir al comandante el oficial más alentado del regimiento.
Poco después llega el alférez don Agustín Almarza, que se cuadra ante el General.
Baquedano no hace discursos; va derecho al grano.
Alférez, le dice, toma usted veinte y cinco hombres, desembarca, parte al sur, encuentra a Lynch y le entrega esta nota.
Bien, mi General, responde Almarza. Saluda, da frente a retaguardia y parte.
Oiga, alférez, agrega el general. El coronel Sevilla anda por ahí con su regimiento Húsares del Rimac...
Bien mi General.
Y este regimiento tiene 460 plazas fuera de la infantería montada y algunas tropas sueltas.
Muy bien, mi general. Almarza saluda y se va.
El ejército entero presencia el desembarco del piquete. Los Cazadores ensillan, cabalgan, saludan con los kepís al aire y parten tierra adentro. Un hurra vigoroso, escapado de todos los buques, aclama a esos esforzados jinetes, que pronto se desvanecerán en los arenales del horizonte.
Una vez en la pampa, Almarza instruye a su tropa de la honrosa comisión que llevan, y les exhorta a cumplirla debidamente. Si hay que batirse, nadie mire atrás; seguir adelante hasta encontrar al coronel Lynch es la consigna. Con uno que llegue, basta.
Entre la tropa lleva un mocetón de apellido Reyes, que desde niño residió con sus padres en el Callao, hasta que la guerra les hizo volver a la patria. Se enroló en Antofagasta.
Imitaba admirablemente a los peruanos, en el acento, en los giros, en el modo. Los cuerpos lo pedían prestado para hacer el papel de cholo en las funciones teatrales.
Almarza lo comisiona para interrogar a los paisanos, y entenderse con los montoneros que se topen por el camino. Nadie más habla; sabido es que en cuanto abre la boca, el chileno denuncia su nacionalidad. El piquete pertenece al regimiento Libres de Trujillo, que lleva despachos para el coronel Sevilla, le enseña su alférez.
Almarza pasa en la noche por el pueblo de Chilca, donde Reyes se informa del camino, y obtiene algunas botellas de fuerte para combatir el frío de la noche. Al amanecer del 22, atraviesan por la Rinconada, pueblecito en donde pernocta una montonera de Cañete. Don Reyes se da a conocer a varios soldados francos, que le informan del camino.
El piquete descansa en un bosque, con agua y pasto, durante la siesta del 22. En la tarde alcanza el pueblo de San Antonio, donde hay un destacamento. El centinela grita el quien vive, se adelanta don Reyes, da las explicaciones de la comisión, y mientras dicho centinela llama al cabo y se forma la guardia, el piquete pasa, perseguido por los tiros de Peabody, que alcanzan cerca de 2.000 metros, hasta meterse en los bosques del río San Antonio.
Entrada la noche penetran al pueblo de Mala, infestado de montoneros y cuartel de la infantería montada. Cruzan el callejón; don Reyes va adelante gritando, somos los Libres de Trujillo, llevamos despachos del Presidente Piérola, puis, ¡viva el coronel Sevilla, puis! ¡vivan los Húsares del Rimac! ¡No me baleen, compañeritos!...
La guarnición se atolondra; los invasores vienen del sur y el piquete del norte; los Libres de Trujillo es un regimiento peruano; dan vivas al coronel Sevilla y aclaman a los Húsares.
Pronto cesa el estupor; silban las balas; pero los Cazadores van ya lejos. Salidos del pueblo, toman el compás de marcha, para no cansar los caballos, en una dilatada pampa que se extiende al frente
Como a la 1 P. M., divisan una gran fuerza de caballería, cuya descubierta se repliega al grueso a galope corto.
Son los Húsares del Rimac, del coronel Sevilla.
El regimiento avanza las alas para rebasar el piquete y meterlo en un embudo. Almarza reúne a su gente, “Cazadores, les dice, el regimiento no puede recibir una mancha de nosotros. El ejército está en peligro y debemos salvarlo. Ante todo, la Patria. Vamos a cargar; el que pase, siga al sur a buscar al coronel Lynch”. Y luego ordena: Cazadores, por cuatro a la derecha; saquen el sable, al trote!... ¡al galope! ¡a la carga!...
Los cazadores parten como el rayo, al grito de ¡Viva Chile! Con el estruendoso chivateo de la tierra araucana. Un jinete se desprende de las filas contrarias. Alto, Cazadores, grita. Somos los Granaderos, ¡Granaderos! ¡Granaderos! Repite el regimiento. Era tiempo. Alcanzaron a toparse.
Lynch envía los Granaderos a vanguardia, y en la tarde coronan las alturas de Chilca.
La primera Orden General dada en Lurín a la llegada de Lynch, dice así: “Dada la conducta del alférez don Agustín Almarza, de Cazadores a caballo, y no obstante no haber vacante en el cuerpo, se le nombra teniente agregado hasta que obtenga su empleo de planta”.

Las Cuatro Campañas de la Guerra del Pacífico Tomo III
Francisco A. Machuca

La fotografía muestra a un piquete de Cazadores a Caballo en las cercanías de Surco, en 1881