domingo, 15 de abril de 2018

"LA FUGA"


En este día domingo de descanso y tranquilidad les traemos lectura sólo para valientes, pues el siguiente relato es extenso, pero muy interesante. Los protagonistas son el Sargento Manuel Necochea, del Regimiento 2° de Línea, quien es el escritor del artículo,  y dos soldados que lo acompañaron: Brígido Marín y Pablo San Martín. 
Nuestros niños, como así se les llamó en aquella época, tenían caracterízticas muy particulares y en el próximo relato se podrán dar cuenta de eso que venimos insistiendo de hace mucho. La picardía, el ingenio, la chispa del soldado chileno fue notorio en la Guerra del Pacífico, y aunque muchos lean con una sonrisa en sus labios, no dejen de pensar que detrás de esta anécdota hay todo un cuadro trágico.
Les dejamos entonces la huída del Sargento Necochea, desde el campamento peruano que también huía, pero de nuestras avanzadas que los buscaban luego de la Batalla de Tarapacá. Al mando del General Buendía escapan por los cerros y alturas altiplánicas, llevandose como prisioneros a un grupo de nuestros aguerridos que apresaron luego de terminada la batalla. Entre ellos se encuentra la cantinera María Quitería Ramírez y otros que llegaron a Lima, no sin antes sufrir las inclemencias del fatigoso viaje:

"En las cercanías del pueblo de Tarapacá, nos batimos con los peruanos de una manera desesperada el 27 de noviembre de 1879. El cansancio natural, después de haber efectuado marchas forzadas, la carencia absoluta de agua, la escasez de municiones y el corto número de nuestras tropas, eran tristes presagios para la división chilena que luchaba con un enemigo tres veces superior en número, bien amunicionado y que peleaba en territorio conocido. A pesar de tantas ventajas, nuestras tropas, sombrías y silenciosas, se batían furiosamente. Hacían muchas horas que nuestra división se batía con valor desesperado.
Hubo un momento en que pusimos en fuga al enemigo, y todos nuestros soldados corrieron a la quebrada a saciar la sed que los devoraba. Cuando esto sucedía, vimos reaparecer nuevas fuerzas peruanas en número muy superior al nuestro, las cuales comenzaron un mortífero fuego sobre nuestros soldados que ya hacían dispersos y en su mayor parte en la quebrada.
Mi regimiento, llevando a la cabeza al valiente e inolvidable comandante Eleuterio Ramírez, respondió al ataque menos por el mal que se le podía hacer al enemigo, que por favorecer la organización del resto de las fuerzas chilenas que de una manera tan inesperada eran fusiladas por los peruanos.A pesar de la desorganización, en que el ataque sorprendió a nuestro regimiento, su intrépido comandante avanzaba frente a él con terrible resolución, haciendo retroceder las columnas peruanas y sembrando la muerte en sus filas.
En la tarde nuestro regimiento, dividido en varias secciones, habría perecido casi la mitad de los soldados. El comandante Ramírez avanzaba siempre en dirección al pueblo con unos pocos hombres entre los cuales iba yo. Alcanzamos a llegar a la tercera casa a la entrada de Tarapacá, y viéndonos rodeados por las tropas peruanas, penetramos en ella y nos atrincheramos decididos a vender caras nuestras vidas.
La casita estaba construida de un material sólido, con techo de paja, y tenía al frente una puerta y varias ventanas por donde hacíamos un nutrido fuego al enemigo.
Nuestro querido comandante Ramírez, herido ya, se encontraba en medio de nosotros y olvidando sus dolores nos alentaba a cada momento diciéndonos:
–Muchachos, las municiones escasean; calma al apuntar y tiro seguro.
Y en efecto, a cada tiro un cholo se revolcaba por el suelo, dejando un charco de sangre. A medida que el tiempo trascurría, sentíamos que fuerzas más y más numerosas rodeaban la casa en medio de una algazara infernal.
–Ríndanse, porque vamos a quemar la casa, nos decían.
Y estos gritos salvajes les contestábamos con una descarga de muerte, diciéndoles al mismo tiempo:
–¡Cholos miserables! ¡El chileno no se rinde jamás!
Algunos soldados enemigos, arrastrándose cerca de la muralla, conseguían llegar hasta la puerta, pero al momento eran tomados del pelo e introducidos al interior, donde nuestros compañeros en pocos instantes los despedazaban a bayonetazos.
El sol declinaba notablemente; el interior de nuestra trinchera era un montón de heridos y de cadáveres; las municiones se nos habían concluido, y el techo de la casa principiaba a arder incendiado por los peruanos. En ese momento vi por última vez a nuestro heroico comandante, recostado en un rincón, muy pálido y desfallecido, se desabrochaba la casaca a fin, sin duda, de ofrecer su pecho desnudo a la rabia brutal del enemigo. La resistencia era imposible. En este instante una multitud de cholos penetró repentinamente en el aposento y se precipitó sobre nosotros. Casi todos mis compañeros fueron inhumanamente destrozados por las bayonetas enemigas. Los que quedaron vivos y en estado de andar, fueron sacados a culatazos de la casa. Yo fui recibido en la puerta por un oficialito que se lanzó sobre mí hasta arrojarme al suelo a placazos. En el instante los cholos me rodearon y como perros hambrientos me desnudaron en un momento, gritando con carcajadas de alegría:
–Las botas son para mí…
–El quepí yo me lo agarro.
–La jineta es mía…
Desnudo y sin poderme mover por los golpes que había recibido, a puntapiés me hicieron levantar y marchar a Tarapacá con mis demás compañeros; ¡era prisionero de los peruanos!
Los heridos y agonizantes que quedaron dentro de la casa, sufrían mientras tanto el mayor de los martirios: sus cuerpos ardían junto con el edificio que habíamos abandonado.
El sol ya se había ocultado y nosotros rodeados por la soldadesca peruana, fuimos conducidos al pueblo de Tarapacá.
No entraré a referir los insultos soeces y el maltrato que recibíamos de esos hombres, que necesitaron un día y quemar el techo que nos cubría, para rendirnos, después de rotas nuestras armas y concluidas las municiones; de estos hombres, que huyeron cobardemente en Dolores y que resistieron en Tarapacá merced a encontrarse, en la relación de tres de ellos por un chileno.
El aspecto que presentaban los prisioneros era conmovedor. Casi todos heridos y golpeados, descalzos, con el traje hecho jirones, sin quepí y muchos sin camisa; extenuados por la fatiga de todo un día de combate bajo un sol abrazador y sin haber podido humedecer los labios con una gota de agua, fuimos encerrados en una pieza rodeados de numerosos centinelas.
El cuadro que presentaba nuestra prisión era harto desgarrador. Ahí sin testigos, sin la presencia de los aborrecidos peruanos, pudimos dar expresión franca a nuestro dolor. El silencio reinaba entre nuestros compañeros; estos hombres que momentos antes habían despreciado la vida, batiéndose como fieras, vertían lágrimas al verse impotentes entre muchos enemigos.
Pasado un rato, se presenta en la puerta de nuestro aposento un jefe que, por su traje, parecía pertenecer a las ambulancias, y preguntó:
–¿Quién se llama María Barmier? ¿Está aquí?
–Yo soy, contestó una voz femenil, conmovida y llorosa.
–¡Tú aquí, María! ¿Cómo?
–Estoy prisionera, contestó llorando.
–No llores María; no te sucederá nada; serás muy cuidada entre nosotros, y terminó estas frases afables dándole una pequeña bolsa con maíz tostado, y trayéndole en seguida pan y agua.

