miércoles, 27 de abril de 2016

"DIFICULTADES EN LA CUESTA DE ITE"


Era Mayo de 1880,  y la artillería no podía aún ser desembarcada y llevada hasta el campo de batalla. Los generales Velásquez y Baquedano esperaban impacientes que el armamento fuera trasladado, pero no se hacía fácil debido a los pedregosos y arenosos  terrenos por los que la caravana debía emprender la ascensión.
En esos momentos de extrema urgencia,  es que surge el héroe, y el tesón y fuerza del roto chileno. Leamos cómo el Capitán Orella se las arregla para cumplir con aquel duro cometido en la caleta de Ite:
"...Velásquez venia clamando por su artillería...
En la desesperación de este conflicto, el capitán Orella, comandante de la  «Covadonga», que allí estaba presente, salió al frente para hacerse cargo del trabajo. El, en persona, con sus marineros i elementos de la goleta, estableció, desde la playa hasta la cumbre, un servicio de aparejos i andariveles.
El comandante Ricardo Santa Cruz, con sus zapadores, dirijidos por Orella, uno a uno cada cañón, cada armón, eran tirados pendiente arriba, escalonando en los cortes ex-profeso labrados en el cerro,
hasta hacerlos llegar a la cima. La cosa urjía i de luz a luz se trabajaba sin cesar.
Una tarde Orella flaqueó, le faltaron las fuerzas i cayó rendido. Don Rafael Sotomayor lo hizo levantar i llevarlo a acostarse a su propio lecho, en su tienda de campaña, i el mismo Ministro de Guerra en campaña, veló por el reposo de ese patriota i esforzado trabajador.
Cuando se levantó, un tanto restablecido, el Ministro le declaró que por su trabajo era acreedor al ascenso que se conquista un militar en el campo de batalla en actos de arrojo i valentía. Baquedano, a su vez, en su parte oficial, decia también que el paso de la artillería por la cuesta de Ite honraba a los que lo llevaron a cabo.
El 8 de Mayo, con llegar arriba el último cañón, una salva mayor anunció a Baquedano que ya tenia artillería para su Ejército, quedando desde ese momento grabado en una de las pajinas de la, historia el nombre de don Manuel Joaquin Orella."

Crónicas de la Marina Chilena
Alberto Silva Palma

"ACERCA DE MANUEL JOAQUÍN ORELLA ECHÁNEZ"

"...Su afición a la mar, al alquitrán i a todo lo que se relaciona con el arte del marinero, eran sus verdaderas inclinaciones; no había cosa marinera que él no supiese hacer con sus propias manos; los botes a la vela los manejaba con verdadera maestría, dándole con razón todo ese conjunto la fama de buen marinero, i como en ello mezclaba también su buen ojo para dar en el blanco, se le tenia por buen artillero.
Cuando se iniciaron las hostilidades de la guerra del Pacífico, a Orella le tocó trasladarse al norte en la corbeta "Esmeralda" bajo las órdenes del Comandante Thompson, i a principios de Mayo, cuando Williams preparaba su espedicion al Callao, Orella fué trasbordado a la «Covadonga», bajo las órdenes del Comandante Condell, buque que le sirvió de arena i para desplegar en él el ímpetu de su valor i demostrar públicamente la sinceridad de su aquilatado patriotismo.
El 21 de Mayo, cuando la «Covadonga», perseguida por la «Independencia», daba vuelta rozando las piedras de la isla para seguir rumbo al sur, se inició entre esos dos buques una lucha en estremo desigual: era el elefante persiguiendo a la hormiga, para anonadarla  en el primer momento en que lograse llegar a su contacto. Pero en esa hormiga habia hombres de temple de acero i en sus corazones la sangre bullía de patriotismo, i con su chivateo supieron mantener hasta lo último el mismo entusiasmo i decidida resolución.
Ese chivateo no debe existir en un buque de guerra, como no existió en la «Esmeralda»; pero con el carácter jovial, alegre i casi de un niño, que siempre caracterizó a Condell, no sólo toleró sino que fomentó con su actuación, i quizas en ello hacia bien, pues así no dejó por un momento que se adormeciera ni aconchase ese espíritu, sino que por el contrario, lo supo mantener siempre en continua ebullición.
Cuando la «Independencia» palpaba la ineficacia de su artillería, largada por andanadas de uno u otro lado, parece que se enfurecía i se lanzaba a fondo para ultimar de una estocada a su pequeño e insolente contendor.
Pero los defensores de la goleta, al ver casi encima a este jigante, jadeante i rabioso, mas se entusiasmaban, i en esos momentos se veia a Condell desenvainar su espada, afilarla en los pasamanos del puente para en seguida amenazar al encastillado Moore del «Independencia».
Orella, a su vez, sin largar la rabiza de su cañón i mientras se cargaba nuevamente la pieza, con su vozarrón hacia saber a Moore i sus tripulantes, en lenguaje bien franco i castizo, la clase de enemigos
con quienes se las tenían que ver. Cuando la ineptitud de Moore dio al diablo con su poderoso blindado, la goleta volvió sobre sus pasos, hasta que a cañonazos  obligó a su enemigo a cambiar por blanca la bicolor bandera, que antes tremolaba con tanto orgullo en su pico de mesana.
Orella, en este delirio, desenvaina su espada, blandiéndola de gusto, i en un descuido hiere a uno de sus marineros en la cara, i como la sangre principiase a manar, Orella lo abraza i pide mil perdones,
sin fijarse que él se ensangrentaba su rostro con la sangre del marinero.
Restablecida la calma, Condell llama i reúne en consejo a sus oficiales para resolver lo que debían hacer viéndose solos, averiados i con el «Huáscar» que salia de Iquique en su persecución después
de haber hundido a la gloriosa «Esmeralda». Condell, Estanislao Lynch, Eduardo Valenzuela i Sanz, opinaron por hacerse inmediatamente mar afuera, para con la noche despistar a su perseguidor. Orella, radiante i. desenvainando su espada, protesta i dice: «Ya que la suerte está con nosotros, yo soi de opinión que salgamos al encuentro del «Huáscar» i nos lo tomemos al abordaje.»
Por supuesto, la mayoría se impuso, i Orella, mal que mal que le pesase, tuvo que envainar nuevamente su victorioso sable, para ocuparse de poner en salvo su averiada goleta."

