viernes, 8 de abril de 2016

"EL NAUGRAGIO DE LA ESMERALDA"



"El 24 de mayo de 1875 la corbeta «Esmeralda» estaba amarrada en Valparaíso al norte de los diques, i por delante de ella el vapor «Valdivia» con la Escuela de Grumetes a su bordo.
La mañana amaneció atemporalada i con tiempo amenazante.
A las 9 A. M., cuando su comandante señor Luis A. Lynch Z. llegaba al muelle, ya el temporal estaba declarado, los vapores caldeaban sus máquinas, i todos los buques se preparaban a resistirlo.
El «Valdivia» garreando sus anclas, principiaba a venirse sobre la «Esmeralda», rompiéndole primero el botalón de foque i bauprés en seguida.
El comandante Lynch toma una chalupa i se dirije a bordo; a medio camino, los fleteros se atemorizan con el temporal i se niegan a seguir adelante; pretenden regresarse a tierra; Lynch, a su vez, se niega a permitirlos volver, i armándose de la bayona, la alza amenazante, diciéndoles que si no seguian adelante, estaba dispuesto a romperles la crisma. Los fleteros, ante razón tan contundente, tuvieron que ceder i seguir avante hasta dejar a Lynch en su buque.
El «Valdivia» seguia moliendo el tajamar i proa de la «Esmeralda», i a los pocos momentos de llegar a bordo su comandante, las cadenas de ambas anclas también cedían i se cortaban. La máquina no estaba lista para moverse, a pesar de los esfuerzos que se hicieron para levantar vapor.
Como faltan las cadenas, el buque se atraviesa a la mar i principia, desgaritado como ya se encontraba, a dar tremendos balances, que desde tierra permitían ver completamente toda la cubierta.
Atravesado iba encaminándose sobre la proa de los diques i de un momento a otro parecía acercarse a su fin; el palo trinquete, ya  sin sujeción a proa, por la cortadura de los estayes, se troncha por su base, derrumbándose sobre el costado de babor i llevándose en su caída uno de los cañones de esa banda.
Todo el mundo daba ya por perdida la corbeta: sólo un milagro o una casualidad podría salvarla.
El capitán Prat, oficial del detall de la «Esmeralda», el dia anterior había avisado que estaba enfermo i que tenia que guardar cama. Con este permiso, ya quedaba exonerado de toda obligación i responsabilidad; pero como Prat tenia una concepción del deber, mui distinta de la manera como la interpreta la jeneralidad de las jentes, al sentir el rujir del vendabal, sin saber lo que en la bahía acontecía, abandona el lecho i se alista para ir a cumplir con su deber. Su santa esposa, la señora Carmela Carvajal, le abre la puerta, le franquea el paso i despide a su querido compañero con una dulce mirada, que envolvía en sí el cariño i la resignación.
Al llegar Prat al muelle, el cuadro que se presenta a su vista, es por demás aterrador. Temporal deshecho, i allá por delante de los diques, desgaritada i desmantelada, su otra esposa que lo habia hecho abandonar su lecho de enfermo.
Conseguir bote para ir a bordo en esas circunstancias era bien difícil, por no decir imposible; felizmente, después de súplicas i de ofrecer una fuerte prima, consigue una chalupa aparejada de cuatro buenos remeros; ganar el bote en las rompientes del muelle, no era cosa fácil, pero con decisión i no importándole el verse bañado por las olas, pronto vimos a Prat airoso navegando hacia su buque.
Llegó al costado de la «Esmeralda» cuando ésta había ya rebalsado los diques hacia el Almendral.
Pretender subir a su bordo por escalas o sus costados, habría sido tratar de cojer desde la playa la torre del Espíritu Santo; los balances eran tan grandes, en la posición que el buque se encontraba, que tuvo que pedir le tirasen un cabo. Se lo amarró a la cintura i se hizo izar como un fardo. Pero consiguió constituirse a bordo para compartir con sus compañeros el peligro, i en cumplimiento de su deber hundirse con su buque si fuese necesario.
La «Esmeralda» siguió su via-crucis, llevando a la rastra en el agua, las jarcias, arboladura i palo trinquete. Entre las filas de buques iba pesadamente corriéndose hacia el este; al llegar a las inmediaciones del pontón «Maipú», su antiguo consorte de la campaña del 66, parece que éste desconoció a su vieja compañera i en lugar de ayudarla en su desgracia, la recibió en la punta de su lanzado tajamar, incrustándoselo por debajo de la bovedilla para destrozarle la popa e inutilizarle el timón.
Ya con este nuevo percance, perdieron por completo las esperanzas de controlar los movimientos del buque, cuando la máquina hubiese estado en condiciones de moverse. Sigue i sigue corriéndose lentamente hacia el Almendral. El tiempo no amaina; por el contrario, parece gozarse en la desgracia.
Llega la tarde, se acerca la noche, la mano caritativa de un buque vecino, logra tirarle un cable, el que, reforzado con otro, los detiene momentáneamente.
Al ponerse el sol, cuando en todos los buques se arria la bandera, en esta ocasión es otra bandera la que tenemos que ver, ¡no es bandera que se arria! ¡es bandera que se iza, es la bandera grande
de la «Esmeralda», que en medio de la bruma i de la lluvia, se le divisa izada al revés en el tope de mesana. Es ausilio que piden esos náufragos i ayuda que solicita la lejendaria «Esmeralda»!
No hai un bote salvavidas, no hai una brigada salvadora con qué socorrer a aquellos infelices ni con qué ausiliar a esa gloriosa.
Todos en tierra nos miramos, i parece que hasta el habla se nos enmudece ante tan tremenda espectativa.
El sol se pone i la noche nos deja en la mas amarga incertidumbre. Desde por la mañana, en los balcones de la Bolsa Comercial habia tres oficiales de marina, que paso a paso seguían las peripecias
de aquel naufrajio. Esos oficiales eran Ramón Serrano, Guillermo Aguayo i Silva Palma.
Cuando la bandera se puso en ausilio i sobrevino la noche, aquellos oficiales no pudieron permanecer indiferentes ante la suerte que en esos momentos estaba corriendo su simpática escuela i sus queridos maestros, i sin consultarse, instintivamente se trasladaron hacia las playas de Jaime, probable sitio donde tendría que encallar la corbeta.
Momentos después de llegar, como a las 7.30, en medio de la oscuridad i sobre la reventazón de las olas, se divisa una masa negra que poco a poco va creciendo: esa es la «Esmeralda», que guiada por
su comandante Lynch, la embarranca en ese sitio para salvar su tripulación; su casco estaba tan averiado i llenándose de agua, que habría sido temeridad aguantarse toda la noche flotando en mucho fondo, con peligro de irse a pique. Tan pronto como advertimos los de tierra su varadura, encendímos grandes fogatas para hacer ver a los de a bordo que allí había jente dispuesta a ayudarlos i prestarles ausilios.
Los tres tenientes ya nombrados i el capitán Hudson, principiaron a ver manera de establecer comunicación con los de a bordo i, al efecto, amarrados de la cintura i tomados de la mano para no ser arrollados por las olas, se metían a la reventazón para pescar los maderos que de a bordo estaban arrojando al agua amarrados a piolas largas i lijeras. .
Después de algunas tentativas, revolcaduras i zabullones, consiguieron traer a tierra una de ellas, i por ésta les mandaron de a bordo una espía de cinco pulgadas; la pasaron por sobre la muralla de la estación, aseguraron su chicote a los rieles, i a bordo por medio del cabrestante, se tesó hasta dejarla bien templada; un grillete corredizo i una línea a bordo i a tierra dieron por concluido el andarivel de salvamento.
De a bordo avisan que jalemos, corremos con precaución, por ser el primero, i con temor de tener un percance; se ve que un bulto viene colgando; es un hombre, es el primer náufrago de los ciento i
tantos que hai a bordo que ponemos en salvo; media docena de voluntanos se precipitan a recibirlo en brazos, es el teniente Chaigneau; un hurra i un contento jeneral se hace sentir. Ya con esto el correo quedaba establecido i seguimos con el tira i afloja hasta las cuatro de la madrugada, en que llega el penúltimo; este es el comandante Lynch.
Quedaba un último, el de mas fuerzas, para que sólo, pudiese cobrar la línea por última vez; este era un enorme negro yankee, de apellido Kelson; como se demorase mucho en avisar que cobrásemos,
principiamos a entrar en cuidado, pero luego salimos de dudas: el señor negro, no queriendo perder su equipo, venia cargado con un enorme atado hecho en una sábana. Ya con esto quedó todo concluido, esperando la claridad del dia i el buen tiempo para seguir con la corbeta.