María era nuestra cantinera y nos causó admiración que fuese conocida por ese jefe peruano; pero al mismo tiempo nos alegramos de ello porque de esa manera era probable que se le guardara alguna consideración, librándola del duro trato que se nos daba.
Al lado de nuestra prisión se celebraba el triunfo que tan caro les había costado, y se sentía una grande algazara, cantos femeniles y música de piano; ésta era interrumpida de tiempo en tiempo por el sonido de las copas, los huiches y los vivas al Perú.
Nuestro dolor se cambió en desesperación cuando oímos la música y los gritos insolentes de nuestros enemigos. No era posible sufrir tanto agravio, no era posible soportar que esos miserables se rieran de nuestra desgracia ultrajando a nuestros nobles soldados.
Nos olvidamos de que éramos prisioneros y, a despecho de nuestro brutal enemigo, les gritábamos a toda voz:
–¿Qué celebran con tanta bulla? Nos tienen prisioneros; pero muchos cientos de cholos se han quedado sin poder contar el cuento.
Y ellos nos contestaban:
–Palmo a palmo les hemos disputado el terreno, pues, así como hombres a campo libre, y no atrincherados, pues, como cobardes en una casa.
Los dichos sarcásticos se sucedían, de modo que no nos era posible tener ni el descanso que tanto necesitábamos. Entre los compañeros de prisión se distinguió un soldado de mi regimiento, cuyo nombre no conocía; pero que llamaba la atención por la altanería y desprecio con que trataba a los peruanos, al mismo tiempo que su genio alegre no le abandonaba un momento.
En otro extremo de la pieza había otro soldado de apellido San Martín, que cabizbajo y meditabundo se enjugaba las lágrimas con su blusa de brin. Me estremeció esto último y me acerqué a él diciéndole:
–¿Está usted herido?...
–No, mi sargento, pero tengo mi alma destrozada.
–¿Y por qué? Tenga más serenidad.
-¡Ah! Usted es demasiado joven y no le toma el peso a nuestra desgracia. ¿Cómo podré jamás conformarme con ver la bandera de mi patria, la bandera de mi regimiento, insultada y en poder de nuestros enemigos? Le aseguro que daría con gusto mi vida por arrancarla de sus manos. Y diciendo esto me llevó a la puerta de la habitación. El centinela levantó la culata de su rifle diciéndonos:
–Atrás los chilenos; cabo de guardia…
–No grite, le dijo San Martín. Vengo solamente a mostrarle a mi sargento nuestro estandarte.
Efectivamente; frente de la casa vi que tenían nuestro querido estandarte medio doblado y colgado para que fuera visto por todos. A pesar de la alegría de los peruanos, se notaba cierto movimiento y sobresalto, y llegó a nuestros oídos que se iba a emprender la marcha por temor de que nuevas fuerzas chilenas vinieran a renovar el combate.
A las doce de la noche salimos con dirección a Pachica, y al amanecer llegamos a este punto.
En Pachica se nos encerró en un corral a toda intemperie, rodeándonos de soldados. La falta de reposo, el cansancio y la carencia de agua, nos tenía en un terrible estado de postración. A las ocho de la mañana, el corral era una hoguera y nuestros soldados carecían en su mayor parte de quepí para cubrir su cabeza. A las doce del día, delirábamos por una gota de agua sin poderla conseguir. En estos momentos arrojaron al corral al subteniente Silva Basterrica que también había caído prisionero.
El agravio que se hacía a nuestro superior nos causó la mayor indignación. Los prisioneros peruanos habían sido tratados por los chilenos con la mayor atención, con el mayor esmero, y a nuestros oficiales no se les daba siquiera la colocación que por su rango le correspondía, sino que les hacían seguir entre los soldados. Protestamos de tan vil proceder, clamamos sin cesar; todo fue inútil…
A las seis de la tarde, hora hasta la cual no habíamos tenido otro alimento que insultos y golpes, el general Buendía ordenó que se nos diera de comer y se preparó un fondo con frejoles; pero como a la media hora se nos dio orden de continuar la marcha; fue, pues, necesario comer los frejoles en el estado en que se encontraban y el agua de ellos fue solicitada y bebida con placer por nuestros compañeros.
Emprendimos la marcha en los momentos en que el sol se ocultaba. Toda la tarde caminamos por el fondo de una alta quebrada, y como a las ocho de la noche principiamos a subir elevadísimos cerros por senderos tan pendientes, angostos y arenosos, que solo permitían la marcha de uno en uno. Tarde de la noche llegamos a una planicie, donde se nos dio descanso, pues los peruanos estaban completamente fatigados. Nos tendimos en el suelo sin más ropa que los harapos que nos cubrían y al momento nos quedamos dormidos, y había razón para ello: ¡desde el día antes del combate de Tarapacá no cerrábamos los ojos!
Nuestro sueño fue una delicia. El estado febril en que nos encontrábamos, hacía viajar nuestra imaginación con agradables ilusiones. Soñé que estaba en un pueblo organizando ejércitos invencibles; soñé con mi padre, cuya suerte ignoraba: lo veía pelear y destrozar al enemigo. ¡Que noche tan agradable, tan feliz! ¡Ah! ¡Jamás la olvidaré!
La diana de los cornetas nos despertó aún entre sueños, me senté buscando a tientas mi rifle y mi cartuchera. Tropecé con el soldado San Martín y me dijo:
–¿Qué busca, mi sargento?
–Busco mi rifle y mis cartuchos que no los puedo encontrar.
–¿Su rifle, mi sargento?...
–Sí, hombre, la llamada apura, ya están formando.
–Hemos soñado, como usted, mi sargento, replicó la cantinera María Ramírez; ¿no recuerda que somos prisioneros?
La realidad había ahuyentado mis gratas ilusiones; ¡era prisionero y prisionero del salvaje cholo!
Emprendimos nuevamente la marcha y llegamos a Mocha como a las doce del día. En ese lugar renovamos nuestras quejas por el tratamiento que se daba al subteniente Silva Basterrica y al fin fuimos escuchados; se le sacó de entre nosotros se le llevó al Estado Mayor, donde dijeron que se le iba a proporcionar una cabalgadura.
El general Buendía descansaba en su carpa de campaña a la vista de nosotros. Un oficial llevó uno de nuestros compañeros ante el general para tomarle declaraciones. El elegido fue el mismo soldado que tan alegre y atrevido con los peruanos se había portado en nuestra prisión en Tarapacá, y cuyo nombre supe sólo en ese momento. Era fuerte ágil y se apellidaba Marín. Divisamos que Marín en la carpa del general tomaba una silla y se sentaba con desfachatada comodidad; pero algunos minutos después vimos levantarse al general Buendía y arrojarlo a puntapiés, haciéndole rodar con la silla. Había ocurrido lo siguiente:
Llegado a la carpa del general, éste le dijo:
–Usted me va a dar algunas declaraciones.
–Lo que quiera, mi general, pero con su permiso me voy a sentar porque ya me muero de cansado.
–Levántese el insolente, le replicó el general.
–Pero, señor, si es sólo por un minuto y para contestarle con todo gusto. Ya le he dicho que estoy próximo a morir de cansancio.
El general Buendía no pudo evitar una sonrisa y exclamó:
–Está bien. ¿A qué regimiento pertenece?
–Al 2º de Línea.
–¿Su jefe?
Mi valiente comandante Eleuterio Ramírez.
–¿Murió?
–Fue herido en Tarapacá y quemado por nuestros enemigos.
–No lo he llamado para oírle cargos. ¿Cuántos chilenos pelearon en Tarapacá?
–Dos mil hombres por todo.
–Es imposible, no han peleado menos de seis mil.
–Esa es su opinión y no falta quien sostenga que los chilenos éramos veinte mil. La verdad es que no pasábamos de dos mil.
–¿Qué número de soldados tienen ustedes en su territorio?
–Cien mil hombres, señor.
–¿Cien mil hombres dice usted?
–Y creo que más, señor.
–Le prevengo que si vuelve usted a pretender burlarse de mí, inmediatamente lo hago fusilar… Capitán, que vengan cuatro rifleros.
–En Tarapacá, señor, me han rasmillado las orejas más de quinientas balas. El silbido de cuatro más no me hará impresión, se lo aseguro.
–¿Qué artillería tienen ustedes?
–Cuarenta baterías Krupp.
–¿Krupp?
–Krupp, señor, y bien Krupp.
–Es imposible, dijo el general, pensativo y agregó: ¿Y con qué caballería cuentan ustedes en Chile?
–Más o menos, señor, son cincuenta mil hombres.
–Mándese cambiar el chileno salvaje, exclamó el general arrojándole a puntapiés, antes que lo haga fusilar.
El soldado Marín no necesitó nueva recomendación, y en un momento se juntó con nosotros, que no pudimos dejar de aplaudir su impavidez, su valor, su genio, su chiste. Inmediatamente fui llamado a declarar ante el general, el cual no podía creer que tan escasas fuerzas chilenas hubiesen sostenido el combate de todo un día en Tarapacá. Habiendo sabido el general mi nombre, me dijo, al fin de la conferencia.
–¿Es usted pariente del jefe Necochea que vino ahora años en la expedición al Perú?
–Sí, señor, soy su sobrino. Esto era falso, pero quería ver si alegando ese parentesco, me trataban mejor.