Crónicas de la Marina Chilena
Alberto Silva Palma

"LOS VIEJOS ESTANDARTES" LOS CUATRO CUARTOS

UN HUMILDE HOMENAJE  A  AQUELLOS VIEJOS SOLDADOS QUE RINDIERON EL SACRIFICIO SUBLIME POR LA PATRIA.
LOS QUE VOLVIERON Y LOS QUE ALLÁ QUEDARON, SEPULTADOS ENTRE LA ARENA Y EL CALICHE, DESIERTO EL CUAL GUARDA SUS CUERPOS Y SUS ALMAS.
¡VIVA CHILE! ¡Y SALVE A NUESTROS SOLDADOS

viernes, 22 de abril de 2016

"LA TOMA DE PISAGUA Y EL GUARDIÁN BRITO"



"Al amanecer del dia 2 de Noviembre de 1879, parte de la Escuadra de Chile, i un buen número de trasportes, presentaba frente al puerto de Pisagua la primera división del Ejército chileno que iba a operar en la provincia peruana de Tarapacá.
Tan pronto como las primeras claridades del alba rompieron el velo calimoso que cubría los empinados cerros del puerto, el «Cochrane» i la «O'Higgins», que componían la primera división; la
«Magallanes» i «Covadonga» la segunda, se lanzaron resueltamente dentro del puerto para batir los fuertes que a norte i sur defendían la entrada.
El silencio i la calma eran completos, a bordo no se sentía mas ruido que el de las máquinas i el producido por las aguas al chocar contra los costados. Ni una voz de mando, ni una corneta, nada que significase que allí dentro de esos buques iban cientos de hombres llenos de vigor i de vida, dispuestos a rendirla por la bandera, que en esos momentos se izaba para cubrirlos i servirles de mortaja, si así lo exijiesen las condiciones del combate. Todo el mundo en sus puestos, los cañones cargados i obedientes a la mano del cabo, se ronzaban lentamente, siguiendo con sus miras la dirección del fuerte que iban a batir.
Los comandantes, a su vez, i por indicaciones, dirijian el rumbo de sus buques hacia el mismo objetivo. Desde las cofas, el oficial piloto con su pizarra iba indicando las distancias que los separaban del fuerte:—¡tres mil quinientos metros!... ¡tres mil!... ¡mil novecientos metros!—El fuerte sur rompe sus fuegos i su granada pasa silbando por sobre el buque. Este disparo fué la palabra de orden para que los cuatro buques rompiesen sus fuegos i empezara el duelo.
El «Cochrane» i la «O'Higgins», que estaban dedicados al fuerte sur, con su nutrido i certero fuego, lo mantenían constantemente cubierto de tierra i humo, producido al reventar las granadas contra sus parapetos. La lucha seguia, hasta que un preciso i certero disparo de la colisa mandada por el guardián Francisco Brito, pegándole sobre la muñonera del cañón, lo inutilizó i dio de baja casi a toda la dotación del fuerte, quedando con esto cumplida la misión de los buques para con los fuertes.
Por esos momentos, ya los trasportes acercándose al puerto, habían tomado en las embarcaciones menores el primer continjente de tropas, que debia poner pié en tierra. Los buques de guerra, ya desocupados de los fuertes, se acercaron a tierra para protejer el desembarco contra las fuerzas enemigas, ocultas tras las piedras, casas i montones de salitre. Antes de llegar las embarcaciones a tierra, ya el cañoneo i el combate se habian hecho jenerales, entrando en acción los buques, todas las fuerzas enemigas i los chilenos, a medida que iban desembarcando. El incendio de la población i del salitre no se hizo esperar, produciendo esta combinación una conflagración i humareda que en
muchos lugares era asfixiante. La configuración de la bahía, espaldeada por cerros mui altos, formaba de todo este conjunto un tremendo saco, donde cada cañonazo, descarga de rifle o detonación de salitre repercutía cientos de veces, haciendo un ruido infernal i aterrador: era aquello un verdadero infierno.
Como decia mas arriba, el primer continjente fué desembarcado en los botes; digo mal, no fué desembarcado, sino tirado a las rocas de un lugar, que no es desembarcadero, i mas que todo, lanzado
en las astas del toro, que allí, a mansalva, bien atrincherado si a corta distancia, hacían de los nuestros una matanza segura; pero no por esto faltó un Amador Barrientos, que arrancando la bandera de su bote, saltó sobre una colina, enarbolando por primera vez en aquella tierra el tricolor chileno, para indicar a los de a bordo que allí estaba el camino de la gloria.
El segundo continjente principió a llegar al mismo lugar i en peores condiciones que el primero. Estos eran apiñados en lanchas planas i remolcados hasta las rocas, se les largaba el remolque, i ¡adiós! ¿Qué sucedería con esos pobres que no podian desembarcar, ni hacerse mar afuera, ni siquiera hacer uso de sus armas? No podian hacer otra cosa que esperar i encomendar su alma a Dios.
Mientras tanto, los enemigos se habían atrincherado arriba, en el camino de zig-zag del ferrocarril i dominando desde allí completamente la pendiente del cerro, no permitían subir a ninguno de los
nuestros. La situación era por demás difícil, el clamoreo jeneral, i no habia quién no censurase la manera inconsulta cómo se inició aquella operación de guerra. Aquel puñado de valientes estaba metido en una ratonera; ni las fuerzas desembarcadas ni los buques podian desalojar aquel atrincheramiento que estaba haciendo tantos perjuicios i estragos. Ayudantes del Estado Mayor fueron a todos los buques casi a suplicar que hiciesen fuego sobre aquella altura. En todos se les daba la contestación de que los cañones no podian dar esa elevación.
Ya la cosa iba siendo grave i las caras se ponían largas i acontecidas. Felizmente, en la «O'Higgins» hubo una buena idea. El oficial de artillería indicó a su comandante Montt la conveniencia de colocar todos los pesos i artillería, menos un cañón, al costado de babor, para así tumbar bien el buque, i con el único cañón que quedaba al otro lado i a toda elevación, hacer la prueba de si así se alcanzaría.
Antes de cinco minutos ya a la gallarda «O'Higgins se le veia completamente acostada, i sólo una colisa se asomaba como apuntando al cielo por el costado de estribor. El teniente Herrera, oficial-piloto, dio la distancia: ¡novecientos cincuenta metros!—Brito, cabo de ese cañón, saca la cuña, asienta la culata sobre la esplanada i cruzándose de piernas, sin preocuparse que el retroceso podia dar cuenta de él, puso su alma en aquella puntería. Todos a bordo estábamos pendientes de aquel tiro; Brito, con la calma de un aguerrido, no se precipita i con su mano de dedos torcidos, manda a la derecha, a la izquierda; todos estamos suspensos i fijos en ese hombre. Tira la rabiza i Brito es arrollado por el retroceso; se para erguido i mira la trinchera. Un hurra jeneral i una diana de todos los buques fué el festejo que aquel hombre recibió por tan famoso disparo. La granada reventó en medio del campo enemigo, i con esa se encontró la clave para que los nuestros subiesen sin mas inconveniente."

