viernes, 2 de octubre de 2015

"EN EL VALLE DE SAMA"


“Un hecho doloroso ocurrió en esos días. Como carecíamos de legumbres, dió autorización el comandante para que fueran a buscarlas, internándose en el valle cuatro soldados a las órdenes del sargento Washington Cavada, joven copiapino, muy querido en el batallón, y cuyo ascenso a subteniente ya había sido solicitado por el jefe. Ordenes le fueron dadas de no cometer atropello, respetar el sexo, pagar lo que adquirieran y regresar el mismo día. Entre los acompañantes iba Bruno Cepeda, roto ladino y muy competente en esta suerte de merodeos.No regresaron en el día ni al siguiente, despertando suma intranquilidad en el batallón. Al cuarto día volvió, Bruno Cepeda con una herida en un brazo, a pata pelada, y contando una historia espeluznante.Refería que como nada encontraron el primer día de excursión, acordaron no regresar al campamento, y se internaron valle adentro hasta la cercanía de un pueblo. Pernoctaron sobre un cerro, y al amanecer encontráronse rodeados de miles de cholos, armados de escopetas, trabucos y garrotes. Poco a poco fueron estrechándolos con grandes gritos y amenazas hasta que los tomaron prisioneros, siéndoles imposible mayor resistencia. Les quitaron los rifles, les sacaron los zapatos y les amarraron las manos por la espalda.Así fueron conducidos hasta el pueblo, al que entraron en medio de una grita espantosa, y de una multitud enardecida por el odio, que los insultaba y quería lincharlos inmediatamente. La gente acudía en tropel a ver a los chilenos, seres que la fantasía popular y el miedo revestían de caracteres extraordinarios, especie de fieras o demonios. En el trayecto los niños les arrojaban piedras, singularizándose las mujeres por una odiosidad agresiva, porque los insultaban y como furias se les acercaban y les escupían e intentaban arañarlos: “comernos cruos” decía Bruno Cepeda. Introducidos a presencia de las autoridades y otros peruanos caracterizados de la localidad, se les interrogó primeramente sobre las fuerzas que contaba el ejército chileno, en las tres armas, y les inculparon en seguida sus crímenes, diciéndoles, por último, que se les iba a procesar, anticipándoles que todos serían condenados a muerte.Las fechorías que nos achacaban, decía Bruno, eran puras mentiras, inventadas para matarnos.Entre tanto, la gente numerosa que llenaba la plaza, agolpándose a la puerta de la sala, en que tenía lugar la audiencia, gritaba, enardecida: Chilenos ladrones; rotos bandidos. Échenlos afuera para matarlos a palos, como a perros.Enseguida fueron encarcelados, quedando Bruno en un cuarto, solo y con un centinela a la puerta. A media noche, consiguió, dándole un puñado de plata, que el centinela le trajese una botella de cañazo, (alcohol de caña de azúcar) Pa la pena y pa morir a gusto. Ambos pusiéronse a beber, quedando borracho y dormido el peruano y fugándose el chileno, no sin que de atrás le disparasen varios tiros, hiriéndolo en un brazo.¿Qué suerte habían corrido los otros? preguntábanle los oficiales del Atacama:

Ya los habrán muerto a todos, aseguraba Bruno."
Las Cuatro Campañas de la Guerra delPacìfico
Francisco A. Machuca

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