–No le creo, contestó el general, y me ordenó salir.
En Mocha permanecimos dos días. Ahí pudimos comer y reponer nuestra fuerzas extenuadas. Los peruanos nos trataban con el mayor desprecio, de tal modo que habiéndose ordenado que se nos dieran algunas peras, fruta que había en abundancia, se trajo un canasto y se nos arrojó su contenido desde lejos. ¡Miserables! ¡Nos trataban como a perros!
Al segundo día de estar en Mocha, se emprendió la marcha, según se decía, con dirección a Arica. Otros aseguraban que nos dirigíamos a Tacna. Anduvimos toda la tarde y toda la noche con muy cortos descansos. Al amanecer presenciamos un espectáculo que nos conmovió muchísimo. Entre unas piñas yacía el cadáver de un soldado con el cráneo destrozado por un balazo y a un lado del camino, otro cuerpo atravesado por varias balas. Se nos llevó para que lo reconociéramos y tuvimos el pesar de ver que los dos eran chilenos. Uno de ellos, el más joven, había pertenecido a mi mismo regimiento.
¿Cómo éstos soldados se encontraban en ese lugar tan distante del centro de operaciones? ¿Con quienes habían peleado? He aquí lo que no pudieron averiguar los peruanos ni nosotros. Juntamos los dos cadáveres y los cubrimos con un poco de arena. Era lo único que podíamos hacer como expresión de cariño y respeto por la memoria de aquellos dos hermanos que habían dado su vida en tan lejano desierto por nuestra querida patria.
Muy largo sería detallar los mil incidentes del viaje. Los sacrificios, los sufrimientos y las marchas forzadas por aquellas erizadas cordilleras. Por fin, después de doce días de marcha, llegamos a Camiña. En este lugar se supo la nueva de que la caballería chilena avanzaba, pero siempre se continuó la marcha con dirección a Camarones. En Moquella, lugar cercano a Camiña, permanecimos muy poco tiempo, pues llegaron propios anunciando que la caballería chilena avanzaba por dos puntos, por Calatambo y por Zucar, con el objeto de cortar la retirada al general Buendía. Desde este momento se notó un gran desconcierto en el ejército peruano. Todo era vacilaciones, temores y desmoralización, provocados por la probabilidad de un encuentro con la caballería chilena.
No podíamos reprimir nuestra alegría, al pensar que estaba cercano el momento de castigar a nuestros salvajes verdugos, aunque fuera a costa de nuestras vidas. Se ordenó la más severa vigilancia con nosotros; pero ésta no podía llevarse a efecto por la confusión en que se encontraba el ejército. Viendo el estado de nuestros carceleros se me vino la idea de evadirme. ¡Ah! ¡Qué delicioso pensamiento! Huir, encontrarme con el resto de mi regimiento, de la corneta chilena, y pelear nuevamente viendo ondear nuestra hermosa bandera.
Hice varias tentativas de evasión sin resultado. Estaba demasiado vigilado y en medio de un ejército numeroso. Esperé con paciencia una ocasión más oportuna. Siempre que pensaba en la fuga, hacía figurar en mis planes a Marín que se había captado mi franca admiración con su valor, su chiste, su audacia y su sempiterna alegría. Su tarea diaria y constante era molestar a los peruanos. Más de una vez, cuando estos preparaban el rancho, una piedra dirigida por una mano burlona y certera, rompiendo la olla, hacía correr por el suelo la comida. ¿Quién era el autor de aquella diablura? Nuestros enemigos jamás conseguían descubrirlo, solo nosotros sabíamos que aquel proyectil había partido de la mano de Marín.
Continuó la retirada con el mismo desorden y confusión y se prohibió aun la conversación entre los prisioneros. Llegamos otra vez a Camiña como a las doce de la noche y al amanecer salimos con dirección a un punto que ellos llaman Esquiña,
distante dos jornadas del lugar en que nos encontrábamos.
En la noche pude acercarme al soldado Marín y le dije:
–Marín, ¿eres valiente?
–No lo sé, mi sargento. Nunca se me ha ocurrido investigar el punto, y como desearía a qué atenerme sobre el particular, me gustaría mucho que me pusiese a prueba.
–Voy a darte gusto; pero a condición de que guardes el más completo silencio respecto de lo que vas a oír. Se trata de que nos apoderemos del estandarte de nuestro regimiento y huyamos en seguida; ¿no sería muy glorioso para nosotros librar esa preciosa reliquia de las manos de los malditos cholos que tanto se enorgullecen con ella?
–La verdad es, mi sargento; que me gustaría más que torciéramos el pescuezo a un par de esos gallinazos, les tomáramos sus rifles y largáramos las volandas. Con el sebo de sus capotes tendríamos para alimentarnos dos semanas en el desierto. Este es mi plan; pero entre el plan del soldado y el del sargento no se puede trepidar. Estoy a sus órdenes.
Quedó, pues, convenido, que en la primera ocasión favorable intentaríamos el golpe. Principiaba a oscurecer; la hora y el aspecto del cielo nos envolvían en una atmosfera de tristeza. Los prisioneros marchaban de dos en dos, con un centinela a cada lado; un silencio profundo reinaba en toda la línea.
Preocupados del intento que meditábamos, tratamos de descubrir en que parte llevaban el estandarte, y después de mil preguntas disimuladas, supimos que lo guardaba el batallón Iquique que acampaba cerca de nosotros.
Después de hecho este importante descubrimiento, le dije a Marín:
–¿No sería prudente buscar otro compañero que nos ayude en la empresa?
Y él me contestó:
–Soy de la misma opinión, y donde hay uno hay otros. Yo tengo un amigo que se apellida San Martín, y con él teníamos arreglado el plan de prenderle fuego a los diez cajones de municiones que llevan los peruanos, pero hasta este momento nos ha sido imposible hacerlo. Yo mismo hablaré a San Martín y será un buen compañero. Acepté y quedó acordada nuestra divisa: “O la muerte o el estandarte”.
En la noche nos hicieron hacer alto en una falda de un cerro pequeño, cortado a nuestra derecha por una quebradita cubierta de árboles. En este lugar acampó el batallón Iquique.
Esa noche no pudimos cerrar los ojos; en ella debía ejecutarse lo convenido. Tal vez algunos de nosotros, tal vez los tres no veríamos la luz del día siguiente. Como a las doce de la noche el campamento estaba en el mayor silencio; todos dormían y sólo se sentía de tiempo en tiempo el alerteo de los centinelas.
El valiente Marín se había levantado y, a favor de la oscuridad de la noche, acercándose a mí me dijo:
–Ya estoy listo, mi sargento. Si nos han de matar, que sea luego. ¿Para qué estamos esquivando el cuerpo?...
–Adelante, le contesté, no perdamos tiempo y que el cielo nos ayude.
Marín se echó a tierra y arrastrándose, se dirigió a la quebrada donde estaba el batallón Iquique. San Martín hizo lo mismo y se encaminó por otro punto; y yo también caminé, arrastrándome con la mayor cautela, hacia el lugar donde se guardaba el estandarte.
Hacía como media hora que imitaba a las culebras y ya estaba cerca del Iquique, cuando sentí la voz de Marín que decía:
–Mi sargento, mi sargento, venga ayudarme; mire que es muy pesado este diablo.
Al momento me imaginé lo que ocurría: o Marín se había equivocado tomando en lugar del estandarte un saco de víveres, o le habían sorprendido con el estandarte en la mano y de rabia había lanzado este grito, denunciándonos por haberlo dejado solo.
A todo correr volví a ocultarme al campamento. Poco rato después oí llamar.
–Sargento Necochea, el prisionero, salga…
Muchas veces me llamaron, pero no hice caso, ni contesté una sola palabra. San Martín había huido como yo.
¿Qué era lo que ocurría? ¿Por qué Marín había dado nuestros nombres? Cuando pudimos hablar con libertad con él nos explicó su proceder. Sorprendido con el estandarte al hombro, fue molido a culatazos por los soldados que lo sorprendieron e inmediatamente iba a ser fusilado; pero él, por ganar tiempo, declaró que lo ocurrido solo era el principio de una gran sublevación que se tramaba y en la cual había notables cabecillas, entre los cuales figuraba yo.
Los oficiales del Iquique cayeron en el lazo, y con el objeto de descubrir la raíz de la conspiración, volvieron al apaleado Marín a su puesto entre los prisioneros, mientras se llegaba al primer pueblecito, se levantaba un sumario y se fusilaba a los culpables. La sentencia que iba a recaer sobre nosotros no era muy difícil adivinarla, y ya podíamos prepararnos para el viaje a la eternidad. No obstante, nos quedaba un último recurso: el de la fuga.
Al día siguiente, 10 de diciembre, tuvimos una marcha forzada durante todo el día, sin encontrar agua. Al ponerse el sol, traté de hablar con mis dos compañeros, pasando ya adelante ya atrás de ellos. En nuestra corta conversación les manifesté que era indispensable huir de todos modos, porque al día siguiente era seguro que nos fusilarían.
