sábado, 27 de junio de 2015

"EL PERRO DEL REGIMIENTO"





"Los soldados del regimiento lo llamaban "Paraff". Era un can amarillo, chico, ojos saltones y mal ajestado, era un típico perro de raza común ordinario, perro capaz de llamar la atención de nadie en ninguna palabra. 
El perro compartía mayor parte en la compañía, con el muchacho del tambor y los aprendices de corneta en donde, ellos dividían su ración, de charqui y su caldo aguado, en donde nadaba soberanamente un ají, típico de la ración de un soldado chileno.
Paraff nuestro protagonista, se encariñó y estableció una simpática relación, de esas fieles entre un hombre y un perro, y así fue, con el joven valiente San Martín el corneta del regimiento que devolvía cariño con cariño.

El era un perro que se embarcó con el corneta y recorrió tantos kilómetros de costa, desde Punta Arenas hasta Valparaíso. Hasta que se declaró la guerra entre Chile y Perú y Bolivia, con su amo se embarcaron en el blindado Blanco Encalada, desembarcando en Antofagasta y estando en las ocupaciones de Cobija y Mejillones, donde emprenderían un viaje en donde las aventuras de los 2 y fidelidad rompería límites.
Cuentan que nuestro héroe canino llegando y revindicando en Antofagasta, desembarcó saltado al muelle, buscó pendencia y camorra en un can Boliviano, haciéndole morder el polvo y poner patas en polvorosa en menos que canta un gallo.
Con esto la reputación de Paraff quedo mejor sentada entre los soldados y cornetas que la de muchos jefes del ejército y los oficiales principiaron en mirar con agrado al perro.
El vigilante y alegre Paraff reconocía de cuando en cuando el campo avanzándose así el batallón y denunciando con su ladrido la presencia de algún rezagado de la extraviada división de Urriola.
Así pasaban las cosas y los días, ocurriendo así la desagradable jornada de la quebrada maldita de Tarapacá un 27 de noviembre. Las balas zumbaban en nuestros oídos y caían a nuestro alrededor como granizo: los muertos y heridos sembrados en el campo de batalla y el fragor de la lucha daba aquella quebrada maldita un aspecto terrible.

A las tres de la tarde cada cual se batía como y donde mejor le acomodaba. Un grupo de 30 soldados y cinco oficiales hacíamos frente y manteníamos a raya a varios centenares de enemigos: el corneta San Martín tocaba a degüello, de pie y sobre una gran piedra, presentando un precioso blanco al enemigo que a porfía disparaba sobre el, y al pie del bravo corneta el pequeño perro ladraba furiosamente y solo, lleno de polvo y tierra, cargaba sin cesar sobre los peruanos llegando a veces a tocar con su hocico las bayonetas del enemigo. Aquel perro era algo que conmovía el alma.
Una bala penetró por fin la boquilla de la corneta del bravo San Martín y le tendió sin vida sobre la caliente arena. El fiel Paraff se precipitó sobre el cadáver dando lastimeros aullidos y dominando con sus lamentos el ruido mismo de los tiros.
Nosotros agobiados por el número y sin tener municiones tuvimos que retroceder y alejarnos del campo de batalla.

Seis días después hubimos de volver al sitio de aquella sangrienta lucha a fin de enterrar nuestros queridos muertos y lo primero que hirió nuestros oídos fue el tristísimo lamento de Paraff, que no se había separado un momento de su amo.
Allí estaba, era el mismo perro flaco, lleno de tierra y con pelo engrifado: cuando nos acercamos y los enterradores tomaron el cadáver del corneta para echarlo en la fosa, el perro gemía y aullaba, como gime y llora un hijo por un padre, un hermano por otro.
Nos hubo de costar un triunfo de arrancar de allí al fiel animal y llevarlos con nosotros.
Desde ese día Paraff no reconoció amo; pero se dedicó con tal constancia a acompañar al regimiento, que nunca se le vio salir de su centro, y cada ves que la banda de tambores y cornetas tocaban llamada, “Paraff” se sentaba gravemente sobre sus patas traseras y lanzando conmovedores aullidos honraba con su dolor la memoria del Bravo San Martín.

Dos años justos y cabales lo vimos llorar todos los días delante de la banda de músicos, y cuando a las 9 de la noche, el corneta de guardia tocaba silencio en el cuartel, “Paraff” hacia coro fúnebre a ese toque.
Después de la ocupación en Lima, la oficialidad del cuerpo premió al valiente perro con un collar de honor en el cual se leían los nombres de Punta Arenas, Valparaíso, Guarnición del Toco, Piragua, San Francisco,, Tarapacá, Tacna, Marcha de Pisco a Turín, Chorrillos y Miraflores y los soldados reunidos en serio consejo, acordaron amarrar en su pata derecha la jineta de sargento, premiando así la constancia y abnegación del representante más patriota de la canina raza chilena en la pasada guerra con el Perú y Bolivia".

Crónicas de Guerra
Un ex combatiente de la Guerra del Pacifico
Mayor de ejercito J. Arturo Olid..

1 comentario: