viernes, 22 de abril de 2016

"LA TOMA DE PISAGUA Y EL GUARDIÁN BRITO"



"Al amanecer del dia 2 de Noviembre de 1879, parte de la Escuadra de Chile, i un buen número de trasportes, presentaba frente al puerto de Pisagua la primera división del Ejército chileno que iba a operar en la provincia peruana de Tarapacá.
Tan pronto como las primeras claridades del alba rompieron el velo calimoso que cubría los empinados cerros del puerto, el «Cochrane» i la «O'Higgins», que componían la primera división; la
«Magallanes» i «Covadonga» la segunda, se lanzaron resueltamente dentro del puerto para batir los fuertes que a norte i sur defendían la entrada.
El silencio i la calma eran completos, a bordo no se sentía mas ruido que el de las máquinas i el producido por las aguas al chocar contra los costados. Ni una voz de mando, ni una corneta, nada que significase que allí dentro de esos buques iban cientos de hombres llenos de vigor i de vida, dispuestos a rendirla por la bandera, que en esos momentos se izaba para cubrirlos i servirles de mortaja, si así lo exijiesen las condiciones del combate. Todo el mundo en sus puestos, los cañones cargados i obedientes a la mano del cabo, se ronzaban lentamente, siguiendo con sus miras la dirección del fuerte que iban a batir.
Los comandantes, a su vez, i por indicaciones, dirijian el rumbo de sus buques hacia el mismo objetivo. Desde las cofas, el oficial piloto con su pizarra iba indicando las distancias que los separaban del fuerte:—¡tres mil quinientos metros!... ¡tres mil!... ¡mil novecientos metros!—El fuerte sur rompe sus fuegos i su granada pasa silbando por sobre el buque. Este disparo fué la palabra de orden para que los cuatro buques rompiesen sus fuegos i empezara el duelo.
El «Cochrane» i la «O'Higgins», que estaban dedicados al fuerte sur, con su nutrido i certero fuego, lo mantenían constantemente cubierto de tierra i humo, producido al reventar las granadas contra sus parapetos. La lucha seguia, hasta que un preciso i certero disparo de la colisa mandada por el guardián Francisco Brito, pegándole sobre la muñonera del cañón, lo inutilizó i dio de baja casi a toda la dotación del fuerte, quedando con esto cumplida la misión de los buques para con los fuertes.
Por esos momentos, ya los trasportes acercándose al puerto, habían tomado en las embarcaciones menores el primer continjente de tropas, que debia poner pié en tierra. Los buques de guerra, ya desocupados de los fuertes, se acercaron a tierra para protejer el desembarco contra las fuerzas enemigas, ocultas tras las piedras, casas i montones de salitre. Antes de llegar las embarcaciones a tierra, ya el cañoneo i el combate se habian hecho jenerales, entrando en acción los buques, todas las fuerzas enemigas i los chilenos, a medida que iban desembarcando. El incendio de la población i del salitre no se hizo esperar, produciendo esta combinación una conflagración i humareda que en
muchos lugares era asfixiante. La configuración de la bahía, espaldeada por cerros mui altos, formaba de todo este conjunto un tremendo saco, donde cada cañonazo, descarga de rifle o detonación de salitre repercutía cientos de veces, haciendo un ruido infernal i aterrador: era aquello un verdadero infierno.
Como decia mas arriba, el primer continjente fué desembarcado en los botes; digo mal, no fué desembarcado, sino tirado a las rocas de un lugar, que no es desembarcadero, i mas que todo, lanzado
en las astas del toro, que allí, a mansalva, bien atrincherado si a corta distancia, hacían de los nuestros una matanza segura; pero no por esto faltó un Amador Barrientos, que arrancando la bandera de su bote, saltó sobre una colina, enarbolando por primera vez en aquella tierra el tricolor chileno, para indicar a los de a bordo que allí estaba el camino de la gloria.
El segundo continjente principió a llegar al mismo lugar i en peores condiciones que el primero. Estos eran apiñados en lanchas planas i remolcados hasta las rocas, se les largaba el remolque, i ¡adiós! ¿Qué sucedería con esos pobres que no podian desembarcar, ni hacerse mar afuera, ni siquiera hacer uso de sus armas? No podian hacer otra cosa que esperar i encomendar su alma a Dios.
Mientras tanto, los enemigos se habían atrincherado arriba, en el camino de zig-zag del ferrocarril i dominando desde allí completamente la pendiente del cerro, no permitían subir a ninguno de los
nuestros. La situación era por demás difícil, el clamoreo jeneral, i no habia quién no censurase la manera inconsulta cómo se inició aquella operación de guerra. Aquel puñado de valientes estaba metido en una ratonera; ni las fuerzas desembarcadas ni los buques podian desalojar aquel atrincheramiento que estaba haciendo tantos perjuicios i estragos. Ayudantes del Estado Mayor fueron a todos los buques casi a suplicar que hiciesen fuego sobre aquella altura. En todos se les daba la contestación de que los cañones no podian dar esa elevación.
Ya la cosa iba siendo grave i las caras se ponían largas i acontecidas. Felizmente, en la «O'Higgins» hubo una buena idea. El oficial de artillería indicó a su comandante Montt la conveniencia de colocar todos los pesos i artillería, menos un cañón, al costado de babor, para así tumbar bien el buque, i con el único cañón que quedaba al otro lado i a toda elevación, hacer la prueba de si así se alcanzaría.
Antes de cinco minutos ya a la gallarda «O'Higgins se le veia completamente acostada, i sólo una colisa se asomaba como apuntando al cielo por el costado de estribor. El teniente Herrera, oficial-piloto, dio la distancia: ¡novecientos cincuenta metros!—Brito, cabo de ese cañón, saca la cuña, asienta la culata sobre la esplanada i cruzándose de piernas, sin preocuparse que el retroceso podia dar cuenta de él, puso su alma en aquella puntería. Todos a bordo estábamos pendientes de aquel tiro; Brito, con la calma de un aguerrido, no se precipita i con su mano de dedos torcidos, manda a la derecha, a la izquierda; todos estamos suspensos i fijos en ese hombre. Tira la rabiza i Brito es arrollado por el retroceso; se para erguido i mira la trinchera. Un hurra jeneral i una diana de todos los buques fué el festejo que aquel hombre recibió por tan famoso disparo. La granada reventó en medio del campo enemigo, i con esa se encontró la clave para que los nuestros subiesen sin mas inconveniente."

Acerca de José Francisco Brito
Crónicas de la Marina Chilena
Almirante Silva Palma

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