Hacía días que había tratado de conquistarme la amistad del cabo 1° Antesana, de la columna Tarapacá, con el cual nos tratábamos con mucha amistad. Se estaba oscureciendo y marchábamos por la falda de una quebrada. La sed nos desesperaba y el agua se había concluido de tal modo que carecían de ella los mismos peruanos. Entonces me dirigí a mi amigo el cabo Antesana y le supliqué que me diera permiso para ver si había agua en las quebradas a poco trecho del lugar por donde marchábamos. El cabo se negó a mi pedido, diciéndome que estaba aun muy claro y que podía ser reconvenido por su jefe por la confianza que depositaba en mí.
Cuando estuvo completamente oscuro renové mi pedido, y el buen cabo me concedió el permiso, no sin recomendarme que volviera pronto. Marín, que había presenciado la conferencia, manifestó deseos de acompañarme a lo que Antesana accedió después de algunas negativas. Al momento nos salimos de la fila y nos hicimos a un lado, marchando en la misma dirección del ejército, pero bajando a la quebrada.
En esos momentos oímos que San Martín le decía a Antesana: –Mi cabo, yo también voy a la quebrada.
–No, respondió el cabo, ya son muchos.
–Seremos tres solamente… no desconfíe de sus amigos.
¡He dicho no!... a la fila…
Aún no había pronunciado Antesana la última palabra, cuando San Martín dio un salto de la fila y tomó una veloz carrera. Nosotros hicimos lo mismo y nos lanzamos volando a la quebrada.
–¡Agárrenlos, que se van, gritó Antesana… por aquí… por allí… son tres…!
Pero los soldados peruanos con mochila, rifle y municiones, no podían tener la agilidad de estas tres avecillas chilenas que volaban por su libertad, sin más plumas que un roído pantalón y una blusita de brin. Habíamos corrido como una cuadra cuando sentimos tiros de rifle y el silbido de las balas que pasaron muy cerca de nosotros. Dimos más vapor a las piernas. Los tiros se sucedían cada vez más distantes y por fin doblamos una puntilla que nos ponía a cubierto de las balas; pero no por esto dejábamos de correr. El cielo había favorecido nuestro plan; éramos libres. ¡Viva Chile!
Corrimos mucho tiempo por quebradas y senderos desconocidos, tratando únicamente de alejarnos de los peruanos. Cuando nos creíamos enteramente seguros, nos sentamos a descansar y a concertar nuestra fuga. Ya no estábamos en manos de los peruanos, pero desnudos y descalzos, teníamos que atravesar un enorme desierto, sin tener una gota de agua, ni una galleta que comer. Teníamos, además, que pasar forzosamente por pueblecillos enemigos donde seríamos tomados y fusilados. En fin, no quisimos pensar más bien en nuestra situación y resolvimos emprender la marcha y desafiar la muerte, hasta donde nos los permitieran nuestras agotadas y débiles fuerzas.
Anduvimos toda la noche y sin saber por dónde, trepando y trepando cerros, con el fin de alejarnos lo más posible de los peruanos. El amanecer se anunciaba, porque iba disminuyendo la densa oscuridad de la noche; cuando hubo luz bastante para ver los cerros y las faldas, se nos heló el alma de susto; estábamos en el mismo punto donde habíamos huido. El ejército había acampado en la quebrada pocos momentos después de nuestra fuga y nosotros nos encontrábamos en la cresta de la altísima montaña que formaba la quebrada. Pronto nos tranquilizamos, ningún tiro de rifle podía alcanzarnos en esas alturas, y pretender tomarnos habría sido una empresa disparatada, una locura, porque el cerro casi estaba cortado a pique en ese lugar.
Mientras tanto, Marín había concebido un plan y, cantando la canción de Yungay, corría loco de gusto en busca del lanza-fuego, según decía y exclamando:
–Ahora me la van a pagar estos cholos mugrientos, gallinazos, maricones.
–¿Qué vas a hacer? Le dije.
–Voy, mi sargento, a dispararles un cañonazo de tres mil.
Y al momento se puso a escarbar la tierra y a sacar las piedras en que se apoyaba una enorme roca para hacerla correr cerro abajo.
San Martín, que vio la operación de Marín, le apostrofó diciéndole:
–No es posible que por tus locuras vamos todos a perecer. Aquí nadie nos ve, y el diablo mismo no podría tomarnos. Quedaremos libres tan luego como el ejército se ponga en marcha. No botes la piedra.
–Es usted un dije, hermanito, exclamó Marín. ¿Con qué ahora que tengo la oportunidad de reventar a quinientos o a todos estos gallinazos, ladrones sin vergüenzas, no lo hago porque el señor San Martín tiene miedo? A mi hermano le vendrían muy bien unas polleras.
Excitado San Martín con estas palabras, tomó un pedazo de quisco y, tirándolo a la cara de Marín, lo hirió con él.
Marín saltó como un tigre furioso y la lucha se habría trabado, si en el momento no me hubiese puesto de por medio. Les hablé con energía, calmándolos y reconciliándolos y por fin, después de una corta disputa, Marín se apaciguó y me dijo:
–Mi sargento, yo no soy hombre de guardar mala voluntad a nadie, menos a los cholos. Todo lo olvido con tal que me dejen prenderle fuego al cañón que ya revienta de ganas de disparar.
En este punto no fue posible hacerlo ceder. Tuvimos, pues, que resignarnos a que ejecutara su deseo. Inmediatamente se puso a cavar la tierra con el lanza fuego que era una piedra puntiaguda que le servía de barreta. Mucho rato trabajó hasta que la piedra quedó sin apoyo.
Hizo esfuerzos para hacerla rodar, y como no lo consiguiera, nos dijo: –No me dejen solo; venga todo el regimiento de artillería… Ya está… a la una, ¡cholos bribones!... a las dos, ¡gallinazos sinvergüenzas!... a las tres, ¡que el diablo se los lleva! ¡Viva Chile!
Y la piedra rodó, despacio al principio, pero como a la media cuadra, llevaba una enorme velocidad, arrastrando consigo una multitud de piedras de todos los tamaños. Cuando iba por la mitad de la pendiente era tal el ruido que hacía, que parecía efectivamente un fuego graneado lejano. El polvo que se levantó nos impidió ver el efecto causado en el ejército enemigo por aquel enorme proyectil.
Inmediatamente continuamos nuestra marcha, y después de andar todo el día sedientos y sin comer, llegamos a una gran cordillera que debíamos atravesar, compuesta de tierra suelta y arenosa. Subimos a la cumbre con mucha dificultad, y desde allí bajamos, dejándonos rodar, sistema inventado por Marín para ganar tiempo y ahorrar fuerzas aun cuando no magulladuras y golpes.
Continuamos nuestra marcha andando de día y de noche, ya por terrenos arenosos y recalientes, ya por ásperas montañas erizadas de espinos, que desgarraban nuestros descalzos pies. Estaban mis fuerzas tan agotadas que me era difícil sostenerme, pero la energía admirable, la alegría y el chiste de Marín me reanimaba. Era el segundo día de nuestra fuga, y como a las once de la mañana el calor, la sed, la fatiga y el cansancio me rindieron; me senté sobre un peñasco con la resolución de morir ahí. La falta de agua había secado mi garganta, de tal modo que la respiración me parecía una llama que me devoraba. Me era imposible hablar porque la voz moría en mis labios. El infatigable y generoso Marín me animaba diciéndome:
–Mi sargento, ya estoy por creer que usted se quiere volver gallinazo. Anímese y marchemos; y viendo que no caminaba, agregó:
–Mi sargento, yo no dejo que se lo coman los pájaros. Si se le ha metido en la cabeza morirse, muérase luego, para enterrarlo antes de irnos y rezarle un rosario…
A pesar de mi estado deplorable, me hacían reír los dichos de ese noble soldado; pero al fin se convenció de que no podía resistir y de que me moría. Quitándose el quepí y dando una patada al suelo, exclamó:
–¡Era lo único que me faltaba, que tenga uno por fuerza que meterse de pechoño!
Y dirigiéndose a San Martín, le dijo:
–Vaya, San Martín, arrodíllate junto conmigo, que voy a hacer una manda porque hallemos agua.
Efectivamente, los dos se arrodillaron y parecía que clamaban al cielo con verdadero fervor.
Terminada la oración, se levantó exclamando y mirando al suelo:
–Lo que veo aquí son pisadas de huanaco o son las del diablo que nos quiere llevar.
San Martín, marcha por este lado buscando agua y yo me iré por el otro. Ambos partieron. Las fuerzas me abandonaban rápidamente. Haría media hora a que me habían dejado, cuando oí a Marín que en medio de grandes carcajadas, decía:
–Mi sargento, mi sargento, no se muera todavía. Aguárdese un poco que le llevo agua…
Y efectivamente, un momento después este generoso soldado, mi salvador, me pasaba un quepí medio lleno de agua. La tomé al instante y la bebí con ansia, con delirio. ¡Ah! El agua debe ser la vida, pues sentí renacer mis fuerzas y reconquistar mi vigor. San Martín llegaba contentísimo al saber nuestro hallazgo.
–¿Qué te parece, hombre? Exclamó Marín. Hemos hecho mandas como si fuéramos beatas por tener agua, cuando estaba casi a nuestros pies. Esta trampa que nos han hechos los santos; yo estoy por buscarles camorra…
–No, Marín, respondió; el cielo nos protege.