Acerca de José Francisco Brito
Crónicas de la Marina Chilena
Almirante Silva Palma

miércoles, 20 de abril de 2016

"EL DÍA SIGUIENTE DE MIRAFLORES"

"Si yo tuvuiera dotes de escritor realista, de cuya carencia  me he lamentado, podría trazar el cuadro que presentaba a mis ojos ese día, sin omitir ningún detalle; pues no obstante el tiempo transcurrido, ¡más de cuarnta años!, lo recuerdo perfectamente. Cerrando los ojos y haciendo un pequeño esfuerzo mental, me parece que veo como en un cuadro todo lo que entonces vi, percibiendo hasta los detalles más insignificantes.
Si me parece divisar  los grupos de oficiales tendidos, recostandose unos en otros y a los asistentes que llegan hasta ellos llevándoles trozos de asado, galletas, agua o café.
Y veo también grupos de soldados, alrededor del fuego, esperando la cocción de algo que tienen sobre él, otros limpian sus rifles, o se asean o lavan pañuelos, calcetines u otras prendas; o mientras componen y limpian el dorman procurando que los botones resplandezcan, o los afirman, y hasta veo algunos en calzoncillos afanados componiendo sus pantalones... Y reconozco rostros y veo la alegría reflejada en los semblantes y me parece oír los dicharachos de algunos y las bromas que otros se hacían que incitaban a los oyentes a prorrumpir en alegres risotadas.
Y diviso también a algunos oficiales, retirados y muy serios, que están escribiendo afirmando el papel en un tambor, o en el revés  del plato de la caramañola...
Y a "Lautaro", corriendo de un grupo a otro, alegre y retozón, movieno el rabo y restregándose con los que lo acarician...
¡Ah!...Si yo pudiera  describir el campamento del Lautaro el día siguiente de Miraflores, estoy seguro que deleitaría a los lectores. ¡Tan bello era su aspecto!...
¡y si pudiera vhacer que se compenetraran de los sentimientos  de los oficiales y tropa, afirmo que no habría  ningún lector chileno que no se enorgulleciera de serlo!..."

Seis Años de Vacaciones
Arturo Benavides Santos

jueves, 14 de abril de 2016

RENDICIÓN Y OCUPACIÓN DE IQUIQUE

El Coronel Rios, antes de partir, hizo presente a los Cónsules que , obedeciendo órdenes superiores, se trasladaba al interior i les hacia entrega de la poblacion, advirtiédoles que quedaban en la plaza los gloriosos tripulantes de la Esmeralda con escepcion de los oficiales que habian sido internados a Tarma, i el hospital con sus heridos i enfermos. Los Cónsules echaron mano del único elemento organizado que quedaba, que eran las compañías de bomberos formadas con estranjeros las que patrullaron armadas las calles, mientras se comunicaba a Latorre, Jefe del bloqueo, lo que ocurria en tierra. Los Cónsules se trasladaron al Cochrane en la tarde del dia de la rendición, despues que la division de Rios habia partido de la ciudad, a poner ésta en manos de Latorre, i en la mañana del 23 de noviembre bajaron 115 individuos de la marineria del blindado, de la Covadonga, i algunos de la Artilleria de Marina con sus oficiales. Latorre nombró Jefe de la plaza al 2° comandante del Cochrane, Capitan Gaona; confió la policia de la poblacion al teniente del mismo buque don Juan M. Simpson, i despachó la Covadonga a Pisagua a comunicar al ministro lo que sucedía, la que surjió en esta rada, como ya lo dije, en la madrugada del 23.
Sotomayor se trasladó en el acto a Iquique la tarde de este dia por mar llevando un batallon del Esmeralda, i en la tarde de este dia tomó posesion de la ciudad. La poblacion estaba tranquila. Los peruanos habian huido dejando sus casas cerradas; los estranjeros que tenian intereses en la poblacion se manifestaban contentos porque habian temido el incendio o el saqueo.


Escribiédole a Pinto le decia:

"Noviembre 26. Se han tomado medidas severas para evitar los robos. Yo dispuse que a todo el que se sorprendiera robando se le aplicasen cincuenta azotes i asi se ha hecho con algunos chinos que intentaron saquear una casa. Se dio órden tambien de hacer fusilar al que fuese sorprendido en conato de incendio porque se decia que habia algunos griegos que intentaban incendiar la ciudad. La seguridad dada por nuestras fuerzas a los habitantes ha sido completa."

Guerra del Pacífico
Gonzalo Bulnes

martes, 12 de abril de 2016

"AMADOR BARRIENTOS EN PISAGUA"

"...el primer continjente fue desembarcado en los botes; digo mal, no fue desembarcado, sino tirado a las rocas de un lugar , que no es desembarcadero, i más que todo, lanzado en las astas del toro, que allí, a mansalva, bien atrincherado si a corta distancia, hacían de los nuestros una matanza segura; pero no faltó un Amador Barrientos, que arrancando la bandera de su bote, saltó sobre una colina, enarbolando por primera vez en aquella tierra el tricolor  chileno, para indicar a los de a bordo que allí estaba el camino de la gloria."

Homenaje del Almirante Alberto Silva Palma  a don Amador Barrientos Adriazola, a quién la historia ha reivindicado hace un poco tiempo atrás, dándole un monumento y un sitial más que merecido por su patriotismo, arrojo y valentía.
Cronicas de la Marina Chilena

viernes, 8 de abril de 2016

"EL NAUGRAGIO DE LA ESMERALDA"



