domingo, 21 de enero de 2018

LA ENTRADA A LIMA

Las batallas del 13 y 15 de Enero de 1881, en las cuales nuestro ejército vence al ejército peruano, fueron sumamente sangrientas y dejaron a ambos países con cuantiosas pérdidas humanas. Hubo que juntar y enterrar cuerpos, tal vez incinerar muchos para no expandir la insalubridad que llevaría el viento en los alrededores de ambas localidades y definitivamente a la ciudad de Lima. Tarea dura paranuestros bravos soldados que venían de vivir jornadas agotadoras.
Mientras esto acontecía en los campamentos de Chorrillos y Miraflores, en Lima, desde la noche del 15 y hasta el 16, la alcaldía de la ciudad luchaba por detener a la soldadesca vencida, y enfurecida, de cometer saqueos y otras atrocidades. Es así que el 16 de aquél mes entrega la ciudad en manos del General Baquedano y nuestros viejos bravos soldados hacen su entrada triunfal el 17, esto para dar órden a la ciudad derrotada.
Leamos algunas apreciaciones de distintos testigos de este triunfal hecho histórico:


"El señor Perolari Malmignati, secretario de la Legación de Italia en Lima, describe así la entrada de las tropas, de la cual fue testigo: “El ingreso de las tropas chilenas fue admirable por el orden, disciplina y dignidad. No hubo un grito, ni un gesto. Parecían batallones que volvían de las maniobras. Lo que hacía más viva impresión, era el talante marcial y europeo de los chilenos, tan distintos, siento decirlo, de los soldados indios del Perú, que aunque vestidos y armados a la europea, parecían por lo general, marmotas.
“Estos son hombres como nosotros” exclamó un marinero de la Garibaldi; al ver a los soldados chilenos.
Esta exclamación explicaba las victorias de Chile”. (Perolari Malmignati.- “Il Perú e i suoi tremendi giorni”.- Pág. 313.)

"El doctor Santini, no es menos explícito, también testigo de visual:
“La conducta de las tropas chilenas al entrar en la vencida Lima, es superior a su fama. Los chilenos entraron no sólo sin actitud de provocación, sino con un porte que no parecía de vencedores; entraban silenciosos, ordenados, serios, modestos, tomando directamente el camino de sus cuarteles”. (Sant
ini.- “Viaggio della Garibaldi”.- Pág. 199.).


El ilustrado escritor colombiano don Vicente Holguín, casado con una distinguida dama limeña, y testigo presencial de los hechos, se expresa de esta manera, en un artículo publicado en el Repertorio Colombiano, notable revista que en aquel tiempo se publicaba en Bogotá:
“General era la creencia de que los vencedores harían ruidosa ostentación de su triunfo, y que el himno nacional chileno y la bandera de la estrella, harían apurar al vencido las amargas heces de la derrota que carecía de esos hechos gallardos y de esos nobles esfuerzos que hacen interesantes al caído y respetable la tumba de los que sucumben; pero el ejército de Chile hizo su entrada con una moderación que ponía de manifiesto la disciplina de los soldados y la sensatez de los jefes, así como sus triunfos habían atestiguado su bien dirigida bravura. Los peruanos, mal de su grado, debieron sentir la superioridad de un enemigo que después de vencerlos, les devolvía la tranquilidad de sus hogares, sin insultarlos siquiera con la risa burlona o la mirada compasiva de los fatuos.
¡Cuán diverso habría sido este cuadro final, si los sucesos de la guerra hubiera abierto las puertas de Santiago a caudillos y periodistas que proclamaban guerra sin tregua, ni cuartel, y a batallones como los que desbandados, incendiaron a Lima”.

Las Cuatro Campañas de la Guerra del Pacífico
Francisco Machuca

La litografía nos muestra al ejército marchando por las calles de la ciudad en su entrada triunfal.



domingo, 14 de enero de 2018

"UN RECUERDO PARA INICIAR EL AÑO 2018"