–Así será, mi sargento; pero yo le aseguro que no volveré a hacer mandas sin haber recorrido antes los alrededores. Para evitar cuestiones, cumpliré mi promesa; aunque Virgen de Andacollo, lo dicho, dicho.
Enseguida nos fuimos a la aguadita, donde bebimos hasta hartarnos. Seguimos andando y después de muchas horas de marcha divisamos muy a lo lejos y hacia el lado de la costa un pueblecito que después supimos que era Miñimiñe. Principiamos a discutir lo que haríamos; Marín era de la opinión de ir al pueblo y San Martín y yo de pasar lejos de él. Esto dio lugar a acalorada disputa.
–Me está pareciendo que a ustedes se les ha ablandado la mollera, decía Marín. ¿No era que ya nos cortamos de hambre y que en este pueblecito hallaremos que comer?
–Mejor es aguantar el hambre, le respondíamos antes que nos tomen y nos fusilen.
–Me está pareciendo que ustedes no son chilenos sino gallinazos ¿Quién nos va a fusilar? ¿Esos cholos imbéciles? Ninguno es capaz de hacernos frente…
En esta conversación llegamos a un punto de donde partían dos senderos, uno que iba al pueblo y el otro que pasaba lejos de él. Como no quisiéramos aceptar la opinión de Marín, se despidió de nosotros y nos dijo que fuéramos por donde quisiéramos; pero que él iba a comer al pueblo y a beber buen vino, antes de continuar la marcha, y partió resueltamente.
Esperábamos con San Martín, que viéndose sólo, renunciaría a su empresa; pero le vimos alejarse de nosotros fresco y determinado. Cuando ya estaba a mucha distancia le gritamos haciéndole señas de que nos esperara; habíamos resuelto acompañarlo y seguir su suerte; no era posible abandonar sólo a una muerte segura a un compañero tan esforzado y generoso.
Cuando llegamos al pueblo, entramos gritando:
¡Los chilenos, los chilenos; bravo; viva Chile, nos tomamos el pueblo; no hay que tirar un tiro; listo el puñal!
Los pocos habitantes que había, salieron de sus casas y huyeron a la quebrada. Marín se posesionó del comedor de una de ellas y nos sentamos a descansar. Pocos momentos después, persuadidos los peruanos de que no había fuerzas chilenas en las inmediaciones, principiaron a volver a sus casas. Marín levantó entonces la voz, y con tono enfático dijo a los dueños de casa:
–Tráigame un vaso de agua, pronto, muy pronto; porque si no…
Al momento le trajeron el agua y me pasó el vaso diciéndome: “beba usted primero, mi sargento”. Enseguida golpeó la mesa y agregó inmediatamente:
–Un vaso de agua con harina y azúcar; pronto, ligero; que no estoy para esperar.
Mientras preparaban lo que pedía, entró a uno de los cuartos vecinos que tenía el techo de paja, y habiéndole agradado, arrojó a las mujeres que lo habitaban, nos hizo entrar y atrancó la puerta. Las mujeres se fueron llorando. Marín estaba como en su casa.
–Mi sargento, me dijo en seguida, es necesario que usted se reponga y duerma un poco; yo le haré de centinela, y tomó un palo y empezó a pasearse por el cuarto.
Era imposible conciliar el sueño, pues tanto San Martín y yo, temíamos que nos hicieran una descarga a través de la quincha del cuarto, o que nos tomaran presos. Solo Marín estaba tranquilo como en el cuartel. Poco rato después se sintió cerca de la puerta ruido de armas. Nuestro centinela la entreabrió y dijo:
–En vano me hacen sonar los cencerros; no me dan susto. Tengo bastante para todos con mi revólver y mi puñal–y volvió a atrancar la puerta.
Como sabíamos que era inútil recomendarle prudencia, nos resignamos a esperar el resultado de tanta audacia. Como a la media hora se sintieron fuertes golpes en la puerta. Marín preguntó:
–¿Qué gallinazo es el que golpea?
–Abra usted inmediatamente; porque si no, echo la puerta abajo.
–Que guapo ha salido, ¿Quién es este gallinazo tan valiente?
–Si usted no abre al momento, hago incendiar la casa.
Abrimos la puerta y entonces supimos que el que golpeaba era nada menos que la autoridad del lugar. Nos dirigió diversas preguntas y por último nos intimó prisión. Resistir era imposible, desde que estábamos desarmados. No dejamos de advertirle sin embargo, que las consecuencias del paso que daba corrían sobre él y sobre todos los habitantes del pueblo.
Un italiano llamado Francisco Rieta, que se encontraba presente, sabedor que las avanzadas chilenas estaban cerca, rogó al alcalde que no nos tomara presos, o atentara contra nuestras vidas, porque los chilenos vendrían pronto al pueblo y tomarían venganza del agravio hecho a sus compatriotas. El alcalde se quedó pensativo y al cabo de un momento dijo a Rieta:
–Está bien, lléveselo usted; pero usted será responsable de las bribonadas que hagan.
Nos fuimos a la casa del italiano. Durante el camino, Marín entonaba a gritos:
“Cantemos la gloria, del triunfo marcial que el pueblo chileno obtuvo en Yungay”
Unos cuantos cholos nos seguían con ademanes amenazadores. El pobre italiano, que tenía un miedo enorme, nos atendió y sirvió en su casa dándonos una regular comida y un vinillo no despreciable.
En seguida abandonamos el lugar, al compás de la canción de Yungay cantada a grandes gritos por Marín. Al pasar frente a la casa del alcalde, el alegre e incorregible soldado, se cuadró e hizo la venia al peruano que no pudo contener una carcajada. Tomamos la dirección de Tana, donde se decía que estaba la caballería chilena. Cerca de Chiza nos alcanzó un chileno mandado por Rieta, a quien tanto le debemos. Este compatriota se llamaba Francisco Vergara y habitaba el pueblecito que acabábamos de abandonar desde hacía muchos años. Con él seguimos nuestra marcha hasta Zúcar. Anduvimos toda la noche, y en la tarde del siguiente llegamos a Tana. En este lugarcito descansamos poco tiempo.
Antes de salir de la pequeña aldea, Marín se dirigió a un rancho donde habían varias mujeres bolivianas y un muchacho, y les dijo:
–Bien las podía degollar a todas ustedes, pero no lo hago. Necesito prontito me den un correo de buenas piernas que lleve una carta al jefe de la avanzada chilena.
El muchacho no quería presentarse a la avanzada por temor a los soldados; pero nosotros le aseguramos que, lejos de recibir daño, sería recompensado. Listo el boliviano, me dijo Marín:
–Escriba el parte, pues, mi sargento, anunciando nuestra llegada, mientras yo hago un fusil para mandarlo conforme a ordenanza.
En efecto, buscó un palo, le rajó la punta, y metió el papel que contenía el aviso de nuestra llegada; hizo que el boliviano tomara el fusil al brazo y que partiera. Detrás marchábamos nosotros. El boliviano corría como un gamo y pronto le perdimos de vista.
Algunas horas después divisamos una polvareda a lo lejos: era la avanzada chilena que venía a nuestro encuentro, dirigida por el capitán García. Había sucedido lo siguiente:
El boliviano, con el fusil al hombro, corrió hasta encontrar nuestra caballería; comunicó al capitán que venían tres chilenos fugados del campamento enemigo y le entregó nuestra carta. El capitán García se negó a creer que esto fuera efectivo y, temiendo que fuera una celada del enemigo, ordenó a sus soldados que tomasen a la grupa al boliviano, previniéndoles que lo ultimaran si sus temores llegaban a confirmarse.
Marín, que a toda carrera y loco de gusto se había adelantado a encontrar la caballería, fue recibido por el capitán García que lloraba de emoción.
–Capitán, capitán, le dijo Marín al verle, bájese un momentito; y en el acto, tomando la estribera, se trepó sobre el caballo y empezó a correr y a revolverlo en todas direcciones.
El capitán hizo que al instante partieran algunos soldados para encontrar a San Martín y a mí que nos habíamos quedado atrás. ¡Qué momento tan feliz! Verme a salvo entre mis compañeros después de tantos peligros y sacrificios; estar bajo mi bandera; volver a ver a mi padre y a mi querido general; eran emociones tan agradables que me embargaban y no me permitían hablar.
Al otro día, montados en buenos caballos, llegamos a Tiliviche y de aquí a Dolores. En el camino me había impuesto de todo, y supe que mi querido padre se encontraba herido y me lloraba por muerto. Inmediatamente fui en su busca a la ambulancia. El inolvidable doctor Ramos, le previno mi regreso para minorar la fuerte impresión que fue a recibir. Un momento después era completamente feliz, estrechándolo entre mis brazos.
En seguida fui a ver a mi general, acompañado de Marín y San Martín, y le narré lo que acabo de referir en desorden y sin ninguna pretensión. El supremo gobierno ha tenido a bien premiar mis servicios con el grado de subteniente del bravo regimiento 2º de Línea. Vuelvo, pues, a la guerra, a pelear por mi patria querida bajo las órdenes de mi bizarro general Escala, y vuelvo tranquilo porque dejo a mi padre convaleciente de sus heridas y rodeado del cariño y el respeto que merece.
Santiago, marzo 5 de 1880. – Manuel Necochea.”




martes, 6 de febrero de 2018

"EL JÓVEN CAPITÁN DEL 3° DE LÍNEA"

La Guerra del Pacífico ha sido estudiada y analizada por muchos historiadores en cada uno de los países que la han protagonizado. Cada campaña, táctica, es decir todo el espectro de temas que pueda aportar a su desenvolvimiento ha sido examinado y revisado hasta llegar a nuestra época.
Uno de los temas que alcanza a nuestra visión como página investigadora de la historia de este conflicto, es el factor humano, el cual siempre hemos querido resaltar dado que en nuestro país, actualmente, hay poco interés por quienes dieron la vida por un alto ideal, como lo es la patria.
Entendemos que la modernidad y sus avances tecnológicos, traen como consecuencia el olvido de lo que fue un pasado glorioso; olvido que consideramos una ingratitud, por cuanto todas esa comodidades de las que podemos gozar hoy, las tenemos gracias a la sangre derramada por miles de buenos chilenos que la entregaron sin egoísmos y con un gran amor puro y desinteresado.
Hoy les traemos la biografía de un jóven con un futuro de esplendor, un jóven que dio la vida por la patria un jóven que no podemos olvidar, El Capitán del Regimiento 3° de Línea don Avelino Valenzuela:
Avelino Valenzuela nace en Rancagua, en el año 1851.
En sus primeros años de juventud se incorpora a la Academia Militar de Santiago, donde se destaca por su "conducta ejemplar, aunque un poco festiva, donde siempre tuvo el afecto de sus compañeros y maestros". Era adicto a la pintura en que retrataba con belleza a la naturaleza. Era un buen luchador y se preparó con diligencia en las artes militares.
Se retira de la Academia Militar para ingresar a la Armada donde sirve por quince meses como guardiamarina en nuestros buques de guerra, en cuyo aprendizaje se perfecciona en disciplina y valor.
Se retira y vuelve al campo a vivir con sus padres.
Cuando en 1879 suena el toque del clarín no lo duda y el llamado de la patria lo hace elegir al Regimiento 3° de Línea en cuyas filas se incorpora en abril de 1879.
Participó en las campañas de Antofagasta, Tacna y Arica, y Lima.
Durante el asalto de Arica, Valenzuela era Teniente en la compañía que comandaba el Capitán Tristán Chacón, cuyo subteniente era don Alberto Riquelme Lazo. Durante esta acción "...los tres jóvenes oficiales quedaron con sus sienes ensangrentadas por el plomo enemigo, en los fosos de los campos de batalla...".
Con la muerte del Capitán Chacón, aquél 7 de Junio de 1880, el Teniente Valenzuela queda a cargo de su compañía, y es durante la marcha a Lima que es ascendido a Capitán.
Llegado el día de la Batalla de Chorrillos lleva a su compañía a la lid con valentía y arrojo, y es en el Morro Solar donde sus ojos no volverán a ver la luz, falleciendo heróicamente.
Los compañeros del capitá Avelino Valenzuela le envían una carta de condolencias a la familia, la cual transcribimos aquí para Uds.:

"Señor Joaquin Valenzuela G.
Campamento de San Borja,
Enero 25 de 1881.
Los que suscriben, jefes y oficiales del regimiento 3° de linea, tienen el sentimiento de poner en conocimiento de usted el fallecimiento del capitán don Avelino Valenzuela, ocurrido el 13 de Enero del presente en la Batalla de Chorrillos. Escusado nos parece manifestar a Ud. el profundo dolor que su temprana muerte nos ha causado, y sirvale de lenitivo a su justo pesar, lo mismo que a nosotros, saber que ha muerto como valiente, defendiendo la honra y los derechos de su patria.
Adjuntamos a Ud. una relación de los objetos de su pertenencia, los cuales quedan a su disposición o de la persona que designe en la comandancia de este regimiento, como así mismo su cadáver, que queda depositado en una de las bóvedas del Cementerio de Chorrillos.
Asociandonos de todo corazón al justo dolor que debe ocacionarle la muerte de su querido hijo, tenemos el honor de suscribirnos a Ud. sus atentos y S.S.
J. Antonio Gutiérrez
Gregorio Silva
F. Castro
Pedro Novoa
L. F. Camus
José I. López
Leandro Fredes
J. Bari
Orestes Vera r.
Elías Arredondo G."

Fuente: El Álbum de las Gloria de Chile, Benjamín Vicuña Mackenna.



viernes, 2 de febrero de 2018

PARTE DE SANTA CRUZ

Hoy les traemos el parte oficial que el Comandante de Zapadores don Ricardo Santa Cruz entrega con respecto al desembarco de Pisagua el 2 de Noviembre de 1879. 
Nos entrega una relación acabada de los hechos ocurridos aquella mañana y nos trae a la memoria lo importante y valeroso del legado que nos dejaron.

Leamos entonces al Comandante Santa Cruz:


"Con fecha de ayer he pasado al estado mayor general el siguiente parte:
“Tengo el honor de dar cuenta a U.S. del combate habido el 2 del presente con las fuerzas a mi mando en el desembarque y toma de estas posiciones.
A las 10 A.M. trescientos hombres de la brigada de Zapadores y una compañía del Batallón Atacama. mandada ésta por el capitán Soto Aguilar y el subteniente Matta, nos dirigimos a Playa Blanca en los botes de la escuadra, logrando desembarcar en medio de nutrido fuego de fusilaría se nos hacía de tierra.
Desembarcada la tropa, habiendo tenido nueve bajas, dirigí el ataque sobre las posiciones enemigas.  Estas se encontraban distribuidas en tres posiciones ventajosas: la mayor parte estaba atrincherada a inmediaciones de la playa tras de parapetos de sacos y peñas de la costa; otra situada a media falda del cerro se ocultaba en los barrancos, zanjas y camino del ferrocarril. El resto de las fuerzas enemigas que, calculo en un total de novecientos a mil, dominaban la cima del cerro.
Ordené desde luego el ataque de las dos primeras posiciones tanto para proteger el desembarco del resto de nuestras fuerzas, cuanto porque toda tentativa de ascenso habría sido infructuosa en esa circunstancia.
Al efecto se destacaron guerrillas desde la playa que sucesivamente avanzaron hasta las alturas de las segundas posiciones que desalojadas, eran ocupadas por los nuestros y replegándonos podíamos ir flanqueando al enemigo.
El grueso de la fuerza la reservé para atacar las trincheras de la playa.
En esta forma y avanzando las guerrillas con todas las precauciones posibles, se desalojó la trinchera de la  estación del ferrocarril de donde se nos hizo la mayor resistencia y en varias ocasiones tuvimos que repeler un contra ataque.
A las 11.30 A.M. percibí el segundo desembarque de nuestras tropas. Merced a esta circunstancia pude utilizar la tropa que cubría nuestra retaguardia, pues hasta ese momento teníamos que contrarrestar el fuego en todas direcciones. Con mis fuerzas reunidas di mayor vigor a nuestro ataque consiguiendo el desalojamiento completo de los fuertes atrincherados.
Debo advertir a U.S. que los fuegos certeros de la escuadra así como el incendio del       salitre que se pronunció momentos después, me permitió dar el empuje final hasta         tomarnos todas las posiciones de la costa.
Desde entonces, 2 P.M., hubo facilidad para dominar las trincheras superiores del enemigo impulsando el ataque en esta dirección sin experimentar otra dificultad que el ascenso prolongado y costoso del cerro en la parte norte.
La segunda división de desembarco alcanzaba también en esos  momentos el mismo resultado. Agotadas las municiones, aunque utilicé muchas del enemigo, me ocupé en reorganizar las fuerzas y resguardar la población que ardía casi en su totalidad.  En las diversas ocasiones que hice avanzar mis guerrillas flanqueando al enemigo, se pudieron tomar veinte y siete prisioneros.
Me es altamente sensible dar parte a U.S. que he tenido 66 hombres fuera de combate de los cuales son 24 muertos y 42 heridos.  También han sido heridos el sargento mayor don Manuel Villarroel, teniente don Enrique del Canto, éste gravemente, y contuso el subteniente don Froilan Guerrero.
Por último, me hago un deber de justicia recomendar a U.S. el comportamiento de los señores oficiales y tropa que combatió bajo mis órdenes y muy especialmente el refuerzo del batallón Atacama que utilicé ventajosamente en todas ocasiones.
Por este vapor doy cuenta al señor inspector de los muertos que tenían mesada y hay que suspender.
Todos los heridos han sido transportados a Antofagasta y Valparaíso.
Dios guarde a U. S.