"El 24 de mayo de 1875 la corbeta «Esmeralda» estaba amarrada en Valparaíso al norte de los diques, i por delante de ella el vapor «Valdivia» con la Escuela de Grumetes a su bordo.
La mañana amaneció atemporalada i con tiempo amenazante.
A las 9 A. M., cuando su comandante señor Luis A. Lynch Z. llegaba al muelle, ya el temporal estaba declarado, los vapores caldeaban sus máquinas, i todos los buques se preparaban a resistirlo.
El «Valdivia» garreando sus anclas, principiaba a venirse sobre la «Esmeralda», rompiéndole primero el botalón de foque i bauprés en seguida.
El comandante Lynch toma una chalupa i se dirije a bordo; a medio camino, los fleteros se atemorizan con el temporal i se niegan a seguir adelante; pretenden regresarse a tierra; Lynch, a su vez, se niega a permitirlos volver, i armándose de la bayona, la alza amenazante, diciéndoles que si no seguian adelante, estaba dispuesto a romperles la crisma. Los fleteros, ante razón tan contundente, tuvieron que ceder i seguir avante hasta dejar a Lynch en su buque.
El «Valdivia» seguia moliendo el tajamar i proa de la «Esmeralda», i a los pocos momentos de llegar a bordo su comandante, las cadenas de ambas anclas también cedían i se cortaban. La máquina no estaba lista para moverse, a pesar de los esfuerzos que se hicieron para levantar vapor.
Como faltan las cadenas, el buque se atraviesa a la mar i principia, desgaritado como ya se encontraba, a dar tremendos balances, que desde tierra permitían ver completamente toda la cubierta.
Atravesado iba encaminándose sobre la proa de los diques i de un momento a otro parecía acercarse a su fin; el palo trinquete, ya  sin sujeción a proa, por la cortadura de los estayes, se troncha por su base, derrumbándose sobre el costado de babor i llevándose en su caída uno de los cañones de esa banda.
Todo el mundo daba ya por perdida la corbeta: sólo un milagro o una casualidad podría salvarla.
El capitán Prat, oficial del detall de la «Esmeralda», el dia anterior había avisado que estaba enfermo i que tenia que guardar cama. Con este permiso, ya quedaba exonerado de toda obligación i responsabilidad; pero como Prat tenia una concepción del deber, mui distinta de la manera como la interpreta la jeneralidad de las jentes, al sentir el rujir del vendabal, sin saber lo que en la bahía acontecía, abandona el lecho i se alista para ir a cumplir con su deber. Su santa esposa, la señora Carmela Carvajal, le abre la puerta, le franquea el paso i despide a su querido compañero con una dulce mirada, que envolvía en sí el cariño i la resignación.
Al llegar Prat al muelle, el cuadro que se presenta a su vista, es por demás aterrador. Temporal deshecho, i allá por delante de los diques, desgaritada i desmantelada, su otra esposa que lo habia hecho abandonar su lecho de enfermo.
Conseguir bote para ir a bordo en esas circunstancias era bien difícil, por no decir imposible; felizmente, después de súplicas i de ofrecer una fuerte prima, consigue una chalupa aparejada de cuatro buenos remeros; ganar el bote en las rompientes del muelle, no era cosa fácil, pero con decisión i no importándole el verse bañado por las olas, pronto vimos a Prat airoso navegando hacia su buque.
Llegó al costado de la «Esmeralda» cuando ésta había ya rebalsado los diques hacia el Almendral.
Pretender subir a su bordo por escalas o sus costados, habría sido tratar de cojer desde la playa la torre del Espíritu Santo; los balances eran tan grandes, en la posición que el buque se encontraba, que tuvo que pedir le tirasen un cabo. Se lo amarró a la cintura i se hizo izar como un fardo. Pero consiguió constituirse a bordo para compartir con sus compañeros el peligro, i en cumplimiento de su deber hundirse con su buque si fuese necesario.
La «Esmeralda» siguió su via-crucis, llevando a la rastra en el agua, las jarcias, arboladura i palo trinquete. Entre las filas de buques iba pesadamente corriéndose hacia el este; al llegar a las inmediaciones del pontón «Maipú», su antiguo consorte de la campaña del 66, parece que éste desconoció a su vieja compañera i en lugar de ayudarla en su desgracia, la recibió en la punta de su lanzado tajamar, incrustándoselo por debajo de la bovedilla para destrozarle la popa e inutilizarle el timón.
Ya con este nuevo percance, perdieron por completo las esperanzas de controlar los movimientos del buque, cuando la máquina hubiese estado en condiciones de moverse. Sigue i sigue corriéndose lentamente hacia el Almendral. El tiempo no amaina; por el contrario, parece gozarse en la desgracia.
Llega la tarde, se acerca la noche, la mano caritativa de un buque vecino, logra tirarle un cable, el que, reforzado con otro, los detiene momentáneamente.
Al ponerse el sol, cuando en todos los buques se arria la bandera, en esta ocasión es otra bandera la que tenemos que ver, ¡no es bandera que se arria! ¡es bandera que se iza, es la bandera grande
de la «Esmeralda», que en medio de la bruma i de la lluvia, se le divisa izada al revés en el tope de mesana. Es ausilio que piden esos náufragos i ayuda que solicita la lejendaria «Esmeralda»!
No hai un bote salvavidas, no hai una brigada salvadora con qué socorrer a aquellos infelices ni con qué ausiliar a esa gloriosa.
Todos en tierra nos miramos, i parece que hasta el habla se nos enmudece ante tan tremenda espectativa.
El sol se pone i la noche nos deja en la mas amarga incertidumbre. Desde por la mañana, en los balcones de la Bolsa Comercial habia tres oficiales de marina, que paso a paso seguían las peripecias
de aquel naufrajio. Esos oficiales eran Ramón Serrano, Guillermo Aguayo i Silva Palma.
Cuando la bandera se puso en ausilio i sobrevino la noche, aquellos oficiales no pudieron permanecer indiferentes ante la suerte que en esos momentos estaba corriendo su simpática escuela i sus queridos maestros, i sin consultarse, instintivamente se trasladaron hacia las playas de Jaime, probable sitio donde tendría que encallar la corbeta.