Estamos previo a que se nos vaya este año 2017 y no queremos dejar pasar la oportunidad de recordar a nuestros viejos queridos marinos. 
Si, porque el comienzo de toda la campaña del Norte se inició por medio del mar y continuó hasta el fin de la guerra. 
Ellos estuvieron ahí, al pie del cañón, en los momentos difíciles, desde el desembarco de Antofagasta y cada operación que se llevara a cabo; la defensa de nuestra Armada fue valerosa y certera, y las bajas que produjeron los distintos encuentros que sostuvieron con la armada peruana, no dejó sino sangre valiosa derramada en pos de la patria. La bien llamada Guerra del Pacífico tuvo en este océano a una de las armadas que, más tarde, sería respetada en todo el mundo.
Hoy les traemos el relato encontrado en el Album Gráfico Militar de Chile, de José Antonio Bisama Cuevas, acerca del 2° combate naval de Antofagasta, en el cual se enfrentaron las cañonera Magallanes y corbeta Abtao, junto con las baterías de tierra, contra el Huáscar.
Es un relato bastante extenso, pero nunca nos cansamos de leer las hazañas, proezas y sacrificios de nuestros bravos del 79':
COMBATE DEL 28 DE AGOSTO (1879)
"El general Prado, en Arica, vigilaba las operaciones militares de los aliados. No quería que su afortunado monitor estuviese inactivo, para dar algún brillo a su situación de expectativa, para distraer al Presidente de Bolivia, que sentía inquietudes por recelos de sus subordinados.
Dispuso, en consecuencia, nuevas excursiones. Había que tentar la suerte, costase lo que costase. El cántaro iba al agua muy seguidamente. Iba á romperse en pocos días más.
En la madrugada del día 22 sale de nuevo el Huáscar, de Arica, con el transporte Oroya. Recalan a Iquique, cuya bahía ya no tiene en su fondeadero á los barcos chilenos. Sigue al sur, buscando como otras veces, naves mercantes.
Llega á Taltal, se mantiene alejado del puerto el monitor, porque ha despachado al Oroya y vuelve al norte en demanda de Antofagasta.
Esta agua lo tienen obsediado al comodoro Grau.
En caDa viaje de recorrida recala a nuestra vista.
Es la mañana del 28. Acaba de saber Grau que el Congreso de su país le ha dado el alto rango de Contra-Almirante. Quiere pues hacerse digno de ese título. Ahora se pone a distancia de tiro de nuestros cañones, a las 1.35 de la tarde, en circunstancias que rastreaba el cable.
Estaban en el fondeadero de la Poza el Abtao, la Magallanes y el transporte Limarí y el Paquete de Maule. Los comandantes de las corbetas de guerra, impacientes por provocar a un combate a la nave enemiga, se disputan el disparo del primer cañonazo.
Aureliano Sánchez, de pie sobre el puente de mando y fumando un cigarro puro que es su compañero constante en las horas de trabajo, demuestra una gallarda valentía.
Las máquinas de su buque están en compostura.
Muévese el Abtao por medio de espías, presenta uno de sus costados y dispara uno de sus cañones de 115.
El Huáscar vacila, se mueve agitándose y espera un largo rato para contestar. Ha acortado su distancia y medido con exactitud la que le separa del Abtao, que está inmóvil, ya que no puede hacer uso del vapor.
Aprovecha esta ventaja, fija sus punterías como quien tira a un blanco de ejercicios y pone así una granada de a 300 sobre la cubierta del Abtao. Este proyectil hiere al comandante Sánchez, á siete tripulantes y mueren el ingeniero 1° Juan Mery y 4 marinos.
Ha corrido la sangre sobre la cubierta del buque, pero ella sirve para animar más el entusiasmo y el valor de los artilleros.
La Magallanes ha tenido que cambiar su fondeadero para dar espacio al fuerte Bellavista, que es el que está mejor artillado y que se hallaba situado a espalda, para que pueda romper sus fuegos. La corbeta inicia luego el disparo de su célebre cañón de 115, con la misma certeza que el 10 de Julio en Iquique.
Las baterías de tierra lanzan sus granadas que van á bañar al monitor.
Este duelo de artillería lo presencia toda la población de Antofagasta, entusiasmada y sonriente como si se tratase de la celebración de alguna de nuestras fiestas nacionales, subiéndose á las azoteas de los edificios, buscando cualesquier altura que le permita ver y contemplar todas las incidencias del combate.
Cada bala que sale del ánima de los cañones chilenos es seguida por las miradas impacientes de los espectadores, y en cada pecho late un mismo y único sentimiento, una sola idea, el deseo que hiera pero que no se mate al adversario.
El Huáscar, no obstante el fuego incesante con que lo cubren nuestros disparos de artillería, consigue situarse á menos de 4000 metros, ocultándose tras las embarcaciones mercantes, para preocuparse sólo del buque que no tiene movimiento.
De esta manera nuestros cañones no pueden ofenderlo con eficacia, pero puede sí poner una segunda bala en la cubierta del Abtao, que ha resistido todo el grueso del ataque, batiéndose con una energía que nos hace lanzar aplausos a cada rato, porque estamos presenciando todos los movimientos de sus tripulantes.
Han muerto 4 marineros, 5 han sido heridos, con el teniente Carlos Krug, de la dotación.
Los fuertes son servidos por artilleros que se baten como si estuvieran en un día de parada.
Cada cañonazo nos deja la impresión que creemos que el buque enemigo ha sido seriamente herido.
Vemos con nuestros anteojos el chocar de los proyectiles.
El general Escala, seguido de sus ayudantes, se multiplica para estar en cada una de las baterías.
Hemos llegado al fuerte de Bellavista, en el preciso momento en que se apuntaba el único cañón de á 300 que teníamos. El general Escala quiere dirigir el disparo y se baja de su caballo. Patricio Lynch también estaba allí, y ruega que le den á él ese honor, y para acordarse de sus buenos tiempos, agregó.
Está bien, respondió el General en Jefe, pero quiera Dios que el cañón no salte, porque ha desconocido á este nuevo sirviente. Sonreímos todos del presagio del general Escala, que lo había dicho con aquella natural bondad de su carácter, que todos le conocieron.
Lynch echa su gorra hacia atrás.- y el oficial jefe de la pieza dice, 3,500 metros; - rectifica entonces el alza y se hace el disparo.
La bala sale, pero el cañón se volcó con cureña y marco, a causa de haber saltado los topes.
Este incidente, que lo comentábamos después, nos impuso un triste silencio. Era que desaparecía una probabilidad de que el Huáscar pudiera encontrar su tumba en las aguas donde ahora movía su proa.
Fue sin embargo, ese disparo, un tiro afortunado.
Cayó la bomba sobre la cubierta del monitor y levantando una gruesa columna de humo, al estallar, produjo varios desperfectos y mató á uno de sus oficiales, al teniente 2.· don Carlos de los Heros, que desapareció por los aires, quedando sólo un reguero de la sangre de ese infortunado oficial.
El Huáscar se turba, se aleja entonces del alcance de las baterías de tierra.
Hay que interrumpir el combate.
Los artilleros quedan todos en sus puestos, en espera de lo que pueda venir. Los cañones cargados así en un corto descanso.
Los anteojos vigilan los movimientos del enemigo, recorriendo el horizonte y mirando al sur incesantemente, porque ya creemos que puede entrar el Blanco, que gobierna con severo entusiasmo, Juan Esteban López, su comandante, á quien se le ha comunicado a la altura del puerto Blanco Encalada, la presencia del monitor peruano en la bahía de Antofagasta.
Como no se divisa ningún humo, el Huáscar quiere hacer un nuevo acto de energía, repuesta la tripulación de las lágrimas que han derramado por la pérdida del oficial que mandaba la batería de popa.
El combate se renueva. Son cerca de las cuatro de la tarde.
Las baterías de tierra, á quienes se dirige preferentemente, lo cubren con sus disparos, pero sus cañones de á 150 poco efecto le hacen.
Maniobra con cierta habilidad, presentándonos siempre la proa.
Han cesado los disparos de cañón.
El monitor se aleja del alcance de nuestra artillería á las 5.30, poniéndose á una distancia considerable.
Permanece en la bahía, hasta cerca de las 9 de la noche, moviéndose con rumbo al sur-oeste, para rectificar su derrota hacia el norte.
Una vez más el blindado chileno no pudo llegar oportunamente al encuentro del monitor peruano. Fondeó en Antofagasta á las 11 de la noche.
Era ya tarde para perseguirlo con éxito.
El Blanco, no obstante, se hizo á la mar, para recorrer la misma ruta que acababa de ejecutar, mientras el Huáscar iba al norte hasta tocar en mejillones.
Cerró la noche y en los cuarteles se entregan nuestros soldados al reposo.
Sólo los artilleros velan al pie de sus cañones y han tenido que trabajar hasta muy tarde, ayudados por los navales, para poner nuevamente en batería el de 300 que se desmontó el primer disparo.
Todo ha quedado listo para un nuevo encuentro, que no vendrá, porque el Blanco está en la bahía.
Pero para nosotros la tarea no ha terminado.
Sentimos los lamentos de los marineros y soldados heridos que pasan a nuestro lado, ya desembarcados del Abtao. Queremos atenderlos con todo cariño. Tenemos aún la impresión viva y exacta del entusiasmo con que los vimos batirse y como lanzaban al aire sus gorras, cuando el comandante Sánchez ordenaba tocar diana a su corneta de órdenes, así que sentía el cañonazo que le disparaba el Huáscar, o los de sus baterías chocaban en el blanco.
Es siempre triste el acabar de una batalla.
Se saludan, se abrazan, se estrechan calurosamente la mano los nobles compañeros de la jornada, que hoy han escapado al plomo enemigo, pero que mañana irán á caer en otro sitio que nadie lo conoce, cerca o lejano, por la defensa de la patria, porque al fin muy pocos quedan.
Delante de los que han muerto pasamos, descubriendo con respeto nuestras cabezas. No hay tiempo para más.
Luego vendrá la fosa común, la palada de tierra que no es la de nuestro cementerio. Allí no caerá ninguna lágrima de afecto. Sólo se escucharán después las palabras blasfemantes de los adversarios que transitan al recobrar sus hogares.
Esa es la suerte de los que han dedicado toda su vida al servicio militar. Ese es su porvenir.....
Los heridos del Abtao quedaron en la ambulancia de Santiago, al amparo del cuidado profesional del doctor don Víctor Körner, que es un cirujano de primera talla.
De los muertos se encargaron otros.
El procedimiento fue sencillo.
En un saco de loma se encerró el cuerpo de cada uno. Se había formado con los despojos informes que despedazó la metralla, un amasijo inconocible. Cabeza, tronco, piernas, brazos, todo quedó confundido en aquellas envolturas, que transpiraban sangre oscurecida que se desparramaba de los trozos en descomposición.
Se dio sepultura á 9 sacos rotulados, con carne humana; de esa carne que , viviente, acababa de rendir su vida, en defensa de su bandera, de su barco y de la patria.
Esa fue la tumba que guardó los despojos mortales de los valientes marinos y soldados que murieron en la cubierta del Abtao, abrazados de sus cañones. Todavía están allí mismo.
Pero en ese momento, en que se hizo acto de elocuente respeto, estando el Ejército y la Marina representados por un destacamento de cada una de las unidades que se hallaban en Antofagasta, al mando del general don Manuel Baquedano, el teniente don Policarpo Toro pronunció un brillantísimo elogio de los que habían sido el día anterior, sus valientes artilleros, en el momento en que una granada del Huáscar, los matara a su lado.
El teniente Toro, que recién se incorporaba á la escuadra, viniendo de servir en la flota inglesa en el Sultán y en la Baadice, bajo las órdenes de Lord John Jay y Howell, tuvo en este combate una feliz iniciación. No ha tenido la misma suerte después.
La ola de la revolución lo arrojó á la playa y allí ha quedado hasta hoy. Es el único oficial de Marina á quien le han prolongado el ostracismo de los vencidos. Talvez porque en su hoja de servicios figuraban demasiadas acciones de guerra: estuvo en Antofagasta, en Iquique, en Angamos, en Chorrillos y Miraflores.
Es ya tiempo que la justicia impere en la conciencia pública.
El Abtao dejó el fondeadero de Antofagasta, rumbo de Caldera, pocos días después, el 13 de Septiembre, comandado siempre por Aureliano Sánchez, que se ha conquistado el puesto de preferencia, como marino alentado, dirigiendo su buque en el combate del 28 de Agosto, con valor altanero y ejemplar."
Relatos de Guerra estuvo en el cementerio de Antofagasta este mismo año, y en la fotografía se puede ver el mausoleo dedicado a los valientes de este combate naval.
En una de las placas se lee:
"LA PROVINCIA DE ANTOFAGASTA 
A LOS HÉROES DEL ABTAO
MUERTOS EN EL COMBATE NAVAL
DEL 28 DE AGOSTO DE 1879"
Y en la otra, lo siguiente:
"ILUSTRE MUNICIPALIDAD DE ANTOFAGASTA
EL RECONOCIMIENTO A LA VALENTÍA Y PATRIOTISMO 
DE LOS HÉROES DE LA CORBETA ABTAO QUE DIERON SUS VIDAS EN EL COMBATE NAVAL DE ANTOFAGASTA
HECHO OCURRIDO EL DÍA 28 DE AGOSTO DE 1879, ENTRE EL HUÁSCAR, LA CORBETA ABTAO, LA CAÑONERA MAGALLANES Y LAS DEFENSAS DE TIERRA DE ANTOFAGASTA DURANTE LA GUERRA DEL PACÍFICO.
INGENIERO 1° JUAN MERY 
CAPITÁN DE ALTO PEDRO PADILLA
MARINERO 1° ANTONIO VILLARREAL
FOGONERO 2° SAMUEL BARCEN
FOGONERO 2° AUGUSTO ESPINOSA
CARBONERO RICARDO BRIONES
GRUMETE JUAN DE DIOS ARRIAGADA
GRUMETE MANUEL HUDSON
GRUMETE PRDRO N. CONTRERAS"

"EL PRIMER MUERTO EN LA BATALLA DE HUAMACHUCO"

La Batalla de Huamachuco fue la última gran batalla que se llevó a cabo en la Guerra del Pacífico. A ella le debemos el fín del conflicto y con ella terminaron de perecer los restos del ejército del Brujo de los Andes, Andrés Avelino Cáceres.
En esta cálida noche de estío queremos compartir con Uds. un nuevo relato que muestra la osadía y valor del soldado patrio que estuvo presente en la Campaña de la Sierra. Los últimos baluartes de nuestra nación que derramaron su sangre por su bien amado Chile.
Extraído del libro "La Batalla de HUAMACHUCO" de Raimundo Valenzuela, este estremecedor relato nos hace mirar nuevamente a un pasado donde la patria era lo primero, aún estando tan lejos del suelo que los esperaba.

Leamos pues, este relato:

"El primer muerto de Chile en Huamachuco fue un talquino, el soldado Vicente Hernández. Su muerte es uno de los episodios más sublimes en la Batalla de Huamachuco.
He aquí cómo se verificó:
A la salida de la ciudad por el lado nor-este se encuentra el cementerio, y desde allí y ocupando la falda del cerro norte se hallaban los batallones Talca y Concepción.
Las fuerzas de Recabarrén quisieron flanquearlos por ese punto y la primera y segunda compañías del Talca apenas contestaban los fuegos, porque esperaban que el enemigo, que combatía parapetado detrás de los muros del cementerio, saliera de sus posiciones para así batirlo con más éxito.
Pero una avanzada, compuesta de seis soldados de la primera y segundas compañías del Talca, de dos soldados del Concepción y de dos de la primera compañía de artillería, se adelantaron a desafiar al enemigo casi cuerpo a cuerpo, e hicieron punterías tan seguras, que bala que salía era enemigo que rodaba por tierra.
Este piquete de temerarios sostuvo, solo, por más de una hora e impidió que Recabarren con sus 900 hombres avanzara sobre el ala derecha de los nuestros,
Lo dirigían el soldado del Talca, Gaspar Zambrano y su segundo, Vicente Hernández.
A la media hora cayó herido de muerte el segundo, entonces Zambrano tomó el cadáver de su compañero y principió a arrastrarlo hacia el campamento de los nuestros, disparando siempre.
Daba cuatro pasos atrás, depositaba su preciosa reliquia en el suelo, apuntaba su fusíl y decía: "¡échale candela, hijito!"
Así avanzó un largo trecho; descansó ocho o diéz veces y otras tantas disparó conjuntamente con sus compañeros, sobre el enemigo, repitiendo la sacramental frase: "¡échale candela, hijito!".
Este incidente gloriosísimo fue el último también de la jornada.
Los fuegos se apagaron a las sombras de la noche, y los dos ejércitos amanecieron al día siguiente avistándose en las alturas y teniendo la ciudad de por medio."

Medallas
Cuaderno de Historia Militar
N° 3

martes, 7 de noviembre de 2017

COMBATE DE PAMPA GERMANIA

Hoy les traemos lectura sólo para valientes, pues el relato que ofrecemos a ustedes  en el día de hoy, estimados seguidores, es detallado y minucioso y escrito por una mano experta.
El Asalto y Toma de Pisagua ocurrido el 2 de noviembre de 1879, dio paso a las Campañas Terrestres, que se iniciarían a pocos días del desembarco.
Los días 3 y 4 el ejército se dedicó a instalar su campamento en el Alto Pisagua, además de subir en ferrocarril toda cantidad de material de guerra, víveres y demáses. Los hombres se encontraban en estos días afanados en diferentes tareas y en el relajo propio del tiempo que siguió luego de la batalla.
En esta actividad se encontraba el ejército sin tomar una desición exacta a seguir, cuando el inteligente y patriota secretario del general Escala, don José Francisco Vergara, se ofreció para llevar a cabo un reconocimiento por los alrededores debido a la información, falsa por lo demás, de que el General Prado estaba en San Roberto con 6 mil hombres. Debido a este rumor, el día 3 el comandante recorrió la línea del tren con dos avezados y valientes oficiales, el Teniente Jara y el capitán Dardignac. De esta exploración nace la idea de llevar un acabado reconocimiento de la vía que une a las salitreras en la pampa del Tamarugal, es por eso que el día 4 en la noche la pequeña división formada por seis oficiales y 175 Cazadores a Caballo al mando de don Feliciano Echeverría y cuyas dos compañías iban al mando de sus respectivos capitanes don Manuel e. Barahona y don Sofanor Parra.
Esa misma mañana llegan a Jazpampa, la cual encuentran abandonada excepto por el telegrafista y su esposa, y se disponen a acampar en las oficinas de Dolores y San Francisco.
Dejemos al escritor Benjamín Vicuña Mackenna, que nos relate cómo se desarrolló el combate de Pampa Germania y cómo nuestros cazadores actuaron en esta acción guiados por su comandante y por los valerosos oficiales al servicio de la patria:
"Muy de madrugada, el día 6 de noviembre, la alentada columna exploradora, avanzando siempre por la vía, a la desfilada y de a dos en fondo, marchaba en demanda de Santa Catalina y de Agua Santa. Por la mañana llevaba la descubierta el valeroso teniente don Juvenal Calderón con 24 Cazadores, y al medio día lo relevó el teniente Gonzalo Lara, hijo de un valiente de San Felipe, y de Yungay. La marcha era pesada, monótona y fatigosa por los caliches y los médanos, encajonada la valiente tropa entre los desmontes de la vía. Solo de cuando en cuando, la vista de un mísero cadáver restos de agonizantes derrotados, entristecía la vista o espantaba a los caballos; y entonces, el viento soplando en la pampa remedaba los gemidos de los muertos. En la vecindad de Jazpampa los chilenos habían encontrado de esta manera esparcidos en los desfiladeros, doce cadáveres: todos eran de bolivianos.
De trecho en trecho, al llegar a la puerta de una oficina, la caravana hacia alto, y los sedientos soldados entraban a pedir agua que se servía en gamelas a los soldados y a sus monturas. Algunos, más felices, alcanzaban también de cuando en cuando el apetecido regalo de un trago de subida caña, este coñac del desierto.
Tenía resuelto el comandante Vergara, ir a acampar aquella noche en Agua Santa, extremidad de la ruta, donde se sabía existían considerables depósitos de víveres y forrajes del enemigo, y en cuyo pasaje tal vez era dable encontrar todavía a los generales prófugos de Pisagua. Y con este propósito marchaba la columna con redobladas precauciones por la estrecha senda.
El teniente Lara iba adelante, algunas cuadras con su descubierta, al frente de ésta una avanzada de cuatro Cazadores, al mando de un cabo, y más lejos el obligado vigía de las marchas, llamado flanqueador en los ejércitos europeos y en los de América centinela, bombero o loro, por su oficio. Le había cabido este puesto aquella tarde a un soldado araucano, indio neto, y valiente llamado Juan de Dios Piñeiro, quien, para ser indio cabal, llevaba más que mediana dosis de caña en la cabeza. El resto de la columna marchaba lentamente a retaguardia por hileras con los comandantes Vergara y Martínez a la cabeza. Eran las cuatro de la tarde, y a esa hora se avistaba por la izquierda la oficina salitrera de Germania, a pocas cuadras, y al pie de una loma; y más allá, a un kilómetro de distancia por la derecha de los rieles, la hermosa y vasta estación de Agua Santa. Ardía, ésta como una hoguera, prueba de que el enemigo huía acrecentando su pánico y su derrota. Un ejército que quema sus propios almacenes es un ejército que se suicida.
El general Buendía, perezoso unas veces, atropellado otras, pero nunca cobarde, había intentado en efecto oponer alguna resistencia al avance de los chilenos en Agua Santa.
Reunidos los dispersos de Pisagua en San Roberto el día 2 de noviembre con el batallón Vengadores, de Bolivia, que marchaba tarde en su auxilio, acampó el general en jefe aquella noche en Dolores, y al día siguiente recibía en Agua Santa el auxilio del batallón Aroma, compuesto, como el Viedma y el Padilla, de animosos cochabambinos que custodiaban la caleta vecina de Mejillones. Al mismo tiempo, ordenó Buendía avanzase desde Pozo Almonte la división Dávila, y pidió a Suarez por el telégrafo un escuadrón de caballería para contener a los dispersos, que en todas direcciones huían hacia sus indígenas madrigueras. El espíritu de esta tropa no podía ser más deplorable, y sus murmuraciones llegaban hasta la entonación y el hecho del motín. “El disgusto, la violencia y la murmuración de los soldados bolivianos escribía un testigo de vista, eran tales en el campamento de Agua Santa que el general Villamil tuvo que decirles, en presencia de varios: “Si en Pisagua aplaudí el valor de éstos, hoy tengo el sentimiento de decir que son unos bribones”.
Decían que ellos eran nacionales, que por que los metían a la candela, y no se mandaba a los del ejército que estaban descansando, atendidos, bien vestidos, bien pagados, con plata; mientras que ellos se encontraban descalzos, sin tener con que comprar cigarros, ni que mandar a sus familias que se morían de hambre, etc. Entonces el general Buendía, para acallar las murmuraciones y evitar el contagio al resto del ejército, les dio algunos billetes”. (El oficial peruano don R. Heredia, en una interesante carta publicada en Lima sobre las causas que produjeron la dispersión de San Francisco.)
Pero a aquella grave contrariedad, se agregó ese mismo día otra mayor. En la tarde del 4 de noviembre llegaba por la pampa un jinete con su caballo jadeante, portador de una noticia desalentadora. Era el teniente coronel argentino don Roque Saenz Peña, ayudante del estado mayor peruano, que se aparecía con la noticia adversa de haber regresado a Pozo Almonte la división Vanguardia (Dávila), después de haber recorrido tres leguas hasta Santa Adela.
Era esa la vanguardia porque preguntaba en la víspera el general Prado desde Arica y de la cual el general Buendía ignoraba el paradero.... El desaliento era tan universal como el desbarajuste. Se añadía a todo esto que el asendereado general en jefe del ejército aliado de Tarapacá intentó reunir algunos víveres y elementos de movilidad en Agua Santa poniendo en juego la actividad de aquel extraño personaje que tenía por título, desde el principio de la campaña, de inspector general del teatro del campo de la guerra, el coronel Masías, y nada consiguió. Porque después de muchas idas y venidas a caballo y en locomotora, resultó que este fantástico oficial no pudo presentar en el campamento sino 74 bestias (inclusos probablemente algunos asnos) y once carretones, de los cuales solo seis podían ponerse en movimiento.
Andaba el inspector en estas diligencias durante los días 5 y 6 de noviembre, poniendo a saco todas las salitreras del cantón de Negreiros, cuando aparecieron en el lejano horizonte de la sábana los pompones verdes de los cazadores de Chile que venían con el comandante Vergara; y he aquí como uno de sus compatriotas cuenta la singular aventura del inspector del teatro de la guerra, prófugo en una locomotora: “El coronel Masías hizo el segundo viaje a las oficinas salitreras, partiendo de Agua Santa el día 6 de noviembre a las 7.30 A.M., pero a las 11 A.M., poco más o menos, se oyó a gran distancia el silbato de la locomotora. El coronel Masías regresaba solo en la máquina, dejando abandonado, por la precipitación del viaje, al ayudante del general en jefe, sargento mayor don Emilio Coronado, y anunciando a gritos la aproximación del enemigo, sin fijarse en el pánico que esa alarma iba a producir en el ejército, cuyo número era inferior al del ejército que había desembarcado en Pisagua.
Buendía, en unión del general Villamil y demás jefes que se hallaban a su lado, procuró tranquilizar a las tropas, a fin de que no se desbandasen los bolivianos que estaban disgustados y violentos.
Previo un acuerdo entre los generales y jefes mencionados, se resolvió emprender la marcha a Pozo Almonte, ya porque con la diminuta fuerza que había en Agua Santa no era posible contrarrestar a la formidable fuerza enemiga, ya también porque así lo había ordenado el supremo director, según el telegrama que anteriormente hemos transcrito”. (Carta citada de R. Heredia. Agrega éste que el inspector del teatro del campo de la guerra desapareció esa misma tarde de Agua Santa y vino a aparecer después en Arica.... ¿Como llegó allí? ¿En la locomotora o por los aires, como en el teatro?...).
Y fue de esa manera como huyeron los restos de Pisagua hacia Pozo Almonte, y como en el atolondramiento de su fuga prendieron fuego a sus depósitos de Agua Santa, pues no podían llevar consigo ni su propia penuria sino su miedo.
Iban entretanto los chilenos embebecidos contemplando aquel espectáculo de incendio siniestro en el desierto, cuando de improviso se sintió un disparo de carabina Winchester a la vanguardia.
¿Que ha sucedido?
El comandante Vergara en ausencia del comandante Echeverría que había regresado a Jazpampa a esperar un nuevo grueso de cazadores, dio a éstos la voz de ¡Al galope! Y luego, al abrirse una dilatada pampa, se encontraron con la descubierta del alférez Lara que se batía en retirada. ¿Que había sucedido?.
EI tiro de alarma había sido una traición, según entonces se contó.
Mientras los peruanos se retiraban en tropel hacia sus campamentos del sur, y como para cubrir su marcha, habían destacado, en efecto, un trozo de caballería aliada hacia Germania a las órdenes del comandante Chocano, que en otra ocasión hemos dicho había sido nombrado gobernador de Agua Santa desde el principio de la campaña.
Se componía esa columna de 50 húsares de Junin, al mando del valiente comandante don José Ventura Sepúlveda, hijo de un coronel chileno que aun existe en Lima y es notorio por íntima y desventurada historia de su hogar, llevada hace poco al escenario en patético drama. Era por consiguiente ese oficial hijo de limeña, mestizo de Chile, y aun se asegura que militó en nuestros Cazadores a caballo, por órdenes de su padre. Los peruanos han tenido siempre por escuela la caballería chilena: rara vez como ejemplo.
Acompañaban al joven Sepúlveda el ayudante don Clodomiro Puente Arnao, el teniente don Octavio del Mazo, llamado el ñato, (talvez por su excesiva nariz que era un mazo), natural de la Sierra, y el teniente don José Loza, hijo de Lima pero de casta chola; los tres malos jinetes como todos los peruanos. Sepúlveda, al contrario era un mozo alto, crespo, bien plantado, arrogante de maneras, y tenía entre sus camaradas fama de orgulloso y de altanero, es decir, fama de “chileno”, aunque había nacido en Lima y en el barrio de la Concepción.
Mandaba los húsares de Bolivia el capitán don Manuel María Soto, y tenía éste por subalternos a los tenientes Barron y Gómez, el último inteligente joven, de carácter abierto, hoy prisionero en San Bernardo. Los dos grupos de húsares, siendo húsares, venían armados solo de carabinas..... Los caballos eran de poca monta, porque los del Rimac se hallaban forrajeando en Camarones y en Tarapacá. Los trajes de los peruanos más o menos como los de nuestros cazadores: los de los húsares de Bolivia como los de nuestros granaderos.
Y había acontecido que marchando las dos columnas al encuentro la una de la otra sin divisarse, el vigía de la descubierta se encontró súbitamente, al decir de aquel tiempo, al subir una loma con el araucano Piñeiro, y éste, creyéndole de los suyos, trabó con él plática amistosa y talvez sobre la caña y sus devaneos...... Según cuentan algunos, preguntó el auca en su lengua al traidor aimará: ¿Cuantos mapuches vienen con vos?. Y conocido así su engaño lo asesinó disparándole en el pecho su carabina, en vez de hacerlo prisionero. Al sentir el tiro, el teniente Lara se había precipitado adelante con su descubierta para darse cuenta de lo que sucedió y había sido recibido por una granizada de balas por los jinetes de Sepúlveda que habían echado pie a tierra en el faldeo de Germania. Por esto se retiraba aquél ahora a incorporarse a la columna del comandante Vergara. (El combate de caballería del 6 de noviembre debió llamarse propiamente de Germania, pero por un descuido que ya no es subsanable se consagró en la ley de 1º de septiembre de 1880 con el de Agua Santa. En homenaje de la última lo conservamos nosotros.).
Entró el último inmediatamente en consejo con el capitán Barahona, que en ausencia del comandante Echeverría mandaba el escuadrón, y convinieron en que era indispensable cerciorarse del número y fuerza del enemigo para emprender un ataque con buenos resultados. Era lo prudente porque los jinetes peruanos podían estar apoyados por infantería y hasta por cañones.
Se dio en consecuencia, la voz de formar en columna a retaguardia, fuera de los rieles, y en seguida la de retirada por la izquierda, lo que se ejecutó con alguna demora por lo desigual del terreno calichoso y el evidente mal humor de la tropa. La columna retrocedió así doscientos metros; pero se observó que un sargento se había quedado firme con su cuarta blandiendo con enojo el sable: era el sargento Francisco Tapia, mozo de endeble flotara pero de arrojadísimo corazón, de la raza que ha dado al ejército de Chile, y especialmente a los Cazadores, los sargentos Ibañez, Baquedano y Montero, el héroe de Talcahuano y Buenos Aires. Aquel hombre no sabía huir.
Marchaba también a retaguardia de su compañía con aire sombrío y montado en mala bestia de camino el capitán Parra, joven centauro, natural de San Carlos del Nuble donde había nacido el 12 de noviembre de 1851, arrullado por el cañón de Loncomilla. El capitán Parra por el lado de su madre, la señora Narcisa Hermosilla, es de raza de guerrilleros de la independencia, éstos, como es sabido, nunca aprendieron el arte de las retiradas. De suerte que ahora el valeroso oficial, discípulo de la Academia y de dos eminentes sacerdotes que han sido sus protectores, obedecía solo a la disciplina, y con tanto mayor desabrimiento de soldado y de jinete, cuanto que su asistente, un astuto cazador llamado Utreras, traía por el desierto a retaguardia su famoso potro bayo de batalla.
Pero de repente, en medio de la pampa, el escuadrón en retirada gira como un remolino: se oye sucesivamente en las compañías y en las mitades los gritos breves y estridentes, que parecen cortar los labios como el acero: ¡Fuera sables!... ¡Carabinas a la banda!... Y en seguida un estrepitoso ¡Viva Chile! y a la carga!.... Y el escuadrón dividido en dos trozos y como bandada de águilas, usando las propias palabras de su jefe el comandante Vergara, acomete a los jinetes aliados quienes recobrando bríos con la falsa retirada, se venían a la siga, disparando sus carabinas. En el primer disparo habían muerto un caballo a no menos de mil metros de distancia.
Para resistir el empuje del jinete, del caballo y del sable chilenos, se necesita la compacta y apretada fila de los dragones europeos; de suerte que los raquíticos húsares de la Alianza fueron aventados como paja al primer choque de los briosos brutos y de los que oprimían sus ijares.
El primero en caer fue el valiente Sepúlveda, que enredado en la estribera derecha de su montura iba a la arrastra por el campo pronunciando palabras incoherentes, con el cráneo partido mitad mitad por un sablazo. Reconociéndolo por sus ricos bordados como jefe enemigo, se acercó a él para prestarle auxilio un cazador, pero antes le ordenó diera el grito de “¡Viva Chile!”, que le brindaba talvez como contraseña de socorro.
Repitió el eco débilmente el moribundo, y así expiró, saludando, sin quererlo, a la que había sido la patria de sus mayores. ¡Singular destino! El soldado que le vio morir, se llamaba Sepúlveda y, como los abuelos del capitán inmolado, era de Chillan.
Más feliz el teniente, boliviano Emilio Gómez caía en manos del noble capitán Parra, y éste 1 salvaba, corriendo igual suerte el mal famado comandante Chocano a quien disfrazado de proveedor, tomó en la derrota prisionero el bravo teniente Carlos Felipe Souper.
Los demás oficiales enemigos sucumbieron todos bajo los sables afilados a molejón de los terribles Cazadores. Y se observó que en los momentos en que Parra, interponiéndose en su flaca yegua de camino, quitaba a un grupo encarnizado al teniente Gómez, pasaba, a su vista montado en su lozano potro de combate el impávido asistente Utreras; a lo cual, llamado el último por su capitán para el canje de montura, le hizo señas con el sable que no podía volver... y siguió la caza adelante como desalado gavilán. Una bala había dejado a pié al bravo Utreras, y por esto, a título de guerra, pasó su silla al bribón de su jefe, y vengó a su víctima como otros vengaran sin compasión al indio del primer encuentro. El capitán Parra pudo decir por tanto como Pedro de Valdivia: Una cosa dice el bayo y otra el que lo monta, que era el refrán usual del férreo pero ladino conquistador.
Tuvo duro estreno en la jornada de este día el teniente coronel don Francisco Vergara, responsable de su éxito y de su fama, porque equivocando un grupo enemigo que se rezagaba por los nuestros, se dirigió imprudentemente a arengarlo. Conoció tarde su engaño para torcer bridas, y hubo de batirse cuerpo a cuerpo con uno de los agresores, a quien dio una cuchillada con su sable en el pescuezo; más blandió el otro su carabina por la trompetilla, y asestó recio golpe al animoso jefe trayéndole un rato aturdido y a mal traer, hasta el momento en que llegando con oportunidad los suyos lo rescataron.
Cayó también, en el entrevero el valiente soldado Froilan Benitez y fueron heridos de bala el teniente Lara en el muslo derecho y seis soldados de los cuales uno se vino “mancornado” al suelo con un valiente y corpulento adversarios, a cuya cuchilla de monte logró escapar, degollándolo en el suelo con su sable. Se llamaba este bravo Raimundo Guzmán y vino herido a Valparaíso, donde mostrando las cicatrices de los dientes y de las uñas del jinete boliviano que lo había derribado, contaba alegremente su historia. Otro de los heridos era un Manuel Muñoz, de quien dice uno que lo midiera, que parecía un “torreón humano”.
Todo lo demás fue una matanza desdichadamente no evitada por el encarnizamiento natural de los soldados que diseminados en dos o tres leguas a la redonda, no podían ser contenidos por sus jefes, y porque en su dispersión de jinetes es difícil sujetar individualmente, y en seguida reunir en grupo a los que se rinden uno a uno. Por otra parte, la caballería chilena está avezada a la cruel guerra de Arauco, donde no se da ni se recibe cuartel.
Hicieron, sin embargo, los aliados a la postre del combate una inmolación que los vengara, porque habiendo llegado a un portezuelo el arrojado sargento Tapia acompañado únicamente por un hercúleo cazador llamado Pedro Castro, por mal nombre Collipulli (por ser hijo de este pueblo fronterizo y a quien muchos en Santiago conocieron como carretonero de su cuartel), divisó aquél un pelotón de seis u ocho enemigos que se hacían fuertes, enderezó hacia ellos el caballo y volviendo la cara atrás dijo a Castro: ¡Sígueme! Y como éste le observara que su caballo venía rendido bajo su enorme peso, le contesta Sosténme tu por retaguardia para que no me corten. Y como una flecha partió haciendo sobre su cabeza un remolino con su sable y gritando que “un cazador no volvía nunca cara al enemigo”.
El temerario jinete cayó sobre el pelotón aliado, que se cerraba en haz para recibirlo, como cae la hoz de diestro leñador sobre tupido cañaveral, y a sablazos, por cada golpe echaba a tierra un enemigo, cuando certera bala, disparada a quemarropa, le atravesó de parte a parte el pulmón. Recogido del suelo y llevado por delante de uno de los soldados de su cuarta, que lo puso a horcajadas sobre su montura, el infeliz agonizante, arrojaba a cada tranco del caballo una bocanada de sangre, pero alcanzó a decir: No siento morir sino que me hayan dejado solo......
El heroico sargento se engañaba, sin embargo, en su agonía, porque el titánico Collipulli había cumplido su orden y cubierto su retaguardia, matando al último enemigo que hizo frente, y dándose además tiempo para cambiar la silla de uno de los sacrificado por el bravo Tapia al lomo de su caballo, porque se imaginó que aquella se hallaba en mejor estado.
Ocurrió también en aquel desparramo de hombres un episodio entre cómico y heroico, y fue el de un soldado llamado José Manuel Silva, que habiendo quitado al enemigo el rico estandarte de seda del batallón Arequipa que le servía de insignia, para que otros no le arrebatasen prenda de tanta codicia junto con la gloria, se la puso a manera de bufanda y así se apareció ufano a sus jefes...
Formaron los dos capitanes inmediatamente sus compañías y pasaron lista. Faltaban solo tres: Tapia, Benitez y Piñeiro. Los heridos estaban todos a caballo. La victoria de Agua Santa era espléndida, porque a diferencia de otras en apariencia mayores, aquella sería escarmentadora y económica de sangre: la única gloria barata legítima es la que en la guerra ahorra la sangre y prodiga la previsión y los ardides.
Enterrados nuestros muertos que fueron tres, y recogidos los heridos en número de seis, nueve en todo, contra sesenta y tantos muertos del enemigo (porque éstos no se contaron uno a uno) el brillante escuadrón dio la vuelta a la oficina de San Francisco trayendo una victoria más para su estandarte y una terrible confirmación de su lema antiguo: Nunca vencidos. Siempre vencedores."
En las imágenes vemos los campos de Pampa Germania.