R. Santa Cruz.

Señor comandante del regimiento."




domingo, 21 de enero de 2018

LA ENTRADA A LIMA

Las batallas del 13 y 15 de Enero de 1881, en las cuales nuestro ejército vence al ejército peruano, fueron sumamente sangrientas y dejaron a ambos países con cuantiosas pérdidas humanas. Hubo que juntar y enterrar cuerpos, tal vez incinerar muchos para no expandir la insalubridad que llevaría el viento en los alrededores de ambas localidades y definitivamente a la ciudad de Lima. Tarea dura paranuestros bravos soldados que venían de vivir jornadas agotadoras.
Mientras esto acontecía en los campamentos de Chorrillos y Miraflores, en Lima, desde la noche del 15 y hasta el 16, la alcaldía de la ciudad luchaba por detener a la soldadesca vencida, y enfurecida, de cometer saqueos y otras atrocidades. Es así que el 16 de aquél mes entrega la ciudad en manos del General Baquedano y nuestros viejos bravos soldados hacen su entrada triunfal el 17, esto para dar órden a la ciudad derrotada.
Leamos algunas apreciaciones de distintos testigos de este triunfal hecho histórico:


"El señor Perolari Malmignati, secretario de la Legación de Italia en Lima, describe así la entrada de las tropas, de la cual fue testigo: “El ingreso de las tropas chilenas fue admirable por el orden, disciplina y dignidad. No hubo un grito, ni un gesto. Parecían batallones que volvían de las maniobras. Lo que hacía más viva impresión, era el talante marcial y europeo de los chilenos, tan distintos, siento decirlo, de los soldados indios del Perú, que aunque vestidos y armados a la europea, parecían por lo general, marmotas.
“Estos son hombres como nosotros” exclamó un marinero de la Garibaldi; al ver a los soldados chilenos.
Esta exclamación explicaba las victorias de Chile”. (Perolari Malmignati.- “Il Perú e i suoi tremendi giorni”.- Pág. 313.)

"El doctor Santini, no es menos explícito, también testigo de visual:
“La conducta de las tropas chilenas al entrar en la vencida Lima, es superior a su fama. Los chilenos entraron no sólo sin actitud de provocación, sino con un porte que no parecía de vencedores; entraban silenciosos, ordenados, serios, modestos, tomando directamente el camino de sus cuarteles”. (Sant
ini.- “Viaggio della Garibaldi”.- Pág. 199.).


El ilustrado escritor colombiano don Vicente Holguín, casado con una distinguida dama limeña, y testigo presencial de los hechos, se expresa de esta manera, en un artículo publicado en el Repertorio Colombiano, notable revista que en aquel tiempo se publicaba en Bogotá:
“General era la creencia de que los vencedores harían ruidosa ostentación de su triunfo, y que el himno nacional chileno y la bandera de la estrella, harían apurar al vencido las amargas heces de la derrota que carecía de esos hechos gallardos y de esos nobles esfuerzos que hacen interesantes al caído y respetable la tumba de los que sucumben; pero el ejército de Chile hizo su entrada con una moderación que ponía de manifiesto la disciplina de los soldados y la sensatez de los jefes, así como sus triunfos habían atestiguado su bien dirigida bravura. Los peruanos, mal de su grado, debieron sentir la superioridad de un enemigo que después de vencerlos, les devolvía la tranquilidad de sus hogares, sin insultarlos siquiera con la risa burlona o la mirada compasiva de los fatuos.
¡Cuán diverso habría sido este cuadro final, si los sucesos de la guerra hubiera abierto las puertas de Santiago a caudillos y periodistas que proclamaban guerra sin tregua, ni cuartel, y a batallones como los que desbandados, incendiaron a Lima”.

Las Cuatro Campañas de la Guerra del Pacífico
Francisco Machuca

La litografía nos muestra al ejército marchando por las calles de la ciudad en su entrada triunfal.



domingo, 14 de enero de 2018

"UN RECUERDO PARA INICIAR EL AÑO 2018"