Momentos después de llegar, como a las 7.30, en medio de la oscuridad i sobre la reventazón de las olas, se divisa una masa negra que poco a poco va creciendo: esa es la «Esmeralda», que guiada por
su comandante Lynch, la embarranca en ese sitio para salvar su tripulación; su casco estaba tan averiado i llenándose de agua, que habría sido temeridad aguantarse toda la noche flotando en mucho fondo, con peligro de irse a pique. Tan pronto como advertimos los de tierra su varadura, encendímos grandes fogatas para hacer ver a los de a bordo que allí había jente dispuesta a ayudarlos i prestarles ausilios.
Los tres tenientes ya nombrados i el capitán Hudson, principiaron a ver manera de establecer comunicación con los de a bordo i, al efecto, amarrados de la cintura i tomados de la mano para no ser arrollados por las olas, se metían a la reventazón para pescar los maderos que de a bordo estaban arrojando al agua amarrados a piolas largas i lijeras. .
Después de algunas tentativas, revolcaduras i zabullones, consiguieron traer a tierra una de ellas, i por ésta les mandaron de a bordo una espía de cinco pulgadas; la pasaron por sobre la muralla de la estación, aseguraron su chicote a los rieles, i a bordo por medio del cabrestante, se tesó hasta dejarla bien templada; un grillete corredizo i una línea a bordo i a tierra dieron por concluido el andarivel de salvamento.
De a bordo avisan que jalemos, corremos con precaución, por ser el primero, i con temor de tener un percance; se ve que un bulto viene colgando; es un hombre, es el primer náufrago de los ciento i
tantos que hai a bordo que ponemos en salvo; media docena de voluntanos se precipitan a recibirlo en brazos, es el teniente Chaigneau; un hurra i un contento jeneral se hace sentir. Ya con esto el correo quedaba establecido i seguimos con el tira i afloja hasta las cuatro de la madrugada, en que llega el penúltimo; este es el comandante Lynch.
Quedaba un último, el de mas fuerzas, para que sólo, pudiese cobrar la línea por última vez; este era un enorme negro yankee, de apellido Kelson; como se demorase mucho en avisar que cobrásemos,
principiamos a entrar en cuidado, pero luego salimos de dudas: el señor negro, no queriendo perder su equipo, venia cargado con un enorme atado hecho en una sábana. Ya con esto quedó todo concluido, esperando la claridad del dia i el buen tiempo para seguir con la corbeta.
El almirante Williams, llegó uno de los primeros i se constituyó a firme a bordo para salvar su «Esmeralda». Se trajo jente de todos los buques i se arrimó a la «Esmeralda», remolcadores, lanchas i toda clase de elementos para achicarla, alijerarla de peso i hacer todo lo posible por salvarla; ese dia i la noche fué de asiduo i no interrumpido trabajo.
Al dia siguiente, se aumentaron los elementos i se desarrolló mas actividad para estar listos i aprovechar la alta marea del dia. El «Ancud», a cargo del capitán Pomar, se fondeó por delante i mandó un buen calabrote. Los remolcadores, las lanchas, los botes que van i que vienen, el sinnúmero de trabajadores i espectadores, hacen de aquella escena un verdadero enjambre, en que todos trabajan con anhelo por salvar a su reina, por salvar a la querida «Esmeralda», que es la reina del Pacífico.
La hora se aproxima; el humo de las bombas i vapores anuncia que se activan sus fuegos para desarrollar el máximum de poder en el momento necesario.La nerviosidad se pinta en todos los semblantes. El Almirante Williams se pasea en la toldilla i de cuando en cuando consulta su reloj, para que no se le pase la hora de la marea. Faltan veinte minutos, el Almirante no resiste a su impaciencia i con sonora voz le grita a Pomar: ¡listo, comandante, listo a los remolcadores!. Todo el mundo está en suspenso; parece que todos estuviesen listos para hacer cada uno un esfuerzo personal. La hora suprema llega, i a la voz de adelante, todo se revuelve, se estiran i crujen los calabrotes, la «Esmeralda» se mueve, i cuando ya se creia iba a zafar, un tremendo estallido, anuncia que el calabrote del «Ancud» se habia partido en dos. Gran descepcion; las esperanzas se pierden por el momento, pero como el caso estaba previsto, inmediatamente el «Ancud>; entrega otro calabrote, i en dos botes se le lleva nuevamente a la «Esmeralda». Faltan cinco minutos, ya parece que se va a perder esta oportunidad; faltan tres minutos; lista nuevamente, ahora la nerviosidad es aun mayor. ¡Adelante! grita la sonora voz del Almirante. ¡Toda fuerza!... Los cables crujen, la corbeta se mueve, pero siempre firme, hasta que de repente, con un brusco movimiento, rompe el encadenamiento que la tenia ligada a esa playa, para volver airosa al elemento en que meció a nuestros heroicos capitanes. Los vivas, hurras i gritería de la multitud que habia en la playa, la de las tripulaciones de todos los buques, que subian a los palos vivando aquel acontecimiento, los remolcadores i lanchas con sus pitos, revelaban la sinceridad del regocijo de ver otra vez a flote su vieja «Esmeralda».
Pero sobre ese cuadro de loco entusiasmo patrio, hai dos grandes figuras que se destacan: una es el Almirante Williams que, gorra en mano, blandiéndola por el triunfo obtenido sobre los elementos,
se olvidaba que en esa misma toldilla, frente a Papudo, habia conquistado para su pecho la gloria mas pura que siempre lo ha hecho ser el mimado del pueblo chileío.
La otra figura está allá, a proa, en el castillo, en lugar subalterno; ese hombre, al parecer severo, austero, tiene alma i corazón muí grandes; pero él supo cubrirlas con el manto de la modestia, hasta
que los enemigos de su patria, el 21 de Mayo, frente a Iquique, lo obligaron a descubrirse de cuerpo entero. Entonces, entregándolo en la cubierta de esa misma «Esmeralda» al cuidado de sus compañeros, lanzóse a lo desconocido, para traer de allá del firmamento; la estrella mas brillante con que adornamos la constelación de nuestras glorias nacionales,"

Crónicas de la Marina Chilena
Alberto Silva Palma
La fotografía muestra a la Esmeralda en el año 1876

"LOS BOTEROS DE IQUIQUE" LETRA DE LA CANCIÓN DE LOS CUATRO CUARTOS

"Con las sombras de la noche
cuatro boteros de Iquique
hicieron dos ataudes
y un par de cruces de niquel.
La caracola del viento
silbando entre las olas
va repitiendo el lamento
de la vieja mancarrona.
De la corbeta de Prat
de la heroica capitana
que etá anclada en el fondo
como gaviotas sin alas.
Con las tablas de sus lanchas
martillando entre las sombras
hicieron las cajas altas
cuatro boteros patriotas.
Y en esas maderas viejas
carcomidas por el mar
recalaron en la tierra
restos de Serrano y Prat.
Cuando en las noches de pesca
zurcan sobre la Esmeralda
los boteros se persignan
ante esa tumba sagrada."
.
Los Cuatro Cuartos
Imagen de La Lira Chilena, año 1904

jueves, 7 de abril de 2016

PARTE DE EMILIO VALVERDE ACERCA DEL DESEMBARCO EN JUNÍN

Pisagua, Noviembre 3 de 1879.
Señor Comandante en Jefe:
Comisionado para hacer el reconocimiento de la caleta de Junin i dirijir el desembarco de las tropas en este lugar, me dirijí a él con el primer convoi compuesto de los botes del Amazonas i vapor Itata, llevando on ellos parte del batallón Naval i parte del 3. ° de línea, formando en todo un total de doscientos hombres.
Antes de desembarcar, ordené que los botes que formaban el convoi se mantuvieran a la entrada de la caleta, i avancé en la primera canoa al interior de ella, saltando en tierra frente a las casas del lugar, sin oponérseme resistencia por haber huido la guarnición que allí había, por los disparos de cañón hechos por el crucero Amazonas momentos antes de fondear. Coloqué el pabellón nacional en un lugar bien visible, el que fué saludado desde a bordo con entusiastas vivas. Acto continuo hice señales a los botes de dirijirse al atracadero, que aunque malo, por la multitud de rocas que obstruyen la entrada i levanta una mar gruesa, se logró desembarcar sin el menor accidente, desde las 11 h. 50 mnts. a.m. hasta las 5 p.m., dos mil quinientos infantes con sus jefes i oficiales correspondientes, siete piezas de artillería con sus mulas i municiones i treinta caballos. Los subtenientes don Domingo Chacón i don Otto Moltke, ayudante del que suscribe, manifestaron, en el desempeño de su cometido, una actividad, celo e intelijencia consiguientes a la urjencia del caso.
Dios guarde a V . S.
EMILIO VALVERDE.
Al señor Comandante en Jefe accidental de la Escuadra.

miércoles, 6 de abril de 2016

PREVIO A LAS BATALLAS DE SAN JUAN Y CHORRILLOS


"El Atacama, acostumbrado a servir de vanguardia  al ejército desde Pisagua, fue el primero en tomar las armas y moverse:
 "Pero cuando ya me disponía a formar en batalla- exclama su jefe en su diario de campaña, Diego Duble-para emprender la marcha, se me acercó uno de los capellanes del ejército, creo que un señor Vivanco, y me preguntó si tendría inconveniente en permitirle dirigir la palabra al regimiento. Le       contesté que podía hacerlo siempre que no hablase muy fuerte, pues estabamos muy próximos al enemigo. Para que al capellán pudieran oirlo mejor, hice estrechar todo lo posible las filas de la columna y en esta disposición les habló de la patria y de la religión, concluyendo por hacer arrodillar al personal del regimiento y absolverlo." 
Fue aquél a la verdad uno de los cuadros más lúgubres y más sublimes de la guerra y del patriotismo y, cunado, después de elevada al cielo íntima, muda y misericordiosa plegaria, aquellos hombres de hierro, mimados por cien victorias,movieron sus brazos para llevar a sus pechos y a su frente la  señal del cristiano, fervoroso bullicio cundió en torno a la densa columna que la religión y la esperanza agitaban como en el vaivén de onda callada y poderosa".

Campaña de Lima
Benjamín Vicuña Mackenna


FUERZAS CHILENAS EN LABATALLA DE SAN JUAN Y CHORRILLOS EL 13 DE ENERO DE 1881

"Según el parte oficial del General Baquedano, las fuerzas que en la madrugada del 13 de enero entraron en combate alcanzaban a 23.129 plazas, y estas estaban distribuídas más o menos en el orden siguiente, en las tres divisiones que componían el grueso del ejército:

División Lynch: 9 regimientos y 1 batallón, 8.000 hombres
División Sotomayor: 7 regimientos y  2 batallones, 6.000 hombres
División Lagos: 4 regimientos y 4 batallones, 6.000 hombres
Total: 20 regimientos y 7 batallones, sin contar la artillería.

La reserva, compuesta de 3.000 hombres y formadas por los regimientos 3°, Zapadores y Valparaíso, había sido elegida esta vez con más tacto que en Tacna, porque siendo el ejército a que iba a servir mucho más abultado, era inferior a aquélla en cuerpos y número. Se había ofrecido  su mando el día de la víspera al  general Saavedra, y no habiendo éste aceptado, lo condujo bizarramente por el centro de la Tablada, llenando los claros de las divisiones, el comandante de ingenieros don Arístides Martínez.
Las disposiciones del ejército chileno no podían ser, en consecuencia de todo esto, ni más acertadas  ni más felices, ni mejor combinadas. Ellas darían por tanto sus frutos en la acción, y mucho más aprisa de lo que aún los más optimistas habrían podido imaginarse."

Campaña de Lima
Benjamín Vicuña Mackenna

martes, 5 de abril de 2016

CARTA DE DON RICARDO SANTA CRUZ A SU ESPOSA

“Señora Magdalena de Santa Cruz.‑ Santiago.‑ Mejillones, Octubre 26 de 1879.
         “Malalita querida:
         Hoi sabemos que el Ejército se está embarcando en Antofagasta; a nosotros se nos ha mandado alistar también, i probablemente nos embarcaremos mañana a primera hora.
         Llega el momento supremo: es preciso saltar la barrera i entrar de lleno a cumplir con nuestro deber.
         No me atrevo a mirar atras sin sentirme conmovido profundamente; hoi, Malalita, después de los arreglos indispensables para estar listos, he tenido momentos terribles.
         Hechada la balanza a mis cuentas, la veo a usted rodeada de seres queridos, voi a cumplir el más sagrado deber de un ciudadano, i me enorgullezco de verme en situación tan favorecida; esto no obsta para que, tornándole el peso al mayor infortunio que pueda sobrevenir, tenga que entristecerme, como lo estoi actualmente.
         No he querido luchar con algunos lagrimones, que sin probabilidad de espíritu, son el resultado de involuntaria preocupación; en la seguridad que esta carta no irá a su poder hasta el fin de la campaña o hasta que yo no pueda disponer de su envío, he dado rienda suelta a mi ternura.
         Si muero, ¡fatalidad tremenda para usted i mis hijitos!... ¿qué será de usted?
         Este es el terreno vedado hoy! No me atrevo a pensarlo siquiera. ¿Pero al fin? Es menester ponerse en todo caso; así como puedo adquirir renombre i gloria, puedo encontrar mi tumba en el imprescindible deber que hai que llenar, llenarlo bien, que así lo haré.
         En previsión de todo es que escribo ésta, que la leerá riéndose si yo se la llevo, i llorando, como he estado yo, si todo ha terminado aquí.
         ¡Cuánto me cuesta escribir así, Maladita querida!... Usted se hará cargo, me conoce demasiado para que calcule por si misma cuánto sufro con esta relación que también puede ser una despedida.
         Abrigo, no obstante, la confianza que, sabiendo cumplir con mi deber, el país se hará cargo, como debe, de mis hijitos; siendo usted tan buena, como es, pasado su martirio, podrá encontrar algún bienestar, i nuestros hijitos, que en ningún trance de la usted dejará de la mano, ellos serán su mejor consuelo.
         Cuídese para ellos i tenga fuerzas para soportar el gran sacrificio!...
         A la chinita, imitando en todo a su madre, llegará a ser más feliz que ella, i nada tengo que recomendarle.
         Los niños!... Esto es lo que después me preocupa mas! Si yo les falto, por desgracia, tendrán mucho que sufrir hasta llegar a ser hombres.
         Tenía tantas ilusiones en espectativas para sacar el mejor provecho de ellos; entre los suyos i los míos fundo grandes esperanzas, que encontrarán quien los encamine i haga de ellos tanto i más de lo que yo pudiera.
         Tratando así, como de broma, este asunto en el cual tengo que considerarme muerto, i estoi lleno de vida i entusiasmo; lleno también de ilusiones para el porvenir, no es fácil que me contraiga a lo que debo; voi, sin embargo, a dejar algunas recomendaciones a los niños, para cuando estén en estado de conocerlas.
         Son sus deberes: “E1 cariño i respeto a su madre, ante todo; amor i dedicación al estudio; no dejar para mañana lo que se puede hacer hoi; trabajar por costumbre más bien que por deber; respetar a la mujer en toda circunstancia; ser francos i generosos”.
         Sólo así serán felices i no les habrá hecho gran falta su padre.
         Malalita: sin más lazos en el mundo que los de la familia, mi último pensamiento será para ustedes.
         Dios ha de querer que esto sea lo más tarde posible; reciba el adiós de su

                                                                                     RICARDO”.

La Batalla de Tarapacá
Nicanor Molinare

domingo, 3 de abril de 2016

"LA ESMERALDA"

"Cuando comenzó el combate, yo aún escuchaba en mi mente las palabras del bravo Prat:
.-¡MUCHACHOS! ¡lA CONTIENDA ES DESIGUAL! ¡PERO ÁNIMO...Y VALOR! NUNCA SE HA ARRIADO NUESTRA BANDERA ANTE EL ENEMIGO Y ESPERO QUE NO SEA ESTA LA OCACIÓN DE HACERLO. POR MI PARTE  OS ASEGURO QUE MIENTRAS YO VIVA, ESA BANDERA FLAMEARÁ EN SU LUGAR Y SI YO MUERO, MIS OFICIALES SABRÁN CUMPLIR CON SU DEBER...VIVA CHILE!!
Me mantuve firme lo más que pude, pero mi contrincante era muy poderoso y su armadura de hierro me hirió. 
Y volvió a herirme...La primera vez, sangré desde adentro, pues al ver a mi valiente Capitán abordar a esa mole, luego del espolonazo que me dio, y sentir los disparos, pensé lo peor. Sólo al escuchar los gritos de la tripulación: ¡HA MUERTO EL CAPITÁN PRAT! ¡HA MUERTO EL CAPITÁN PRAT!
Sentí que nuestro mundo se bamboleaba.
Pero ya hubo pasado la conmoción, los ¡VIVA CHILE! Se oyeron cada vez más y más...
Yo estaba cansado, pero los soldados del mar me daban la energía que necesitaba, sin embargo que se acercaba el fin.
El imperturbable Huáscar arremetía otra y otra vea, y mis hombres no dejaban de luchar, hasta que ya no pude más...fueron muchas las heridas que tuve. Mi armazon rota, incapacitado todo mi motor...
Nos hundimos, mis hombres, los que murieron heroicamente defendiendo su puesto y su bandera, se hundieron en mi, y yo con ellos.
Y aún respiro, bajo el mar, recordando aquel día en que me llené de gloria".

Parte del relato fiel de mi cuento "La Esmeralda"
Ingrid Díaz Chamorro
Litografía tomada de la revista "La Lira Chilena", año 1902