sábado, 15 de julio de 2017

"QUINTÍN QUINTANA Y LOS CHINOS DE CERRO AZÚL EN LURÍN"

En la última etapa de la Guerra del Pacífico, antes de entrar a Lima, el ejército expedicionario se encontró en su camino a una gran población de chinos en casas de ricos hacendados peruanos, sirviendo en calidad de esclavos. Este es un hecho indiscutible y de ello dan testimonio los historiadores de la época.
Estos hechos ocurrieron previo a las batallas de Chorrillos y Miraflores, específicamente durante la expedición Lynch por tierra hacia Lurín (finales de 1880/enero de 1881).
De esta gran cantidad de chinos destacó uno en especial: Quintín Quintana, quien no era esclavo, pero al igual que sus compatriotas se unió a la causa chilena por agradecimiento a la liberación de sus hermanos de las terribles condiciones en que se encontraban.
Muchas versiones hay de lo ocurrido con los chinos y su encuentro con la División Lynch y posteriores acciones, pero hoy lo aclararemos con el relato del teniente coronel Francisco Machuca, quien nos entrega una breve relación de los acontecimientos ocurridos en aquellas circunstancias:
"Quintín Quintana, chino afincado de Ica y comerciante con tiendas surtidas en Ica y Pisco, recibió a los chilenos con la gratitud que inspiran los libertadores de sus compatriotas, sumidos en la más cruel servidumbre en los cañaverales, y víctimas de un tratamiento cruel e inhumano. Quintana hospedó en su casa a los jefes chilenos, los agasajó, sirvió de guía a los destacamentos e hizo cristiano a sus hijos. El coronel Amunátegui sirvió de padrino a uno de ellos. Al evacuarse a Ica, no puede quedarse en la población; los nativos le habrían hecho pagar caro su chilenismo. Envía a bordo a su familia, y él a la cabeza de sus hermanos libertos, sigue a la División Lynch, prestándole importante servicios, en la conducción de bagajes, transporte de heridos, y provisión de agua, leña y verdura para el rancho de la brigada. Se internan centenares de kilómetros en los valles vecinos en busca de víveres; algunos no vuelven; unos chinos menos, y nada más. Durante el trayecto, se pliegan los esclavos de las haciendas de caña, riquísimas en aquella zona, de suerte que Lynch llega con unos 1.500 a Lurín, a donde acuden más compatriotas de las heredades vecinas.
Quintín implanta en sus subordinados la más estricta disciplina; divididos en centurias y decurias, obedecen militarmente a los decuriones y centuriones que a su vez siguen ciegamente a su general. El 10 de Enero en la tarde, les reúne en las ruinas del templo de Pachacamac Nuevo, cercano del campamento de Barboza, en número de unos 2.000.
Después de una peroración oída con religioso respeto, se procede a las complicadas ceremonias de juramento de fidelidad a Chile, en el altar de los sacrificios, en el cual se inmola un gallo, se bebe la sangre caliente aun y se presta el juramento, que es terrible y sólo se exige en circunstancias muy solemnes. El perjuro queda sujeto a la suerte del gallo, a que su sangre sea bebida por los concurrentes.
Con la mano derecha en alto, los chinos juran seguir a Quintín Quintana, servir al General en jefe, y obedecer ciegamente “si se ordena trabajar, trabajar si matar, matar; si incendiar, incendiar; si morir, morir”.
Terminada la ceremonia se dirigen en perfecta formación, en filas de a cuatro, a ratificar su promesa ante el General en jefe, que se presenta en los balcones a recibirlos.
Quintín se adelanta y dirige al señor General esta alocución:
“Mi General:
He vivido durante veinte años en el Perú; he conseguido por mi trabajo y acierto, los medios de vivir; los caballeros se han portado bien conmigo y mi familia; no tengo ningún odio personal; pero me lleva a sacrificar mi fortuna y hacer lo que hago, mi cariño por estos infelices cuyos sufrimientos no podría nadie imaginar.
Hay aquí hermanos que durante ocho años han estado cargados de cadenas sin ver el sol, y los demás han trabajado como esclavos. No quiero para ellos nada más que la comida y la seguridad de que no sean abandonados en esta tierra maldita; que el general los lleve donde quiera, que yo los mando a todos”.
El General les hace saber por su ayudante, teniente don Domingo Sarratea, que tendrán todo lo que desean. Los chinos reciben esta declaración con gritos de alborozo; luego forman en la plaza, dirigido por su Jefe Supremo, Quintín, un segundo, cuatro divisionarios, doce centuriones y veinte jefes de decurias.
Se procede en seguida al reparto del personal para los diversos servicios: 500 de los más jóvenes y resueltos pasan a los pontoneros del capitán Villarroel, destinados a hacer saltar las minas, bombas automáticas y cortar los hilos de las baterías eléctricas.
Esta sección saluda con entusiasmo al nuevo jefe, que les habla en su lengua nativa.
300 van a las ambulancias para ayudar al transporte de heridos en el campo de batalla.
900 al parque destinados a embalar municiones.
100 al bagaje para distribuir forraje y cuidar del ganado.
300 a la Intendencia General, para formar cargas para las mulas, transportar bultos, coser sacos y demás trabajos propios del movimiento interno de bodegas y almacenes.
El resto al mando de Quintana, disponibles, a las órdenes de las autoridades superiores.
Muchos pasan a ayudantes de los asistentes y aun de asistentes titulares de clases y soldados.
Y todos contentos y felices, con kepí y uniforme de brin, y botas de tropa, proporcionadas por la Intendencia."


martes, 16 de mayo de 2017

"LA ESCUADRA DE REGRESO DE EL CALLAO: MAYO DE 1879"

La pregunta es: ¿se enteró la escuadra chilena, que había navegado a El Callao, acerca del Combate Naval de Iquique? Y si así fue ¿bajo qué circunstancias habrán recibido tales noticias?...
Recordaremos pues, que nuestras queridas goleta "Covadonga" y corbeta "Esmeralda", se hayaban bloqueando el puerto de Iquique mientras la escuadra, comandada por el Contra Almirante Juan Williams Rebolledo, viajaba a El Callao en busca del "Huáscar" y la "Independencia". Al llegar a ese puerto la noche del 22 de mayo y a la mañana del 23 descubrir que los buques de guerra peruano ya no se encontraban, decidieron emprender el regreso rapidamente, pero esto le tomó varios días puesto que se encontraban en ascuas e incomunicados de lo que pudiera ocurrir en Iquique. Sólo conjeturas y una gran ansiedad.
Es recién el día lunes 26 de mayo que la escuadra chilena, luego de un largo viaje, se entera de los sucesos acaecidos el pasado día 21:

"Como a las cinco se avistó un vapor que navegaba cerca de la costa, i se dio orden a la Magallanes de ir a reconocerlo, mientras la escuadra esperaba noticia.
La cañonera se lanzó en persecución del buque sospechoso,
i después de una larga caza le dio alcance entrada ya la noche. Poco después, habiendo comunicado con él, puso señales de «noticias importantes.»
Inútil es ponderar la ansiedad que causó en todos los buques este anuncio.
Traído el capitán a bordo, dio sumariamente las noticias del combate de Iquique, anunciando la pérdida de la Etsmeralda i de la Independencia i la escapada de la Covadonga.
Esta noticia fué confirmada en todas sus partes por un pasajero i dos marineros, que componían toda la tripulación.
El capitán del vapor era un señor Sauri, oficial de la marina peruana, i había salido de Huanillos el 23.
Su vapor se llamaba Belletas, siendo una pequeña embarcación que se ocupaba en hacer el comercio de cabotaje entre el Callao i los puertos del Sur. Aunque llevaba bandera inglesa, sus papeles no estaban en regla, porque la
tomó después de la guerra i porque el capitán no era de nacionalidad británica, como lo exije la lei inglesa, siendo oficial de marina peruana por añadidura. Pero se le dejó en libertad, sin duda en premio de la noticia.
A las ocho de la noche, después de recibidas i comentadas estas noticias, nos pusimos de nuevo en movimiento con rumbp al Sur.
En la mañana de este dia (27 de mayo)se comunicó a los demás buques la noticia del combate en estos términos:
«Por el vapor se ha sabido que el Huáscar i la Independencia
habían tenido un combate con la Esmeralda i la Covadonga en Iquique. La Esmeralda a pique con gloria.
La Covadonga escapó a Antofagasta. La Independencia persiguiendo al Covadonga, se varó en Punta Gruesa, perdiéndose completamente.»

"Cartas de la Escuadra"
Pascual Ahumada Moreno

En la imagen una postal del Puerto El Callao, donde la Escuadra pensaba encontrar y atacar a los buques enemigos.