Estamos previo a que se nos vaya este año 2017 y no queremos dejar pasar la oportunidad de recordar a nuestros viejos queridos marinos. 
Si, porque el comienzo de toda la campaña del Norte se inició por medio del mar y continuó hasta el fin de la guerra. 
Ellos estuvieron ahí, al pie del cañón, en los momentos difíciles, desde el desembarco de Antofagasta y cada operación que se llevara a cabo; la defensa de nuestra Armada fue valerosa y certera, y las bajas que produjeron los distintos encuentros que sostuvieron con la armada peruana, no dejó sino sangre valiosa derramada en pos de la patria. La bien llamada Guerra del Pacífico tuvo en este océano a una de las armadas que, más tarde, sería respetada en todo el mundo.
Hoy les traemos el relato encontrado en el Album Gráfico Militar de Chile, de José Antonio Bisama Cuevas, acerca del 2° combate naval de Antofagasta, en el cual se enfrentaron las cañonera Magallanes y corbeta Abtao, junto con las baterías de tierra, contra el Huáscar.
Es un relato bastante extenso, pero nunca nos cansamos de leer las hazañas, proezas y sacrificios de nuestros bravos del 79':
COMBATE DEL 28 DE AGOSTO (1879)
"El general Prado, en Arica, vigilaba las operaciones militares de los aliados. No quería que su afortunado monitor estuviese inactivo, para dar algún brillo a su situación de expectativa, para distraer al Presidente de Bolivia, que sentía inquietudes por recelos de sus subordinados.
Dispuso, en consecuencia, nuevas excursiones. Había que tentar la suerte, costase lo que costase. El cántaro iba al agua muy seguidamente. Iba á romperse en pocos días más.
En la madrugada del día 22 sale de nuevo el Huáscar, de Arica, con el transporte Oroya. Recalan a Iquique, cuya bahía ya no tiene en su fondeadero á los barcos chilenos. Sigue al sur, buscando como otras veces, naves mercantes.
Llega á Taltal, se mantiene alejado del puerto el monitor, porque ha despachado al Oroya y vuelve al norte en demanda de Antofagasta.
Esta agua lo tienen obsediado al comodoro Grau.
En caDa viaje de recorrida recala a nuestra vista.
Es la mañana del 28. Acaba de saber Grau que el Congreso de su país le ha dado el alto rango de Contra-Almirante. Quiere pues hacerse digno de ese título. Ahora se pone a distancia de tiro de nuestros cañones, a las 1.35 de la tarde, en circunstancias que rastreaba el cable.
Estaban en el fondeadero de la Poza el Abtao, la Magallanes y el transporte Limarí y el Paquete de Maule. Los comandantes de las corbetas de guerra, impacientes por provocar a un combate a la nave enemiga, se disputan el disparo del primer cañonazo.
Aureliano Sánchez, de pie sobre el puente de mando y fumando un cigarro puro que es su compañero constante en las horas de trabajo, demuestra una gallarda valentía.
Las máquinas de su buque están en compostura.
Muévese el Abtao por medio de espías, presenta uno de sus costados y dispara uno de sus cañones de 115.
El Huáscar vacila, se mueve agitándose y espera un largo rato para contestar. Ha acortado su distancia y medido con exactitud la que le separa del Abtao, que está inmóvil, ya que no puede hacer uso del vapor.
Aprovecha esta ventaja, fija sus punterías como quien tira a un blanco de ejercicios y pone así una granada de a 300 sobre la cubierta del Abtao. Este proyectil hiere al comandante Sánchez, á siete tripulantes y mueren el ingeniero 1° Juan Mery y 4 marinos.
Ha corrido la sangre sobre la cubierta del buque, pero ella sirve para animar más el entusiasmo y el valor de los artilleros.
La Magallanes ha tenido que cambiar su fondeadero para dar espacio al fuerte Bellavista, que es el que está mejor artillado y que se hallaba situado a espalda, para que pueda romper sus fuegos. La corbeta inicia luego el disparo de su célebre cañón de 115, con la misma certeza que el 10 de Julio en Iquique.
Las baterías de tierra lanzan sus granadas que van á bañar al monitor.
Este duelo de artillería lo presencia toda la población de Antofagasta, entusiasmada y sonriente como si se tratase de la celebración de alguna de nuestras fiestas nacionales, subiéndose á las azoteas de los edificios, buscando cualesquier altura que le permita ver y contemplar todas las incidencias del combate.
Cada bala que sale del ánima de los cañones chilenos es seguida por las miradas impacientes de los espectadores, y en cada pecho late un mismo y único sentimiento, una sola idea, el deseo que hiera pero que no se mate al adversario.
El Huáscar, no obstante el fuego incesante con que lo cubren nuestros disparos de artillería, consigue situarse á menos de 4000 metros, ocultándose tras las embarcaciones mercantes, para preocuparse sólo del buque que no tiene movimiento.
De esta manera nuestros cañones no pueden ofenderlo con eficacia, pero puede sí poner una segunda bala en la cubierta del Abtao, que ha resistido todo el grueso del ataque, batiéndose con una energía que nos hace lanzar aplausos a cada rato, porque estamos presenciando todos los movimientos de sus tripulantes.
Han muerto 4 marineros, 5 han sido heridos, con el teniente Carlos Krug, de la dotación.
Los fuertes son servidos por artilleros que se baten como si estuvieran en un día de parada.
Cada cañonazo nos deja la impresión que creemos que el buque enemigo ha sido seriamente herido.
Vemos con nuestros anteojos el chocar de los proyectiles.
El general Escala, seguido de sus ayudantes, se multiplica para estar en cada una de las baterías.
Hemos llegado al fuerte de Bellavista, en el preciso momento en que se apuntaba el único cañón de á 300 que teníamos. El general Escala quiere dirigir el disparo y se baja de su caballo. Patricio Lynch también estaba allí, y ruega que le den á él ese honor, y para acordarse de sus buenos tiempos, agregó.
Está bien, respondió el General en Jefe, pero quiera Dios que el cañón no salte, porque ha desconocido á este nuevo sirviente. Sonreímos todos del presagio del general Escala, que lo había dicho con aquella natural bondad de su carácter, que todos le conocieron.
Lynch echa su gorra hacia atrás.- y el oficial jefe de la pieza dice, 3,500 metros; - rectifica entonces el alza y se hace el disparo.
La bala sale, pero el cañón se volcó con cureña y marco, a causa de haber saltado los topes.
Este incidente, que lo comentábamos después, nos impuso un triste silencio. Era que desaparecía una probabilidad de que el Huáscar pudiera encontrar su tumba en las aguas donde ahora movía su proa.
Fue sin embargo, ese disparo, un tiro afortunado.
Cayó la bomba sobre la cubierta del monitor y levantando una gruesa columna de humo, al estallar, produjo varios desperfectos y mató á uno de sus oficiales, al teniente 2.· don Carlos de los Heros, que desapareció por los aires, quedando sólo un reguero de la sangre de ese infortunado oficial.
El Huáscar se turba, se aleja entonces del alcance de las baterías de tierra.
Hay que interrumpir el combate.
Los artilleros quedan todos en sus puestos, en espera de lo que pueda venir. Los cañones cargados así en un corto descanso.
Los anteojos vigilan los movimientos del enemigo, recorriendo el horizonte y mirando al sur incesantemente, porque ya creemos que puede entrar el Blanco, que gobierna con severo entusiasmo, Juan Esteban López, su comandante, á quien se le ha comunicado a la altura del puerto Blanco Encalada, la presencia del monitor peruano en la bahía de Antofagasta.
Como no se divisa ningún humo, el Huáscar quiere hacer un nuevo acto de energía, repuesta la tripulación de las lágrimas que han derramado por la pérdida del oficial que mandaba la batería de popa.
El combate se renueva. Son cerca de las cuatro de la tarde.
Las baterías de tierra, á quienes se dirige preferentemente, lo cubren con sus disparos, pero sus cañones de á 150 poco efecto le hacen.
Maniobra con cierta habilidad, presentándonos siempre la proa.
Han cesado los disparos de cañón.
El monitor se aleja del alcance de nuestra artillería á las 5.30, poniéndose á una distancia considerable.
Permanece en la bahía, hasta cerca de las 9 de la noche, moviéndose con rumbo al sur-oeste, para rectificar su derrota hacia el norte.
Una vez más el blindado chileno no pudo llegar oportunamente al encuentro del monitor peruano. Fondeó en Antofagasta á las 11 de la noche.
Era ya tarde para perseguirlo con éxito.
El Blanco, no obstante, se hizo á la mar, para recorrer la misma ruta que acababa de ejecutar, mientras el Huáscar iba al norte hasta tocar en mejillones.
Cerró la noche y en los cuarteles se entregan nuestros soldados al reposo.
Sólo los artilleros velan al pie de sus cañones y han tenido que trabajar hasta muy tarde, ayudados por los navales, para poner nuevamente en batería el de 300 que se desmontó el primer disparo.
Todo ha quedado listo para un nuevo encuentro, que no vendrá, porque el Blanco está en la bahía.
Pero para nosotros la tarea no ha terminado.
Sentimos los lamentos de los marineros y soldados heridos que pasan a nuestro lado, ya desembarcados del Abtao. Queremos atenderlos con todo cariño. Tenemos aún la impresión viva y exacta del entusiasmo con que los vimos batirse y como lanzaban al aire sus gorras, cuando el comandante Sánchez ordenaba tocar diana a su corneta de órdenes, así que sentía el cañonazo que le disparaba el Huáscar, o los de sus baterías chocaban en el blanco.
Es siempre triste el acabar de una batalla.
Se saludan, se abrazan, se estrechan calurosamente la mano los nobles compañeros de la jornada, que hoy han escapado al plomo enemigo, pero que mañana irán á caer en otro sitio que nadie lo conoce, cerca o lejano, por la defensa de la patria, porque al fin muy pocos quedan.
Delante de los que han muerto pasamos, descubriendo con respeto nuestras cabezas. No hay tiempo para más.
Luego vendrá la fosa común, la palada de tierra que no es la de nuestro cementerio. Allí no caerá ninguna lágrima de afecto. Sólo se escucharán después las palabras blasfemantes de los adversarios que transitan al recobrar sus hogares.
Esa es la suerte de los que han dedicado toda su vida al servicio militar. Ese es su porvenir.....
Los heridos del Abtao quedaron en la ambulancia de Santiago, al amparo del cuidado profesional del doctor don Víctor Körner, que es un cirujano de primera talla.
De los muertos se encargaron otros.
El procedimiento fue sencillo.
En un saco de loma se encerró el cuerpo de cada uno. Se había formado con los despojos informes que despedazó la metralla, un amasijo inconocible. Cabeza, tronco, piernas, brazos, todo quedó confundido en aquellas envolturas, que transpiraban sangre oscurecida que se desparramaba de los trozos en descomposición.
Se dio sepultura á 9 sacos rotulados, con carne humana; de esa carne que , viviente, acababa de rendir su vida, en defensa de su bandera, de su barco y de la patria.
Esa fue la tumba que guardó los despojos mortales de los valientes marinos y soldados que murieron en la cubierta del Abtao, abrazados de sus cañones. Todavía están allí mismo.
Pero en ese momento, en que se hizo acto de elocuente respeto, estando el Ejército y la Marina representados por un destacamento de cada una de las unidades que se hallaban en Antofagasta, al mando del general don Manuel Baquedano, el teniente don Policarpo Toro pronunció un brillantísimo elogio de los que habían sido el día anterior, sus valientes artilleros, en el momento en que una granada del Huáscar, los matara a su lado.
El teniente Toro, que recién se incorporaba á la escuadra, viniendo de servir en la flota inglesa en el Sultán y en la Baadice, bajo las órdenes de Lord John Jay y Howell, tuvo en este combate una feliz iniciación. No ha tenido la misma suerte después.
La ola de la revolución lo arrojó á la playa y allí ha quedado hasta hoy. Es el único oficial de Marina á quien le han prolongado el ostracismo de los vencidos. Talvez porque en su hoja de servicios figuraban demasiadas acciones de guerra: estuvo en Antofagasta, en Iquique, en Angamos, en Chorrillos y Miraflores.
Es ya tiempo que la justicia impere en la conciencia pública.
El Abtao dejó el fondeadero de Antofagasta, rumbo de Caldera, pocos días después, el 13 de Septiembre, comandado siempre por Aureliano Sánchez, que se ha conquistado el puesto de preferencia, como marino alentado, dirigiendo su buque en el combate del 28 de Agosto, con valor altanero y ejemplar."
Relatos de Guerra estuvo en el cementerio de Antofagasta este mismo año, y en la fotografía se puede ver el mausoleo dedicado a los valientes de este combate naval.
En una de las placas se lee:
"LA PROVINCIA DE ANTOFAGASTA 
A LOS HÉROES DEL ABTAO
MUERTOS EN EL COMBATE NAVAL
DEL 28 DE AGOSTO DE 1879"
Y en la otra, lo siguiente:
"ILUSTRE MUNICIPALIDAD DE ANTOFAGASTA
EL RECONOCIMIENTO A LA VALENTÍA Y PATRIOTISMO 
DE LOS HÉROES DE LA CORBETA ABTAO QUE DIERON SUS VIDAS EN EL COMBATE NAVAL DE ANTOFAGASTA
HECHO OCURRIDO EL DÍA 28 DE AGOSTO DE 1879, ENTRE EL HUÁSCAR, LA CORBETA ABTAO, LA CAÑONERA MAGALLANES Y LAS DEFENSAS DE TIERRA DE ANTOFAGASTA DURANTE LA GUERRA DEL PACÍFICO.
INGENIERO 1° JUAN MERY 
CAPITÁN DE ALTO PEDRO PADILLA
MARINERO 1° ANTONIO VILLARREAL
FOGONERO 2° SAMUEL BARCEN
FOGONERO 2° AUGUSTO ESPINOSA
CARBONERO RICARDO BRIONES
GRUMETE JUAN DE DIOS ARRIAGADA
GRUMETE MANUEL HUDSON
GRUMETE PRDRO N. CONTRERAS"