El almirante Williams, llegó uno de los primeros i se constituyó a firme a bordo para salvar su «Esmeralda». Se trajo jente de todos los buques i se arrimó a la «Esmeralda», remolcadores, lanchas i toda clase de elementos para achicarla, alijerarla de peso i hacer todo lo posible por salvarla; ese dia i la noche fué de asiduo i no interrumpido trabajo.
Al dia siguiente, se aumentaron los elementos i se desarrolló mas actividad para estar listos i aprovechar la alta marea del dia. El «Ancud», a cargo del capitán Pomar, se fondeó por delante i mandó un buen calabrote. Los remolcadores, las lanchas, los botes que van i que vienen, el sinnúmero de trabajadores i espectadores, hacen de aquella escena un verdadero enjambre, en que todos trabajan con anhelo por salvar a su reina, por salvar a la querida «Esmeralda», que es la reina del Pacífico.
La hora se aproxima; el humo de las bombas i vapores anuncia que se activan sus fuegos para desarrollar el máximum de poder en el momento necesario.La nerviosidad se pinta en todos los semblantes. El Almirante Williams se pasea en la toldilla i de cuando en cuando consulta su reloj, para que no se le pase la hora de la marea. Faltan veinte minutos, el Almirante no resiste a su impaciencia i con sonora voz le grita a Pomar: ¡listo, comandante, listo a los remolcadores!. Todo el mundo está en suspenso; parece que todos estuviesen listos para hacer cada uno un esfuerzo personal. La hora suprema llega, i a la voz de adelante, todo se revuelve, se estiran i crujen los calabrotes, la «Esmeralda» se mueve, i cuando ya se creia iba a zafar, un tremendo estallido, anuncia que el calabrote del «Ancud» se habia partido en dos. Gran descepcion; las esperanzas se pierden por el momento, pero como el caso estaba previsto, inmediatamente el «Ancud>; entrega otro calabrote, i en dos botes se le lleva nuevamente a la «Esmeralda». Faltan cinco minutos, ya parece que se va a perder esta oportunidad; faltan tres minutos; lista nuevamente, ahora la nerviosidad es aun mayor. ¡Adelante! grita la sonora voz del Almirante. ¡Toda fuerza!... Los cables crujen, la corbeta se mueve, pero siempre firme, hasta que de repente, con un brusco movimiento, rompe el encadenamiento que la tenia ligada a esa playa, para volver airosa al elemento en que meció a nuestros heroicos capitanes. Los vivas, hurras i gritería de la multitud que habia en la playa, la de las tripulaciones de todos los buques, que subian a los palos vivando aquel acontecimiento, los remolcadores i lanchas con sus pitos, revelaban la sinceridad del regocijo de ver otra vez a flote su vieja «Esmeralda».
Pero sobre ese cuadro de loco entusiasmo patrio, hai dos grandes figuras que se destacan: una es el Almirante Williams que, gorra en mano, blandiéndola por el triunfo obtenido sobre los elementos,
se olvidaba que en esa misma toldilla, frente a Papudo, habia conquistado para su pecho la gloria mas pura que siempre lo ha hecho ser el mimado del pueblo chileío.
La otra figura está allá, a proa, en el castillo, en lugar subalterno; ese hombre, al parecer severo, austero, tiene alma i corazón muí grandes; pero él supo cubrirlas con el manto de la modestia, hasta
que los enemigos de su patria, el 21 de Mayo, frente a Iquique, lo obligaron a descubrirse de cuerpo entero. Entonces, entregándolo en la cubierta de esa misma «Esmeralda» al cuidado de sus compañeros, lanzóse a lo desconocido, para traer de allá del firmamento; la estrella mas brillante con que adornamos la constelación de nuestras glorias nacionales,"

Crónicas de la Marina Chilena
Alberto Silva Palma
La fotografía muestra a la Esmeralda en el año 1876

2 comentarios:

  1. Que linda narracion con tanta descripcion , con estos detalles uno se siente orgulloso de nuestros heroes navales

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    1. Si, es mejor escribir el relato fiel a lo acontecido y a cómo lo hizo el escritor, en este caso el Almirante Silva Palma..Gracias por comentar.

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