"LOS ANÓNIMOS DE LA GESTA DE IQUIQUE"

Gracias a recientes investigaciones encargadas a personal de la Armada de Chile, tenemos la nómina oficial de la tripulación de la "Esmeralda", que sucumbió rodeada de gloria aquella mañana de mayo de 1879.
En esta investigación se recabaron los nombres de cada uno de los marinos, soldados y personal de los distintos puestos que tuvieron participación del Combate Naval de Iquique.
En esta ocación les traemos a uds. los nombres de quienes tuvieron uno de los trabajos más anónimos y duros en la vieja embarcación y es que trabajar en la sala de máquinas al calor del fuego y el hollín del carbón es una tarea pesada y más aún aquella mañana en que las esperanzas para nuestra querida y vieja mancarrona se veían apagadas por el fuego enemigo.
Leamos con atención y sumo respeto los nombres de los fogoneros y carboneros de la fragata "Esmeralda":
"Carboneros
Candelario Apablaza
Hijo deJuan Apablaza y Mercedes Vega, al momento de su filiación en la Armada se declaró católico y soltero. Aparece inscrito el 20 de febrero de 1879, contratado para servir como carbonero por un año a bordo de la "Esmeralda". Tenía 19 años. Falleció en el transcurso del combate.
José Abdón Figueroa
Hijo de José Figueroa y Rosario Beltrán, al momento de su filiación se declaró católico y soltero. Se contrató el 20 de febrero de 1879 para servir como carbonero por un año a bordo de la corbeta "Esmeralda". Tenía 20 años. Murióen el transcurso del combate.
José Manuel Ramírez
Hijo de Pedro Ramírez e Isabel Urtubia, al momento de su filiación se declaró católico y soltero. Se contrató el 20 de febrero de 1879 para ser carbonero porun año en la corbeta "Esmeralda" Tenía 20 años. Falleció poco después del segundo espolonazo del "Huáscar", al estallar una granada en el compartimento de la sala de máquinas.
Roberto Vergara
Hijo de Tadeo Vergara y Mercedes Abarca, al momento de su filiación se delaró católico y soltero.Se contrató el 20 de febrero de 1879 para servir como carbonero por un año en la corbeta "Esmeralda". Tenía 18 años. Falleció en el transcurso del combate.
Fogoneros
Carlos Araneda
Hijo de Manuel Araneda y María de los Santos Torres. Se contrató el 20 de febrero de 1879 para servir a la Armada como Fogonero 2° por un año y fue destinado a la corbeta "Esmeralda". Tenía 27 años. Falleció en el transcurso del combate.
Rosso Bartolomeo
Natural de Italia, hijo de Jacomo Bartolomeo y Ana María Rossi. Fue contratado el 28 de febrero de 1879 para servir como fogonero 2° por una año en la corbeta "Esmeralda".
Católico y soltero. Tenía 28 años de edad. Sobrevivió al combate y fue recogido por el Huáscar y hecho prisionero en Iquique. Vuelve a Valparaíso junto a la liberada tripulación, y recibe todas las condecoraciones correspondientes. Luego de esto se pierde su rastro.
Ramón Díaz
Hijo de Juan Bautista Díaz y Josefa Castillo. Nacido en Ovalle. Al momento de su filiación se declaró católico y casado. Se contrató para servir como fogonero 2° por un año en la corbeta "Esmeralda". Tenía 31 años. Falleció en el transcurso del combate.
Desiderio Domínguez
Hijo de Juan Domínguez y Tiburcia Navarrete.Al momento de su filiación se declaró católico y casado.Se contrató el 21 de febrero de 1879 para servir por un año como fogonero 2° a bordo de la corbeta "Esmeralda". Este porteño logró salvar con vida de la inundación de la sala de máquinas que se produjo en el tercer espolonazo del monitor "Huáscar". Estuvo prisionero en Iquique y volvió a Valparaíso donde recibió todas las condecoraciones y honores correspondientes.
Volció al servicio en 1880 y estuvo embarcado en el vapor Abtao como fogonero 2°.
Falleció en Valparaíso en 1866. Su familia quedó indigente y la Intendencia organizó una colecta pública la cual también recibió apoyo de la viuda de Prat, doña Carmela Carvajal, quien "sufría por la ingratitud nacional hacia los pobres héroes".
José Donaire
Fogonero 2° de la corbeta Esmeralda. Sobrevive al combate y recibe los honores correspondientes en Valparaíso. Como gran parte de los sobrevivientes se embarcó en el monitor "Huáscar" participando en los combates de Arica y de El Callao, en su mismo puesto. Se licenció en 1883 y fijó su residencia en Iquique.
No hay más datos deeste tripulante.
Pedro Estamatópoli
Natural de Grecia, hijo de Anastasio y Caterina. Se declara soltero y de religión griega. Fue contratado como fogonero 1° el 28 de febrero de 1879 para servir por un año a bordo de la "esmeralda". Tenía 24 años. Sobrevivió al combate. Vuelve a Valparaíso y recibe todos los honores y condecoraciones correspondientes. Se reincorporó para servir a bordo del Monitor Huáscar y participó en los combates de Arica y El Callao.
En 1880, y al igual que los otros sobrevivientes que se encontraban a bordo del Huáscar solicitó y obtuvo la pensión que otorgaba la ley. Luego de esto, al parecer, se licenció.
Alejandro Horvath
Natural de Alemania, al momento de su filiación se declaró hijo de Dionisio y Teresa Horvath, católico y soltero. Se contrató el 28 de febrero para servir por un año a bordo de la corbeta "Esmeralda", pero ya antes había servido como fogonero en el "Cochrane" en el año 1876. Tenía 26 años. Falleció en el transcurso del combate.
Bartolo Mesa
Hijo de Bruno Mesa y Lorenza Núñez,. Católico y soltero. Fue contratado el 20 de febrero de 1879 para servir por un año como fogonero 2° a bordo de la corbeta "Esmeralda". Tenía 31 años. Falleció cuando la santabárbara se inundó, luego del segundo espolonazo del Huáscar.
Nicasio Miranda
Hijo de Antonio Miranda y María Uribe. Católico y soltero. Se contrató el 28 de febrero de 1879 para servir como fogonero 2° por un año a bordo de la corbeta "Esmeralda". Tenía 25 años. Falleció en el transcurso del combate.
Andrés Pavez
Hijo de Andrés Pavez y Juana Sepúlveda. Casado y católico, tenía 49 años. Se contrató por una año para servir a bordo de la "Esmeralda" como fogonero 2°. Sobrevivió al combate y fue tomado prisionero. El 3 de diciembre regresó a Valparaíso junto a los otros tripulantes y recibe los honores y condecoraciones correspondientes. Se embarca en el "Huáscar" y se encuentra presente en los combates de Arica y El Callao. En 1880 obtuvo la pensión y beneficios consedida por la ley a los sobrevivientes.
Estuvo embarcado en el "Huáscar" hasta marzo de 1883, fecha en que seún disposiciones de la Comandancia vuelve a tierra por enfermedad.
Según investigaciones, pavez, a fines de siglo XIX, vivía en Santiago.
Juan Bautista Segura
Hijo de Francisco Segura y Victoria palomino. Católico y soltero. Se contrató el 20 de febrero como fogonero 2° para servir a bordo de la "Esmeralda" por un año. Tenía 28 años. Falleció en el transcurso del combate.
Francisco Ugarte
Servía a bordo de la corbeta "Esmeralda" como fogonero 2°. Fue herido y falleció en el hospital de Iquique el 9 de agosto de 1879.
Según investigaciones Ugarte pudo haber formado parte del grupo que saltó con Uribe al abordaje,puesto que el único herido recogido por el "Huascar" fue el grumete Agustín Coloma. Lo que lleva a la conclusión que se encontraba a bordo del Huascar al momento del hundimiento de la corbeta "Esmeralda". Fue sepultado en una fosa común en el cementerio de Iquique. Hoy su nombre se encuentra escrito en un monolito en el Cementerio N° 1 de Iquique.
Gabriel Urra
Fogonero 1° de la corbeta Esmeralda. Falleció en el transcurso del combate.
No hay más información acerca de este tripulante."
Fuente: "La Dotación Inmortal"
"En la imagen vemos una recreación de cómo pudo haber sido la sala de máquinas de la "Esmeralda. En esta podemos ver al ingeniero, que vigila la máquina de biela invertida y de doble expansión, se ve, la gran caldera y algunos hombres transportando carbón. Después del segundo espolonazo, esta sección se inundó rápidamente. El agua fría del mar, en contacto con la caldera, debe haber producido, una gran nube de vapor que atrapó a muchos."
(Historia Ilustrada del Célebre Combate Naval de iquique/Edición Argentina)